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2011/02/28

Cómo decide el cerebro una acción voluntaria

Observaron que un puñado de neuronas se activan 1500 milisegundos antes de que la persona sea consciente de su decisión
Tema de múltiples dimensiones filosóficas, psicológicas y hasta legales, el problema del libre albedrío es una de las piedras angulares del estudio de la conciencia, algo que Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN, llamó "la búsqueda científica del alma".

Desentrañar los engranajes de esa inasible capacidad humana es, por supuesto, una tarea monumental. Pero Gabriel Kreiman, científico argentino residente en los Estados Unidos desde hace más de una década, y colegas del Centro de Neurociencias de la Universidad de Harvard, decidieron empezar tratando de contestar una pregunta mucho más sencilla: ¿cómo genera el cerebro una acción voluntaria? O, dicho de otro modo, ¿cuál es el mapa neuronal del comportamiento voluntario?

La respuesta, cuenta el investigador, desde su laboratorio en el Hospital de Niños de Boston, los sorprendió: descubrieron que un puñado de neuronas de la corteza frontal se activa cientos de milisegundos antes de que los sujetos que intervinieron en el experimento fueran conscientes de que estaban por tomar una decisión.

Su experimento consistió en replantear otro que tiene décadas de historia, pero empleando tecnologías de una precisión que antes no existía, como la electroencefalografía y la magnetoencefalografía. En condiciones experimentales, les pidieron a doce pacientes con epilepsia refractaria a los fármacos, en los que se habían insertado electrodos para detectar los focos iniciales de las convulsiones, que decidieran cuándo realizar un movimiento muy simple. En este caso, apretar una tecla.

"A varios de nosotros nos interesa averiguar qué significa la conciencia en términos de circuitos neuronales -explica Kreiman-. Y la del libre albedrío es una pregunta que tiene siglos, si no milenios. Era una oportunidad única, porque es muy difícil estudiar el problema de las decisiones voluntarias en animales."

Esta vez, los científicos pudieron registrar la actividad de 1019 neuronas mientras los individuos realizaban la tarea indicada. Así, pudieron precisar que durante aproximadamente 1500 milisegundos se producía un progresivo " reclutamiento neuronal" antes de que los individuos fueran conscientes de la decisión de mover el dedo y observaron un aumento o decrecimiento progresivo en el ritmo de activación de esas células, particularmente en el área motora suplementaria, a medida que se acercaba el momento de decisión.

Paso a paso
Es más, les bastó una población de 256 neuronas de esa región del cerebro para predecir -700 milisegundos antes de que el propio sujeto lo supiera y con una precisión superior al 80%- que existiría la voluntad de mover el dedo y cuál sería el momento exacto en que se produciría esa decisión.

"Por un lado, nos asombró el alto nivel de aciertos que podía lograrse para decodificar la intención antes de que el sujeto se diera cuenta de que decidía mover el dedo -dice Kreiman-. Y también el hecho de que podemos hacer estas predicciones en un momento dado, sin tener que hacer promedios de cientos y cientos de experimentos."

A pesar de que la naturaleza de la acción voluntaria es una pregunta que tiene siglos de antigüedad, los circuitos neuronales que sustentan el comportamiento autoiniciado se entienden muy poco, escriben los científicos en el trabajo que acaba de publicarse en la revista Cell .

Dado que para su experimento los científicos utilizaron electrodos cuya ubicación no pudieron elegir, ya que se había decidido por razones terapéuticas, aún no saben si la actividad que precede a la ejecución de una acción voluntaria puede ocurrir en otras regiones, antes o después que en los casos estudiados.

"No tenemos una seguridad exhaustiva de que éstas [neuronas] sean las primeras -subraya el científico-. Y tampoco sabemos qué es lo que lleva a su activación. Por ahora, no tenemos las herramientas para contestar esa pregunta. Lo único que pudimos comprobar es que durante más de 1000 milisegundos antes de que los sujetos tuvieran conciencia de su decisión o urgencia para actuar, hay un progresivo reclutamiento de neuronas que cambian sus patrones de activación, ya sea en una forma excitatoria o inhibitoria."

Y más adelante, concluye: "Hay que aclarar que estamos hablando de una acción muy simple. La relación que esto tiene con el libre albedrío es tenue, porque apenas estamos estudiando el movimiento de un solo dedo. Es una versión de libre albedrío extremadamente limitada, pero esto nos da la posibilidad de pensarlo en forma un poco más rigurosa y sistemática".

