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2013/11/25

EL MODERNISMO EN HISPANOAMERICA

 EL MODERNISMO EN HISPANOAMERICA

http://www.slideshare.net/grecialibra/informe-del-modernismo1

Algunos alcances de la vida y obra del autor  José Marti. 
Autora: Isabel Inoquio Moncada
Estudiante de Quinto grado de Enseñanzas Medias. 
 http://www.slideshare.net/grecialibra/informe-del-modernismo1







Trabajo expositivo realizado por estudiantes de Quinto grado de Enseñanzas Medias
Tema abordado EL MODERNISMO



Participantes
Lesly De la Oliva
Dayna Deza
Shirley Arteaga
Antonella García
Karla Soto
Cindy Guzmán
Sofia Tapia
Villacrez Garay

INTEGRANTES DE LA PROMOCIÓN 2013
Mucha gracias estimadas estudiantes por su entrega y dedicación. Hoy se abre una nueva ruta para continuar con su proceso de aprendizaje, la vida universitaria.

2010/01/06

Llevamos 50 años sin Camus


Llevamos 50 años sin Camus, pero también 50 años en los que la obra de Camus ha multiplicado su presencia por la renovada actualidad de su mensaje, ya que los acontecimientos de las últimas décadas nos siguen confirmando que la historia es hija bastarda de la violencia, pero también hemos visto el triunfo del hombre rebelde con la caída del Muro de Berlín y algunos otros muros por el efecto dominó de las energías liberadoras. Pero cuando caían unos muros se levantaban otros, con cementos de odios por razones étnicas, religiosas y económicas y sentimientos racistas.
El mundo está cruzado como una piel de cebra, pero lo que en la cebra es belleza y adorno en la humanidad son tatuajes para la violencia. Y no solo hablo de Israel y de Palestina.En Francia han calificado este 2010 como el Año Camus, ya que se cumplen 50 años de su absurda muerte. Fue en este mes de enero, exactamente el día 4. Había pasado las Navidades en la casa que había comprado en Lourmarin, unos meses después de recibir el Premio Nobel, con su esposa, Francine, y sus hijos gemelos, Jean y Catherine.
Tenía el billete de regreso a París en tren con la familia, pero se encontró con su editor y amigo Michel Gallimard, que se había comprado un flamante Facel Vega y le convenció para que viajara con él. Conducía Gallimard; a su lado, Albert Camus; detrás, la esposa y una hija del editor. Circulaban por una recta sin sobresaltos, de pronto el coche dio un bandazo, se salió de la carretera para estrellarse contra un plátano, donde rebotó para ir a partirse en dos contra otro árbol. Camus murió inmediatamente, Gallimard cinco días después, las dos del asiento de atrás se salvaron. Camus había escrito muchas reflexiones sobre el absurdo y situaba la muerte en accidente de automóvil como uno de los ejemplos típicos del absurdo. Tenía 47 años y hacía poco más de dos que había obtenido el Nobel de Literatura.En el título de este artículo he calificado el corazón de Camus como inteligente. Tomando el corazón como base de los sentimientos en el sentido de la mitología histórica, que situaba en el corazón la residencia de las emociones, antes de que la ciencia los llevara al cerebro. Toda la obra de Camus, desde El extranjero a La peste, desde El mito de Sísifo a El hombre rebelde pasando por Los justos, nos habla a la piel y a la sangre, se dirige a los pulmones por los que respira la condición humana. La obra de Camus es un permanente y emotivo diálogo sobre la dicha y el absurdo que la rompe, y a pesar de todo encuentra que en el hombre hay más razones para la esperanza que para el desprecio. Para Sartre, el hombre es una pasión inútil. Para Camus, es una pasión vital, metiendo la rebelión entre las pasiones vitales.
El presidente Sarkozy, que sabe leer el viento de la historia por el vuelo de los pájaros, ha manifestado su voluntad de trasladar los restos de Camus al Panteón de los hombres ilustres de Francia, para que descansen al lado de los de Zola, madame Curie, Victor Hugo o su admirado André Malraux. A Sarkozy le encantaría presidir ese traslado, sería una bella estampa al lado de Carla Bruni. Ha surgido un inconveniente: Jean, el hijo de Camus, creyendo interpretar la voluntad de su padre, ha dicho no, aunque su hermana gemela, Catherine, parece que duda. Veremos por dónde circula ese propósito. De momento, al mundo intelectual que rodea el pensamiento de Camus, como Jean Daniel, no le seduce la idea.En el pensamiento de Camus, el hecho de rebelarse por parte de los oprimidos es ya es un signo que define la condición humana y apuesta por los derechos del hombre. Podíamos ver esa idea en el Yes, we can de Barack Obama, que pone en movimiento una amplia voluntad colectiva.
Hasta ahora ha logrado lo imposible: que un negro llegara a la Casa Blanca. A partir de ahí se le presenta otra apuesta sumamente difícil: lograr convertir lo posible en realidad. Conseguir un mundo multipolar, una convivencia pluricultural, articular la libertad y la justicia, un desarrollo respetuoso con el medioambiente y la paz en los focos de guerra, y en concreto Afganistán e Irak. Estas son las grandes dificultades para poner en marcha lo posible.El pensamiento camusiano del hombre rebelde está necesariamente vivo entre nosotros. El hombre se rebela contra la tiranía del amo. Es la rebelión constante del espíritu que mueve al hombre a ser crítico, humanista y emancipador.
Luchar contra la tiranía en nombre de la libertad. En su libro El hombre rebelde dejaba claro que entre sus denuncias estaban los gulag, los campos de concentración de Stalin y otros comunismos. Ese libro desató la famosa polémica con Sartre y con otros miembros de la intelectualidad francesa filocomunista. Para Sartre, con la denuncia de los campos de concentración de la Unión Soviética –que negó en varios de sus escritos– se hacía el juego a la derecha.Hay muchas analogías hoy para continuar ese debate. La justicia sin libertad es dictadura, y la libertad sin justicia es la ley del más fuerte.
Tomado del diario "El Periódico".