2011/02/25

El enamoramiento


LA PSICOLOGIA DEL ENAMORAMIENTO

El flechazo amoroso, como todos los fenómenos psíquicos, contiene aspectos que llamaremos cognitivos o espirituales, afectivos o del corazón, motivacionales y vegetativos o del cuerpo. En la cognición se advierten los cambios que a continuación se presentan: La “focalización de la atención” en la persona del amado, y la desatención de otros intereses que se tenían con anterioridad. Para el gran filòsofo Ortega y Gasset, el amor- pasión es una suerte de estrechez de la atención que da al que padece un aire especial de embobado y sonámbulo. Existe un “contacto visual y sensorial” privilegiado con el cuerpo del amado, de tal manera que los enamorados “se comen con los ojos”, dicho en tèrminos de peritos, los objetos se perciben más hermosos y con colores más vivos. La percepción del sujeto de amor, "objeto" para los metafìsicos, se agudiza de tal manera que el enamorado ve más que los otros, porque nota cualidades y bellezas que los demás no captan.

El placer que la persona amada provoca en los sentidos, la describe el escritor español Juan Valera (1824 -1905): No es èl grato a mis ojos solamente, sino que sus palabras suenan a mis oídos como la música de mis esferas, revelándome toda la armonía del universo, y hasta imagino percibir una sutilísima fragancia que su cuerpo despide, y que supera el olor de los mastranzos que crecen a orillas de los arroyos y el aroma silvestre del tomillo que en los montes se cría (Pepita Jiménez-obra)

Se cambia la percepción del tiempo, que transcurre rápidamente durante los encuentros y de manera interminable en las ausencias. En la memoria se registran, de modo priorizado e indeleble, los detalles más minúsculos de la historia del romance. La fantasía se exalta y toma como tema reiterativo las ensoñaciones como escenas que protagonizan los amantes. La idea del objeto de amor se convierte en un pensamiento fijo, parecido a las observaciones y los delirios, y todo lo que sucede se relaciona con la idea del amado. De este modo, si el/la suspirante ve algo en un escaparate, supone que le gustará a la amada (o); si pasa por un lugar, recuerda que allí ocurrió una cita romántica; y si se encuentra con una persona, asocia con placer que ella es amiga de su amante. A propósito de las ideas "obsesivoides", Tennov refiere que gran cantidad de los sujetos de estudio aseguraron que pasaban 85% de su tiempo de vigilia pensando en la persona amada, sì, ocurre y ocurre. El objeto de amor se idealiza e hipervaloriza como la "cosa" más perfecta, bella y virtuosa que pueda encontrarse. En la “ceguera de amor”, se magnificaban los encantos y se minimizan los defectos del/la amante. La valoración benevolente del enamorado convierte las necedades del amado en acciones de mérito. No es la regla, pero tampoco resulta infrecuente que el/la amante se subestime y dé una excesiva importancia a sus pequeñas dificultades frente a las personas que desea agradar.


La aceptación, por parte del amado (a), provoca un aumento de la autoestima del enamorado (a); por el contrario la frialdad ocasiona la pérdida del propio valor. En las personas apasionadas, la presencia o el tema del amado (a) determinan un estado de desorganización del pensamiento que se conoce como “turbación mental”. Por eso Jacinto Benavente escribió: “Cuando un hombre se enamora de verdad, es difícil distinguir al tonto del inteligente.” En ello nos dice: "El corazón del enamorado(a) responde a la presencia de la persona amada con emociones de tipo positivo, como entusiasmo, jovialidad o erotismo ardiente; y por el contrario, los desaires, ausencia o la pérdida del amante suscitan afectos de tipo negativo, como angustia o melancolía que pueden llegar a ser enfermizos. A muchos sujetos enamorados, la presencia de la persona amada les provoca sensación de timidez y temor a ser rechazados." El enamoramiento resulta lo opuesto a la tranquilidad, y representa un estado de emociones excesivas que varían del placer a la zozobra y del éxtasis al tormento. Por eso se dice que el amor es un estado donde se experimentan los goces más elevados y los peores sufrimientos. El enamorado(a) percibe sus emociones como irracionales, involuntarias e incontrolables. Dice Pascal acerca de las pasiones del amor: “El amor es un tirano que no tolera compañía; quiere señorear solo; y necesita que todas las demás pasiones se le rindan y obedezcan. En el cuerpo, el amor – pasión causa modificaciones de las necesidades: se pierde el sueño, se deja de comer y se exalta el deseo sexual. De este modo, el erotismo del enamorado es muchas veces superior a la sexualidad trivial de la vida cotidiana. Los cambios vegetativos se aprecian como lágrimas, rubor, calor en las mejillas, palidez, “sensaciones en el corazón”, suspiros y desvanecimientos.

Jaques Ferrand (1623) decía que el amor se complace en las lágrimas; por eso, los poetas representan a los amantes llorando. En la musculatura somática se advierten temblores de la voz y de las manos, y suele suceder que las piernas se doblen. Según el psicoanalista Bergler, el enamoramiento tiene ocho características: 1. el sentimiento de felicidad 2. la tendencia al autosuplicio 3. la sobrevaloración del amado(a) 4. la subestimación de la realidad 5. la exclusividad de la pareja 6. la dependencia del amado(a) 7. la conducta sentimental 8. el predominio de la fantasía El amor romántico se percibe como una experiencia extraordinaria, distinta del desencanto, del aburrimiento y de la tranquilidad cotidiana. Dice Pepita Jiménez, la heroína de Valera: ”No sabía yo lo que era el amor. Ahora lo sé”: no hay nada más fuerte en la tierra y en el cielo”. El estar enamorado resulta una vivencia que sorprende; crea un determinado modo de percepción; una nueva visión del mundo y de los otros. La pasión resulta ingobernable para la voluntad, y nadie puede enamorarse o desenamorarse porque lo desee. Si uno no quiere apasionarse, lo único que puede hacer es evitar a la persona que nos atrae, y algunos proponen como remedio heroico el hacernos odiosos para ella o él, antes de perder el control de nuestros sentimientos. El amor – pasión es una experiencia monogámica, debido a que el flechazo amoroso no ocurre con varias personas a la vez, pero se puede estar enamorado de una persona y amar sosegadamente a otras. El principio de reciprocidad, según el cual amamos a quienes nos gratifican y evitamos a quienes nos frustran, puede no ocurrir en el enamoramiento; por eso podemos quedar prendados de alguien que no nos quiere. La pasión lleva a la fusión de los cuerpos y de los espíritus de los amantes. Según Alberoni: “El amor separa lo que estaba unido y une lo que estaba separado”. Por eso los amantes rompen los vínculos con la familia y la pareja anterior, y forman un lazo nuevo.

A propòsito algo hermoso y mucho màs ideal y porquê no real es lo que señala Aristóteles en su Retórica, afirmó: “El amor sano es desear todo el bien al amado para su contento y provecho, no para el de uno mismo, y por el contrario, dolerse y entristecerse por los males y aflicciones de la persona amada más que de los propios.” El enamorado está continuamente premiado de modo generoso y gratuito al amante y se ha dicho que cuando comienza a sacar la cuenta de lo que da y de lo que recibe, se está acabando el enamoramiento. De hecho ya se acabò. Debido a que el amado resulta lo más deseado, adquiere un enorme poder sobre el enamorado y cuando la pasión es unilateral, el que no ama puede abusar y esclavizar al otro.

En opinión de Freud (1921), el yo se hace cada vez menos exigente y modesto, y en cambio, el amado deviene cada vez más magnifico y precioso hasta apoderarse de todo el amor que el Yo sentía por sí mismo (libido narcisista), proceso que lleva naturalmente al sacrificio voluntario del Yo. En este momento puede decirse con razón que el objeto ha devorado al Yo. El enamorado se hace humilde, y se devalúa.

La relación de amor se caracteriza por el aumento de la receptividad, de la sintonía, empatìa y franqueza. Los amantes tienen una comunicación privilegiada por su apertura, su cuantía y su transparencia; ellos tienen larguísimas conversaciones sobre sus pareceres y sus vidas, ello es ideal y encandila; aunque a veces suelan ser charlas cortas, que se convierten en intensos ratos de contemplaciòn y conocimiento.