2009/07/31

¿Qué cosas harían ustedes si pudieran vivir nuevamente su vida, desde que nacieron a esta parte?



Ya hace décadas, comenzó a circular un poema, "Instantes", que se atribuyó falsamente a Jorge Luis Borges.
En realidad, hay pocas actitudes más alejadas a Borges que el sentimentalismo. Pero aprovecharemos la oportunidad para recordar el texto y pensar al final cuál sería nuestro propio poema de recapitulación de vida, si lo hiciéramos hoy. Dice:
"Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años...
y sé que me estoy muriendo."

¿Qué cosas harían ustedes si pudieran vivir nuevamente su vida, desde que nacieron a esta parte? ¿Cuáles son sus arrepentimientos? ¿Qué enmendarían de su vida y qué emprenderían por primera vez?
Me parece súper interesante. Ánimo, escribe...

2009/06/27

Cómo interpretar la soledad Kafkiana


Una nueva traducción de "La madriguera", de Kafka, realizada por el autor de esta nota y publicada por La Compañía, revitaliza uno de los últimos relatos del escritor checo.
El relato "La madriguera" es el más extenso de Kafka luego de "La metamorfosis". Es también el último de los publicados póstumamente en sus Cuentos completos , y acaso el último que escribió. Fue entre 1923 y 1924. Por ese entonces, ya pensionado a causa de la tuberculosis, Kafka había decidido mudarse a Berlín, una decisión repentina y osada que él comparaba con la campaña de Napoleón a Rusia.

Era la primera vez que el ex empleado de una compañía de seguros se instalaba fuera de Praga, lejos de su familia. También era la primera vez, luego de los frustrados romances con Felice y Milena, que compartía su casa con una mujer, Dora Diamant, a quien había conocido hacía unos meses durante unas vacaciones. Vivían en una habitación en Steglitz, un barrio en las afueras, sustrayéndose en la medida de lo posible al tumultuoso Berlín de los años veinte. Kafka no leía el diario, en parte para ahorrarse su importe, y casi no iba al centro de la ciudad, donde sentía que se ahogaba.

Aislado de esta forma en su madriguera, el convaleciente pasaba sus horas escribiendo. La enfermedad no cedía, al contrario, pero él no quería renunciar a la independencia conquistada. "Si debo sucumbir a los fantasmas, mejor aquí que allá, pero todavía no llegamos a tanto", le escribe a su amigo Max Brod. Pero la aventura duró poco. En marzo de 1924, cuando su salud ya estaba muy debilitada, Kafka tuvo que rendirse y volver a la casa de sus padres. Poco después fue internado en un sanatorio cerca de Viena, donde murió en junio a los 40 años de edad.

Antes de su fallecimiento, Kafka entregó a la imprenta el libro de cuentos Un artista del hambre , que llegó a corregir, aunque no a ver publicado. El último texto de ese libro es "Josefina la cantora o el pueblo de los ratones", cuyo narrador es un animal y en el que se no contempla la presencia de seres humanos, igual que en "Investigaciones de un perro". También "La madriguera" comparte estas características, pero aquí no sólo se repite esa voz narrativa y la ausencia de personas, sino que ni siquiera aparecen otros animales. Un roedor impreciso, como el bicho en el que se ve transformado Gregorio Samsa (como en aquel caso el escarabajo, la crítica propone para éste el tejón o el topo), vive en completa soledad dentro de su guarida, obsesionado con su seguridad y con el ruido de un enemigo presunto. La transformación que de alguna manera había empezado en "La metamorfosis" (1915) llega en este relato póstumo a su último estadio: la soledad y el ostracismo de un hombre, expresados en su repentina conversión en un bicho, se transforman en la soledad y el ostracismo del bicho mismo. Un bicho, por lo demás, reducido a su esencia, al miedo a dejar de serlo, lo que, paradójicamente, acaba humanizándolo.

Como ocurre en casi toda la literatura de Kafka, el cuento no tiene un crescendo notorio. Casi empieza por el final: "He instalado la madriguera y parece estar bien lograda". En vano buscar de ahí en más un desarrollo en el sentido clásico del término. El relato empieza en su pico de tensión y así se mantiene sin sucesos espectaculares, en lo que reside gran parte de su maestría. Con este laberíntico monólogo interior de un animal solitario, Kafka lleva su estrategia narrativa a su máximo grado de expresión. En ese sentido podría decirse que "La madriguera" es el más logrado de los cuentos de Kafka, el más kafkiano.

Sin embargo, el hecho de que la anécdota se encuentre reducida a su mínima expresión no significa que el relato carezca de momentos trascendentes. La particularidad es que hay que buscarlos en movimientos más intelectuales que narrativos. Un quiebre dentro del relato, en sí una descripción perfecta de cómo funciona la paranoia, se presenta cuando el dueño de la madriguera sale y se pone a vigilar la entrada, sintiendo que se mira dormir desde afuera: "Se me hace entonces como si estuviera no delante de mi casa, sino de mí mismo mientras duermo, y tuviera la dicha de poder dormir profundamente y al mismo tiempo vigilarme con todo rigor".

Que el texto empiece con la historia ya terminada le da a "La madriguera" su verdadero carácter ulterior, casi testamentario. Si bien se trata de un texto igual de maniático que muchos de los anteriores, los laberintos de su protagonista parecen tener una salida. La resignación y la impotencia que acostumbran dominar los textos de Kafka se transforman aquí en una suerte de nostalgia optimista, incluso de cara al fin inminente.

Se supone, de todas formas, que en el relato hacía su aparición un segundo animal. Esto ocurría en las últimas páginas, hoy perdidas. Sólo queda de ellas el testimonio de Dora Diamant, tal como lo recogió Max Brod, según el cual no faltaba mucho para que tuviera lugar la "lucha decisiva" en la que "el héroe cae derrotado". Ese enemigo que parece avanzar desde el interior mismo de la madriguera sería, siempre según Diamant y Brod, la tuberculosis que aquejaba a Kafka, quien al parecer se refería a su "torturante tos" como "El Animal".

La situación política de aquella época permite otras interpretaciones. Como soñó Ricardo Piglia en Respiración artificial , no es descabellado pensar que Kafka intuyó el horror que se estaba gestando en una prisión de Baviera, con un libro que se sigue traduciendo aún hoy. Y a la vez, en una lectura radicalmente distinta (y qué caracteriza más a un clásico que la multiplicidad de interpretaciones a las que da lugar), este relato tampoco resulta ajeno a la actualidad, pues a fin de cuentas también habla del deseo de vigilancia absoluta de quienes, obsesionados por la seguridad, viven encerrados en su propios miedos paranoicos y ven el mundo como una confabulación de peligros contra ellos, temerosos propietarios de una madriguera.
OBSERVA EL VÍDEO DE LA METAMORFOSIS http://www.youtube.com/watch?v=wOrhpRtEXH8

2008/09/23

¿Qué es el arte?, reflexiones de Tolstoi


"Sobre esta aptitud del hombre para experimentar los sentimientos que experimenta otro, está fundada la forma de actividad que se llama arte. Pero el arte propiamente dicho no empieza hasta que aquel experimenta una emoción y, queriendo comunicarla a otros, recurre para ello a signos exteriores. Tomemos un ejemplo bien sencillo. Un niño ha tenido miedo de encontrarse con un lobo y explica su encuentro; y para evocar en sus oyentes la emoción que ha experimentado, les describe los objetos que le rodeaban, la selva, el estado de descuido en que se hallaba su espíritu, luego la aparición del lobo, sus movimientos, la distancia que les separaba, etcétera.
Todo esto es arte, si el niño, contando su aventura, pasa de nuevo por los sentimientos que experimentó, y si sus oyentes, subyugados por el sonido de su voz, sus ademanes y sus imágenes, experimentan sensación análoga. Incluso si el niño no ha visto jamás un lobo, pero tiene miedo de encontrarlo, y deseando comunicar a otros el miedo que ha sentido, inventa el encuentro con un lobo, y lo cuenta de modo que comunique a sus oyentes el miedo que siente, todo esto será también arte. Arte hay en que un hombre, habiendo experimentado miedo o deseo, en realidad o imaginativamente, exponga sus sentimientos en la tela o en el mármol, de modo que los haga experimentar por otros.
Hay arte si un hombre siente o cree sentir emociones de alegría, de tristeza, desesperación, valor o abatimiento, así como la transmisión de una de esas emociones a otros, si expresa todo esto por medio de sonidos que permitan a otros sentir lo que sintió.Los sentimientos que el artista comunica a otros pueden ser de distinta especie, fuertes o débiles, importantes o insignificantes, buenos o malos; pueden ser de patriotismo, de resignación, de piedad; pueden expresarse por medio de un drama, de una novela, de una pintura, de un baile, de un paisaje, de una fábula. Toda obra que los expresa así es obra de arte.Desde que los espectadores o los oyentes experimentan los sentimientos que el autor expresa, hay obra de arte.Evocar en sí mismo un sentimiento ya experimentado y comunicarlo a otros por medio de líneas, colores, imágenes verbales, tal es el objeto propio del arte. Esta es una forma de la actividad humana, que consiste en transmitir a otro los sentimientos de un hombre, conciente y voluntariamente por medio de ciertos signos exteriores.
Los metafísicos se engañan viendo en el arte la manifestación de una idea misteriosa de la Belleza o de Dios; el arte tampoco es, como pretenden los tratadistas de estética fisiólogos, un juego en el que el hombre gasta su exceso de energía; tampoco es la expresión de las emociones humanas por signos exteriores; no es tampoco una producción de objetos agradables; menos aún es un placer: es un medio de fraternidad entre los hombres que les une en un mismo sentimiento, y por lo tanto, es indispensable para la vida de la humanidad y para su progreso en el camino de la dicha."
León Tolstoi (1828-1910) fue destacado escritor ruso, autor de obras extraordinarias como Ana Karenina y La guerra y la paz.

2008/07/19

MADAME BOVARY

Sabías que:

El personaje de Emma, Madame Bovary, ha dado pie a la palabra “bovarismo”, que viene a definir la insatisfacción que produce el no ser lo que uno pretende.

¿Sabías que Navokov llegó a comparar el personaje de Madame Bovary con el doctor Jekyll & Mister Hyde?
La escuela naturalista consideraba a Flaubert como su máximo representante... a pesar de que Flaubert negaba ser un naturalista.