Se dice que los enamorados resultan antisociales porque se aíslan del mundo en un egoísmo de dos, y se desentienden de las otras personas. La pareja amorosa es rebelde al grupo; su experiencia es privada y secreta; su moral íntima suele ser diferente de la moral "convencional", espero se entienda lo de convencional y ella crea una barrera de exclusión que protege su intimidad de la envidia, hostilidad, intromisión y control de la sociedad (que siempre amenaza con destruir a la pareja de amantes)

El proyecto de vida del sujeto se organiza alrededor del "Objeto", en tèrminos metafisicos, de amor. Por amor se deja trabajo, la familia y, a veces, la patria. El enamorado dice:”tú eres mi vida” y “yo vivo para ti”. En su deseo de confirmar el amor, los miembros de la pareja se piden continuamente “pruebas” de este tipo: “te vas a entregar a mì”, ¿vas a dejar a tu familia por mí?, ¿te vas a comprometer conmigo? ¿me das o no te pido nada màs? y tanto màs y sì que hay mucho màs... El enamoramiento se manifiesta en el lenguaje, el gesto y todo el movimiento corporal. Es de Observación común una regresión del lenguaje que adopta formas infantiles y abunda en diminutivos. (Los etólogos interpretan que el lenguaje infantil desencadena el instinto de la atención tierna por parte del amado)

El amor que perdura por años se ha explicado como “reenamoramientos sucesivos”, y aun en el apaciguado amor marital queda un núcleo de fuego que se inicio con el flechazo amoroso, y que mantiene el calor de la relación. El amor sólo se conserva si ocurre una fusión de las personas convirtiéndose el uno en parte intrínseca del otro y se establece un proyecto común de vida, este aspecto es de vital importancia. El enamoramiento termina cuando se atenúa, y pasa al estado de amor marital, se trueca odio o se disuelve en la indiferencia.



Cuànto y tanto màs hay por rescatar de los cientos de filosofos y pensadores que, bajo su reflexiòn, trataron de acercarse a fenòmenos del hombre y del mundo. Digo se acercaron ya que en realidad todo es complejo y no se explica con certeza, puesto que tampoco es comprensible cabalmente a la luz de la sola razòn. Vivir esta experiencia abre la mente y el corazòn, pero cada quien experimenta segùn su esquema, su perspectiva, su situaciòn...

Continurarà...

2011/01/22

Autoconocimiento

De: Richard A. Friedman. The New York Times
Traducciòn: Marìa Elena Rey
Entre los terapeutas, es prácticamente un dogma que el autoconocimiento es un requisito indispensable para una vida feliz. La comprensión, según ese criterio, liberará de los complejos psicológicos y promoverá el bienestar.

Quizá sea así, pero mi experiencia reciente me hace cuestionarme si la comprensión es tan importante. No hace mucho tiempo, atendí a un joven de apenas 30 años, que estaba triste y ansioso luego de que su novia lo había abandonado; era la segunda vez que le pasaba en tres años. Estaba claro que sus síntomas eran la reacción ante la pérdida de una relación y que no estaba clínicamente deprimido.

"Lo he tratado varias veces en la terapia", afirmó. Tenía problemas para tolerar cualquier separación de sus novias, y podía relacionar ese sentimiento con la separación de su madre, que había sido internada durante varios meses por un tratamiento de cáncer cuando él tenía 4 años. En resumen, había logrado un gran autoconocimiento con la terapia respecto a la naturaleza y origen de la ansiedad, pero no se sentía mejor.

Lo que la terapia le había dado a este joven era una narrativa coherente de su vida; había desmitificado sus sentimientos, pero no había conseguido cambiarlos. ¿Se debía a que su autoconocimiento era errado o a que era incompleto? ¿O acaso el autoconocimiento tiene un valor limitado sin importar su profundidad?

Tema de debate
Los psicoanalistas y otros terapeutas han discutido durante años sobre este tema que llega hasta el corazón mismo del funcionamiento de la terapia (cuando funciona), para aliviar la aflicción psicológica.

Los debates teóricos no han solucionado el problema, pero ha surgido una clave interesante sobre la posible importancia del autoconocimiento en estudios comparativos de diferentes tipos de psicoterapias, de las cuales sólo algunas enfatizan el autoconocimiento. De hecho, cuando se han comparado directamente dos tipos distintos de psicoterapias, ha sido a menudo difícil encontrar diferencias entre ellas.

Respecto a los pacientes, el significado es claro. Si uno está deprimido, por ejemplo, es probable que uno se sienta mejor, ya sea que su terapeuta utilice el método cognitivo- conductista, que apunta a corregir sus pensamientos y sentimientos distorsionados, o con una terapia psicodinámica, orientada al autoconocimiento.

Como el ingrediente común en todas las terapias no es el autoconocimiento, sino un lazo humano no específico con el terapeuta, parece justo decir que el autoconocimiento no es necesario ni suficiente para sentirse bien. Y no sólo eso. A veces parece que intensifica el sufrimiento de una persona.

Recuerdo a un paciente que estaba crónicamente deprimido e insatisfecho. "La vida es un plomo", me dijo, e hizo una lista de problemas sociales y económicos verdaderamente reales. Era pesimista sobre el lamentable estado de la economía, a pesar de ser próspero y no estar amenazado por ella. Era un analista financiero exitoso, pero estaba aburrido de su trabajo, al que veía como mecánico y personalmente insatisfactorio.

Había estado en terapia durante años antes de que yo lo viera y había llegado a la conclusión de que había elegido su profesión por complacer las exigencias de su demandante padre, en lugar de seguir su pasión por el arte. A pesar de que sabía mucho sobre sí mismo y su conducta, claramente no estaba más feliz por eso.

Cuando se deprimió, sin embargo, su autoconocimiento empeoró su dolor porque se criticó a sí mismo por no haber enfrentado a su padre y seguido su propio camino.

Durante años, los investigadores han sabido que los depresivos tienen tendencia a recordar acontecimientos tristes de sus vidas; no se trata tanto de que produzcan historias negativas, sino de que olvidan las buenas. En ese sentido, sus visiones y percepciones negativas pueden ser deprimentemente exactas, aunque sesgadas e incompletas.

Hasta nos hace preguntarnos si para ser felices no sería necesario un poco de autoengaño.

Nada de esto quiere decir que el autoconocimiento carezca de valor. Lejos de ello. Si uno no quiere ser un cautivo de conflictos psicológicos, el autoconocimiento puede ser una poderosa herramienta para liberarse de ellos. Probablemente se sienta menos dolor emocional pero eso no es la felicidad.

2010/11/01

Dìa de los muertos...¡Què miedo!

Hoy recibì el diario, y encontrè un interesante artìculo. No sabìa hasta donde era posible llevar el miedo. ¿Quièn crea el miedo, quièn lo vive, quièn lo siente y lo percibe?. Lo cierto es que en el ser vivo està en potencia el generarlo o sentirlo. Asi, lo curioso es que mientras los vivos nos mantienen en suspenso, los muertos, muertos estàn, que podrìan hacernos ya. Yo no sè si descansan o estàn ajetreados por su nueva forma de vida, que solo ellos entenderàn. Pero lo que si puedo decir es que estàn tan ocupados y no tienen tiempo de venir a fastidiar.
En esta nota de gran impacto verbal - social, se recoge todas las formas de miedo, en otras palabras es todo lo que hace y vive la "humanidad". Ello nos debe preocupar, pues en verdad el mal extiende sus ramas. Los generadores del miedo estàn muy cerca, y esto, claro està, no es para celebrar...
EL MIEDO
publicado por la escritora Emma Riverola

Miedo de los que abusan de los débiles. De los que mienten y manipulan. Del machista que escupe, y de los que recogen sus esputos. Del que se desliza a media noche en la cama de un niño. De los recortes de la empresa, de la angustia del dinero que no llega. De los días de soledad. De las noches de recuerdos y lágrimas. De un positivo en una prueba médica. Del sufrimiento. De la incapacidad. De la impotencia. Del dolor de un niño. Del tenemos que hablar. De que todo cambie. De que nada lo haga. De los desengaños. De la amargura. De las arrugas del alma. De los que desprecian sin entender. Del violento que perdió las razones. Del que expulsa al diferente. De los que desdeñan las lecciones del pasado. Del poderoso que atropella. Del corrupto que todo lo mancilla. Del prepotente que se siente impune. Del mapamundi que solo refleja los planes de negocio. De los que amenazan para imponer sus ideas. De los uniformes que torturan y humillan. Del manto que calla a las mujeres. De los que invocan a los dioses para convertirse en diablos. De los que violan, matan y mutilan, y ni siquiera saben por qué. De no tener un lugar donde sentirse seguro. De no poder proteger a los hijos. Del comercio manchado de sangre. De la esclavitud en las carreteras. De la hipocresía cómplice. De los ojos que no quieren ver. De volvernos ciegos. De dejar de sentir. Del miedo.