Una vez le preguntaron a Flaubert cómo había logrado un personaje femenino tan bien definido, a lo que el autor contestó: "Madame Bovary soy yo".

En esta obra donde Flaubert inicia la temática del fracaso de la vida, de la denuncia de las ilusiones irrisorias del romanticismo vulgar, así como de la mediocridad universal de la realidad social y humana. Todos estos temas no serán sino la representación indirecta, a través de la ficción, de todo su universo personal. El mal que aqueja a Emma, adquiere pronto carácter universal como residuo de la insatisfacción de hombre moderno, que le impide ver la realidad con un mínimo de rigor y le empuja a mostrarse disconforme con su destino, creyéndose designado a metas mucho más elevadas.

Mucho se ha hablado de la realidad o la ilusión encerrada en los personajes de Madame Bovary. En todo caso, ha de admitirse que Flaubert en esta obra, más que inventar personajes, describe personalidades que conoce bien. Esta novela, escrita en 1857, se enmarca en la corriente del naturalismo y se ubica dentro del ambiente burgués del siglo XIX. Viene a constituir una descripción realista de lo cotidiano, en un ambiente marcado por lo social y las apariencias. Por el hecho de tratar con tanta naturalidad temas como el adulterio o el suicidio, Flaubert fue muy criticado e incluso llevado a juicio por "ofensas a la moral pública y a la religión".

2008/07/06

¿Tenía razón Kafka?


Kafka tenía razón. A los 150 años de su nacimiento podemos tildar de “kafkiana” la realidad del mundo actual.

Leo, al pasar, las noticias de un diario serio y objetivo. Primera noticia: “En Alemania, alrededor de 200.000 personas por año son internadas en institutos psiquiátricos. Y la tendencia va en aumento”. Los alemanes se han vuelto locos, pienso, pero no, el estudio señala que en los países del primer mundo la tendencia es la misma. Pero a eso hay que agregar el estudio de la Universidad de Siegen, por el cual se informa que personas de bajo status social, es decir pobres, son llevadas e internadas en los psiquiátricos mucho más que las adineradas. Por ejemplo, en general los “managers” maníaco-depresivos son calificados como “coléricos”, mientras que personas pobres son consideradas de inmediato enfermas psiquiátricas e internadas en los institutos respectivos. Y se sostiene que la psiquiatría con sus medicamentos potentes acorta la vida de los pacientes aproximadamente 25 años. Esto lo ha demostrado un reciente estudio epidemiológico realizado en Estados Unidos.


Se Habla de que el ser humano, por cabeza, gasta 200 dólares por año en armas. El informe dice que para llevar a la mitad el número de los millones de hambrientos del mundo se necesitarían 20 dólares por habitante. El campeón del armamentismo es, por supuesto, Estados Unidos, con el 45 por ciento del gasto militar mundial. Luego le siguen Gran Bretaña y China, con el cinco por ciento.

Alemania –pese a la lección de las dos últimas dos guerras– está en sexto lugar. Pero vayamos al negocio de las armas. Por supuesto, Estados Unidos va primero, con 7454 millones de dólares de exportación de armas. Rusia, segunda, y tercera Alemania, que exporta por 3395 millones de dólares. Los que más compran armas a Alemania son Turquía, Grecia y Africa del Sur. Y un país al cual se lo ha considerado siempre “pacifista” por excelencia, Holanda, es el quinto del mundo en exportar armas. Quien exporta armas no es pacifista.


Kafka sonreiría desde el cielo de los creadores ante este panorama kafkiano. No, tal vez ni siquiera él imaginó un mundo así. Para no hablar de la violencia desatada en lugares del mundo que se han convertido en llagas permanentes de la humanidad.
Pero estoy terminando estas reflexiones kafkianas, a 125 años del nacimiento del hombre de Praga, y el cartero –sí, los hay todavía, por suerte– me trae un libro titulado La herencia viva. Me lo envía la maestra Nora Bruccoleri y está redactado por alumnos, padres de esos alumnos y también abuelos. Es el segundo que recibo en mis manos. El primero se presentó en la última feria del libro de Buenos Aires. Estaba escrito por alumnos de la escuela de la villa de emergencia De la Cárcova. Este, ahora, viene de Las Heras, Mendoza. Me emociana el leer tantas experiencia y sueños. Me detengo ante la poesía “Vendimia”, del alumno Daniel Peralta, del 5º grado A.

2008/06/29

La dama de las camelias -l Lteratura romántica





La Dama de las Camelias por su autor Alejandro Dumas se inspiró para crear esta inmortal y romántica heroína (que Verdi a su vez recreó cambiando el nombre de Margarita Gautier por el de Violeta Valery en su famosísima ópera La Traviata) en una figura real: Marie Duplessis, cortesana de raro y exquisito refinamiento, que fue su amante, y que murió, como la heroína de ficción, muy joven, y asimismo de tuberculosis.“La persona que me sirvió de modelo para la heroína de La Dama de las Camelias se llamaba Alphonsine Plessis, quien se había compuesto el nombre más eufórico y destacado de Marie Duplessis”, reveló Dumas hijo en 1867, 19 años después de la primera edición de la pieza.Según su autor, el personaje original era grande, bien formada, de pelo negro y rostro “rosa y blanco. Tenía la cabeza pequeña, de largos ojos como una japonesa, pero vivos y finos, los labios rojos de cerezas y los más bellos dientes del mundo...”.Sin embargo el autor la conoció en 1844 cuando la opulencia de su belleza comenzaba a apagarse a causa “de un mal del pecho”, elípsis para evitar nombrar a la temible tuberculosis que en aquella época era incurable.La joven Duplessis murió en 1847 a la edad de sólo 23 años, narraba Dumas hijo.

“Fue una de las últimas y únicas cortesanas que tenían corazón” explicó el autor sin ocultar su simpatía por aquella mujer que él ayudó a inmortalizar.La novela apareció un año después de su muerte. Para quienes se pasean por París, Dumas hijo tiene una propuesta: si en el cementerio de Montmartre, ustedes piden ver la tumba de La Dama de las Camelias, el guardián los conducirá a un pequeño monumento cuadrado que lleva escrito sólo éstas palabras: “Alphonsine Plessis, una corona de camelias blancas artificiales, selladas en el mármol blanco. Esta tumba tiene hoy su leyenda. El arte es divino, crea o resucita...”
Argumento
Alejandro Dumas (hijo) narra en su novela La Dama de las Camelias (1848) la historia de Margarita Gautier -cortesana en el París del siglo diecinueve- quien sintiéndose redimida de su pasado por el auténtico amor que por ella profesa Armando Duval -joven perteneciente a la alta burguesía provinciana- decide recluirse con este último en el campo.

Gautier/Duplessis guarda la esperanza de disfrutar del amor verdadero durante los últimos días de su vida, ya que no considera la posibilidad de poder sobreponerse a la terrible tuberculosis que la afecta.
Jorge Duval -padre de Armando-, se presenta de improviso, y en un encuentro a solas con Margarita, le ruega que abandone a su hijo, aduciendo que la familia del prometido de su otra hija, rehusa realizar el matrimonio por el escándalo que supone que Armando conviva con una conocida cortesana.
Margarita resuelve sacrificarse en aras de la felicidad de la pura e inocente joven, fingiendo abandonar a Armando por un nuevo, aristocrático y adinerado amante, y volver a su antigua vida licenciosa.
Armando, enloquecido de furia y celos, la humilla en público cruelmente durante una fiesta, arrojándole un fajo de billetes “en pago de sus favores”.

A través de la lectura del diario íntimo de Margarita, Armando se entera de su abnegación y sacrificio, aunque ya es demasiado tarde. Margarita, abandonada por todos salvo por la fiel ama de llaves y su mucama, muere clamando por Armando, único y verdadero amor de su infortunada vida.Armando, con la excusa de cambiar de sitio la tumba de Margarita, contempla desolado el cadáver de ésta, por última vez, en la escena que abre la narración de Alejandro Dumas.

2008/06/09

Johann Wolfgang Goethe


Personajes
WERTHER Joven Burgués tenor
Magistrado magistro bajo
Charlote Hija del Magistrado mezzosoprano
Sofía Hija del magistrado soprano

Alberto Esposo de Charlotte Baritono
SCHMIDT Amigo del Magistrado Tenor
JOHANN Amigo del Magitrado Bajo

La acción se desarrolla en las cercanías de Frankfurt (Alemania) a finales del siglo XVIII


ACTO I.- La casa del Magistrado. Aunque estamos en el mes de julio, el Magistrado está enseñando una canción de Navidad a su seis hijos pequeños, en el jardín de su casa. Los niños lo hacen bastante mal, hasta que se les advierte de que Charlotte, su amada hermana mayor, los está escuchando desde dentro de la vivienda. Schmidt y Johann, amigos del Magistrado, llegan y saludan a Sophie, segunda hija del Magistrado, que sale ahora al jardín. Los tres hombres hablan de Werther, un joven al servicio del Príncipe, y de Albert, novio de Charlotte. Los dos compañeros se marchan entonando su estribillo favorito: "Vivat Bacchus!" ("¡Viva Baco!"), con lo que anticipan su diversión en la taberna a la que se dirigen. Todos se han marchado dentro cuando llega Werther, que ha sido guiado hasta allí por un campesino, para hacer su primera visita a la familia. E inmediatamente se siente profundamente atraído por la paz y belleza que se respiran en el jardín y en la casa. "Je ne sois si je veille ou si je rêve encore" ("No sé si estoy despierto o soñando"). A través de la puerta entreabierta, Werther ve a los niños en el interior, ensayando aún la canción, y esto le atrae aún más. Los niños rodean a su adorada Charlotte cuando entra y ella rápidamente les sirve la merienda antes de presentar a Werther a su padre. El Magistrado embroma a dos jóvenes enamorados, absortos en sí mismos, Brühlmann y Käthchen, que también están allí de visita. Charlotte envía a los niños a que den la bienvenida a Werther, así como a su «primo». Werther, arrobado, vuelve a extasiarse ante aquel "espectáculo ideal de amor y de inocencia". Él y Charlotte entran en la casa y el Magistrado ("Vivat Bacchus!") se marcha a la taberna. Cuando cae la noche, Alberto, que estaba fuera, regresa inesperadamente y es recibido con enorme alegría por Sophie, su novia. Pero él no quiere entrar en la casa y decide unirse con la familia al día siguiente por la mañana. Salen ahora de la vivienda Werther y Charlotte; las palabras de Werther revelan una naciente pasión por la muchacha. La referencia de ella a su madre fallecida, y a la que reemplaza en el cuidado de sus hermanos, aumenta los sentimientos de Werther de "reve, extase, bonheur" ("ensueño, éxtasis, felicidad"). Charlotte se siente de repente atraída por el joven: "Nous sommes fous" ("¡Estamos locos!"). En este momento, el Magistrado, que ha vuelto y ha sido puesto al corriente de todo por Sophie, dice a Charlotte que Albert ha regresado. Solos en escena, Werther clama su desesperación: "Un autre... son époux!" ("Otro, su esposo...").


ACTO II.- Los Tilos, plaza frente a una iglesia. Un domingo por la mañana en la taberna, mientras se escuchan los sones del órgano en la iglesia vecina, Schmidt y Johann beben y alaban al Señor "en exaltant ses dones" ("exaltando sus dones y dádivas"), en referencia clara al vino. Charlotte y Albert, casados desde hace tres meses, se dirigen a la iglesia. Llega ahora Werther, ensimismado: ("Un autre est son époux") ("Casada con otro"). Y da rienda suelta a su pensamiento, imaginando lo que podría haber sido. Schmidt y Johann tratan, por su parte de consolar a Brühlmann, a quien ha abandonado su prometida. Sale Albert del templo, y lleno de sincero afecto, habla con Werther, dándole a entender que sabe lo que le ocurre y lo comprende, pero que él también debe aceptar los hechos. Werther, en el mismo tono amistoso, promete a Albert que su sueño ya ha pasado y está olvidado. El tenso clima se rompe con la entrada de la sencilla Sophie, que llega con un ramo de flores. Van a celebrarse las bodas de oro del pastor con una fiesta, y Sophie compromete a Werther, con una graciosa seriedad, al "primer minueto"; su estribillo es "Tout le monde est joyeux" ("Todo el mundo está alegre"), lo que a los oídos de Werther suena como una tremenda ironía. Otra vez solo Werther se confiesa a sí mismo que ha mentido a Albert; su pasión por Charlotte sigue viva, y si quiere librarse de sus consecuencias, debe marcharse lejos de allí. Cuando llegue Charlotte, piensa también que es mejor que Werther marche, pero que vuelva, como amigo, para Navidad De nuevo solo en escena, Werther piensa en el suicidio (si sería bien recibido en otro hogar); su pensamiento es interrumpí do por la aparición de Sophie. Werther se marcha bruscamente y Sophie se queda llorando. Mientras el cortejo para la celebra ción de la fiesta se acerca, Albert tiene sombríos presentimientos sobre Werther.


ACTO III.- Interior de la casa de Albert. Es la víspera de Navidad. En su casa, Charlotte piensa en el ausente Werther; toma una de sus cartas y empieza a leer en alta voz: "Je vous écris de ma petite chambra" ("Os escribo desde mi pequeña habitación"). Cuando está pensando llena de temor, en la temida posibilidad del suicidio de Werther, aparece Sophie, de improviso. Aunque la casa de sus padres no está muy lejos de la suya, Charlotte lleva mucho tiempo sin visitar a su familia, y allí la echan mucho de menos. Sophie desearía que su hermana estuviese ahora tan alegre como solía estar: "¡Ah, le rire est béni!" ("Ah, bendita sea la risa"). Cuando se ha marchado Sophie, Charlotte desfallece, y pide ayuda al Cielo. Silenciosamente, aparece Werther en la puerta de la estancia. Lanza una mirada al familiar ambiente con el clavecín que les acompañaba cuando cantaban juntos. Y recuerda un poema de Ossian en la traducción que él mismo había compuesto: "Pourquoi me rêveiller, o souffle du printemps" ("¿Por qué me despiertas, oh soplo de la primavera?") Ella une su voz a la de él; Werther declara de nuevo su amor por ella, pero, a punto de ceder, ella reacciona y abandona la estancia. Werther, por su parte, se marcha también y abandona la casa. Entra Albert. La habitación vacía y la puerta de la calle abierta le hacen concebir sospechas, incluso cuando Charlotte regresa. Entra un criado con una nota de Werther, pidiendo a Albert que le preste sus pistolas para que le acompañen en un largo viaje ("un lointain voyage"). Albert obliga a Charlotte a que entregue las pistolas al criado, en un frío gesto lleno de sentido. Cuando Albert se marcha, Charlotte piensa cómo podrá ver a Werther antes de que consiga su fatal propósito. ACTO IV. - En el salón de la casa deWerther, la noche de Navidad. Al entrar Charlotte, se ofrece ante su vista el cuerpo tendido de Werther, herido de muerte. A la angustiada voz de ella, Werther responde débilmente, pidiéndole perdón. De nuevo el moribundo declara a Charlotte su amor y ella, finalmente confiesa que también le ama. A través de las ventanas se ven las luces de la morada del Magistrado y desde allí llegan las voces de los niños cantando villancicos. Werther toma estos cánticos como un símbolo de su salvación y espera que su tumba sea bendecida por las lágrimas de una mujer. El pacta muere y Charlotte se desvanece. Por las ventanas sigue llegando el cántico ("Nöel! Nöel!") y las risas felices de los reunidos.


El hombre más feliz del mundo es aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y pueda alegrarse del bien ajeno como si fuera propio.


Actuar es fácil, pensar es difícil; actuar según se piensa es aún más difícil.


Un loco enamorado sería capaz de hacer fuegos artificiales con el sol, la luna y las estrellas, para recuperar a su amada.


Poesía

A la luna

¡Oh tú, la hermana de la luz primera,
símbolo del amor en la tristeza!
Ciñe tu rostro encantador la bruma,
orlada de argentados resplandores;
Tu sigiloso paso de los antros
durante el día cerrados cual sepulcros
(2), a los tristes fantasmas despabila,
y a mí también y a las nocturnas aves.

Tu mirada domina escrutadora
y señorea el dilatado espacio.
¡Oh, elévame hasta ti, ponme a tu vera!
No niegues a mi ensueño esta ventura;
y en plácido reposo el caballero
pueda ver a hurtadillas de su amada,
las noches tras los vidrios enrejados.

Del contemplar la dicha incomparable,
de la distancia los tormentos calma,
yo tus rayos de luz concentro, ¡oh luna!,
y mi mirada aguzo, escrutadora;
poco a poco voy viendo los contornos
del bello cuerpo libre de tapujos,
y hacia él me inclino, tierno y anhelante,
cual tú hacia el de Endimión en otro tiempo.

Edgar Allan Poe



El corazón delator


[Cuento. Texto completo]

Edgar Allan Poe





¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.


Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!


-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!


FIN

El gato negro
[Cuento. Texto completo]
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!

2008/04/19

Un cuento ¿patético? Lucas muere


Me recomendaron este cuento de Ricardo Bernal...interesante. Parece mooverse en base a una técnica vanguardista y con una dosis de crisis existencial...Leamos



LUCAS MUERE
Ricardo Bernal


PRIMERA PARTE (las brujas)
Había una vez dos brujas que vivían dentro de un cráneo.Lucas, el dueño del cráneo, cada mañana se miraba en el espejo sin sospechar que esos ojos de perro amarillo eran en realidad dos ventanas desde donde las brujas contemplaban el exterior. No sabía que dos viejas brujas pensaban sus pensamientos y soñaban sus sueños. No sabía que dos viejas y terribles brujas lo habitaban.
Algunas veces, mientras Lucas trataba de dormir, las brujas invitaban a sus amigas y organizaban una fiestas: sacrificaban gallinas, encendían cigarros enormes y preparaban todo tipo de brebajes. Luego, ponían en el fonógrafo los viejos discos de Gardel y bailaban tango toda la noche entre pisotones y alaridos. Lucas, desesperado, daba vueltas y vueltas en su cama; maldiciendo las cuatro tasas de café que seguramente le habían espantado el sueño.
Otras veces, las brujas entraban de puntitas a la cocina del cráneo y abrían las desvencijadas puertas de la alacena. Con dedos largos y malignas intenciones, mezclaban las sustancias de los frascos donde Lucas guardaba sus recuerdos. Imágenes desordenadas aparecían entonces en la pantalla de su memoria: recordaba a su padre con la cara enjabonada y una navaja de afeitar en la mano, mirando sorprendido la orden de arresto que le mostraban los gendarmes; recordaba la madrugada de lluvia y hojarasca cuando él y su amigo Mateo encontraron el tesoro oculto en la cueva de los dinosaurios; recordaba los gestos y las manos heladas de sus hermanita María, muerta de leucemia a los siete años; recordaba el sabor de la sangre, y recordaba también a Berenice, la misteriosa mujer de verdes ojos y medias negras que hizo de su corazón un tololoche, arruinándolo para siempre.
Las brujas comían palomitas de maíz y se morían de risa al mirar los recuerdos de Lucas. De pronto, dos horribles dentaduras postizas se desencajaban de sus bocas abiertas y volaban por todo el cráneo castañeteando los dientes. Las brujas, asombradas, sacaban sus redes de cazar mariposas y trataban de atraparlas, estrellando a su paso algunos de los frascos. Cuando las dentaduras volvían a sus respectivos lugares, los recuerdos encharcaban los tapetes de la sala; y afuera, los ojos de Lucas se inundaban.
Fue un martes trece de abril cuando Lucas sufrió el delirium tremens. Eran las cuatro de la tarde y las brujas se aburrían. Ya habían zurcido sus calcetas y lavado los platos; ya habían leído todas las revistas y resuelto los crucigramas; durante horas habían jugado al ajedrez y al final se habían comido el tablero con todo y piezas. Buscando en qué entretenerse fueron a dar a la biblioteca del cráneo. Entre tratados de alquimia y libros de ocultismo encontraron el pequeño Larousse; lo desempolvaron, lo abrieron al azar y de sus páginas arrancaron a la palabra ESDRÚJULA, que se retorció asustada entre sus dedos. Las brujas se miraron, divertidas y siguieron arrancando palabras esdrújulas del diccionario: las palabras ESPANTAPÁJAROS, MURCIÉLAGO, CÁNTARO, BOLÍGRAFO, MATEMÁTICAS, ETCÉTERA. Cuando habían juntado las suficientes, las clavaron entre sí y construyeron una escalera; luego enrollaron el tapete y con un serrucho oxidado cortaron las tablas del piso; se asomaron por el oscuro agujero y decidieron bajar a conocer el corazón de Lucas. Con su larga escalera de palabras esdrújulas y sus cascos anaranjados de explorar minas, comenzaron a descender poco a poco. Lucas revolvía el cajón de su buró buscando las pastillas para el dolor de garganta; de pronto sintió un fuerte golpe en el pecho y perdió el conocimiento; en esos instantes, las brujas acababan de abrir las puertas metálicas de su corazón...


SEGUNDA PARTE (una visita al corazón)
Es difícil comprender los motivos del corazón. Es difícil caminar a ciegas.
Las brujas entraron a la oscuridad alumbrando con sus linternas los rincones: esqueletos de lagartija, crisoles empolvados, máscaras, muñecas muertas. En ese lugar de pesadilla el tiempo se había detenido para siempre. En el piso había un pentágono de sal y en medio del pentágono un retrato desgastado: era Berenice, la última habitante en el prodigioso universo de Lucas. Al mirar esos ojos verdes y esa sonrisa sin boca, las brujas comprendieron que ella había sido la culpable de tanta desolación. Furiosas, hicieron añicos el retrato y juntaron montones de basura para incendiar de una vez por todas las entelarañadas paredes del tenebroso corazón de Lucas. La demoníaca bestia del fuego hizo su aparición con las fauces abiertas y el odio en la mirada; Lucas volvió en sí al sentir sus colmillos clavándosele por dentro mientras las brujas gritaban. Enloquecido, salió corriendo de su casa para buscar una cantina y apagar el fuego y los gritos con largos, largos tragas de ajenjo. Recorrió callejuelas y puentes hasta llegar al embarcadero; ahí, entre construcciones góticas y luces de artificio, encontró el famoso bar de sus amigo Edipo y entró en él con la misma devoción con que un monje zen entraría a su sagrado templo interno. Las brujas habían quemado amuletos, sustancias, pergaminos; cuando el incendio fue total, sonrieron satisfechas y decidieron echarse una merecida siesta sin preocuparse por el fuego: no podía dañarlas, habían sido discípulas de Freja, la poderosa Dueña de los elementos; y por lo visto, habían aprendido muy bien sus enseñanzas.
Es difícil comprender los motivos del corazón. Es difícil comprender la terrible sed de un corazón incendiado... En el bar de Edipo, Lucas se dedicó a beber toda la noche.


TERCERA PARTE (las botellas que Lucas bebió)
Botella # 1.- Lucas habla solo mientras dos brujas duermen; el dolor es un gusano enamorado de su columna vertebral.
Botella # 2.- El descompuesto reloj de la barra da la una doce veces. Los últimos marineros abandonan el bar, apoyando sus borracheras en los hombros adolescentes de frágiles prostitutas. Una lagrimita recién nacida se asoma por el ojo izquierdo de Lucas y decide bajar a su enmarañada barba pelirroja.
Botella # 3.- Edipo cierra por fuera la puerta del bar, guarda las llaves, prende su pipa y busca un taxi que lo lleve rumbo a casa; en el camino va pensando en su pobre, pobrecito amigo Lucas. Arriba bailan siete lunas.
Botella # 4.- La neblina del embarcadero entra al bar por la cerradura y forma una figura femenina. La figura se detiene frente a Lucas, toca su rostro y antes de desaparecer le da una flor negra que saca de sus ropajes. Las sillas crujen. A lo lejos aúlla un hombre lobo.
Botella # 5.- Lucas Balbucea; en sus ojos, los oscuros pájaros de llanto construyen nidos de cristal; en su corazón incendiado, dos pequeñas brujas se despiertan. En silencio, el silencio sonríe.
Botella # 6.- En medio de una tempestad de carcajadas y vidrios rotos el corazón de Lucas explota, dejando escapar a dos brujas montadas en una escoba. Las brujas se despiden de Lucas mondándole besitos, salen por la ventana y se van volando más allá de las constelaciones para aterrizar, tal vez, en las páginas de otra historia. Lucas cierra los ojos y aprieta los dientes.
Botella # 7.- Lucas se borra: el barco de su subconsciente navega por lagunas mentales y océanos de olvido. Al abrir los ojos, Lucas se descubre en un lugar desconocido...
(Cuenta la leyenda que Lucas recorrió durante horas los alrededores tratando de reconocer el lugar. La confusión pintaba de gris todas las cosas y en cada rincón se desarrollaba una escena diferente: viscosos cerdos rosas celebraban misas negras; enormes monstruos oceánicos salían de un mar de ploma y devoraban niños; extraños demonios sin rostro extendían sus deformes alas y lo señalaban, diciendo oscuras frases cabalísticas: "abracadabra honorable Lucas, bienvenido seas al maravilloso país del Delirium Tremens. Haz el favor de acompañarnos. Son las cinco de la tarde y su majestad, la reina, te está esperando en sus aposentos para tomar el té".
Cuenta la leyenda que Lucas fue llevado por bosques laberínticos hasta las amuralladas fronteras de un castillo nebuloso. Blancos eran el foso y los jardines; blancos los árboles, blancas las flores y las mariposas; blancas eran las torres, blancos los peldaños y blancas las galerías; también era blanco el trono de la reina... Berenice, quien recibió a Lucas con una sonrisa misteriosa.
Cuenta la leyenda que el nombre sagrado de su amada se derritió lento como una hostia en los labios de Lucas).
Botella # 8.- Lucas muere.


EPILOGO
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Lucas se aburre en la casa de la Muerte; cada mañana se mira en el espejo y sólo encuentra reflejado el rostro invisible de la inexistencia. Por las noches el repartidor de sueños pasa frente a su puerta pero nunca se detiene... Ahora Lucas conoce la verdadera, la triste, la infinita soledad.
Sin embargo, algún día Lucas se asomará por la ventana y verá las luces rojas, las luces verdes y las luces azules de la ambulancia. Algún día, Lucas escuchará las voces de los camilleros gritando su nombre. Algún día, Lucas será llevado respetuosamente a la confortable habitación sin puertas ni ventanas que dos pequeñas brujas le tiene reservada en el último rincón de los infiernos.

¿Qué dices? increible ...