2010/09/12

CÒMO USAR LA VESTIMENTA: LA MODA

CÒMO USAR LA VESTIMENTA: LA MODA
En primer lugar agradezco mucho al articulista Ignacio Juàrez de Catholinec por esta valiosìsima informaciòn, gracias por la respuesta. En verdad que me ayudò mucho a comprender un tema que los jòvenes poco contemplan. Desde ya le digo que "wwww.ideasrapidas.org" es fabulosa.

Es el cuerpo un templo sagrado, en razòn de ello exige de cada uno el cuidado minusioso y delicado. El cuerpo no es solo "arquitectura hecha en màrmol", silueta u obra que impacta a cuanto ojo humano voltea a mirarlo, es principalmente imagen y semejanza de la obra divina, motivo màs que suficiente para cuidarlo y dignificarlo, tal como lo podemos apreciar en las siguientes lìneas...

A. La moda y sus fines.
B. La moda como adorno. La moda y la moral.
C. Los uniformes.
D. La moda y la mujer.

A. LA MODA Y SUS FINES
1. ¿Qué es la moda?
La moda expresa lo actual, lo moderno, lo que se lleva. Esto se aplica en muchos terrenos pero sobre todo en la vestimenta, que es el aspecto que aquí consideramos.

2. ¿Cualquier moda significa un progreso? Lo moderno no es un progreso por el simple hecho de ser novedoso. Será progreso si introduce una mejora real. Así, un vestido será bueno si favorece los fines que debe cumplir.

3. ¿Qué misión tienen los vestidos? Se aprecian tres grandes fines:

Un fin práctico. Por ejemplo, de comodidad, de abrigo en climas fríos, de protección para trabajos en ambientes más o menos agresivos, etc.

Un fin de moral pública para respetar la intimidad de los demás y no provocar malos deseos en su corazón. Es un aspecto ético de la moda. Se trata de que la ropa sea acorde a la dignidad humana.

Un fin ornamental o de adorno que mejora esa dignidad.

4. ¿Cómo reconocer un buen diseño de moda? Un diseño de calidad tendrá en cuenta los tres fines anteriores. Podemos añadir unos detalles:
En el acierto de una moda influye mucho el estilo de quien la viste, pero un buen diseño irá bien a cualquiera, aunque sea persona poco agraciada.
Un buen diseñador no necesita acudir al sexo para captar la atención. Si en una moda lo primero que se observa es sexo, estamos ante un diseño escaso de ideas y de originalidad.
Un buen diseño de moda no llama mucho la atención. No es rompedor. Lo difícil y a la vez genial en un diseñador es lograr que algo discreto sea al mismo tiempo admirado.

5. ¿Qué ropa elegir? Intervienen muchos factores. Por ejemplo, el precio, la calidad, la moda, la combinación de colores, los gustos personales, etc. Conviene asegurarse de que la ropa elegida es acorde con los tres fines:
Respecto al fin práctico, puede uno preguntarse: ¿esta ropa, me será útil?, ¿para qué la necesito? La respuesta puede ser algo así: quiero que me abrigue, quiero que sea cómoda, la quiero para excursiones...

Desde el punto de vista ético, convendrá fijarse si es una ropa para una mujer o para una hembra; para un varón o un macho. ¿Esa ropa es acorde con la dignidad humana? ¿Eleva los pensamientos humanos, o los rebaja?
Como adorno, uno se fijará en si la ropa le sienta bien, si mejora su aspecto, etc. ¿Esta prenda qué destaca?

A continuación vemos más detalles que mejoran la moda.
B. LA MODA COMO ADORNO

1. ¿Cómo mejorar en el fin ornamental? Lo principal de una persona es su alma. Así, el adorno corporal mejora la dignidad humana si hace destacar las cualidades espirituales. Por ejemplo, las modas pueden dirigir la atención hacia distintas zonas del cuerpo, y el diseño será más acertado si orienta las miradas hacia lo más noble, como la cabeza, los ojos, la cara -"espejo del alma"-. Al mismo tiempo conviene moderar el adorno, no sea que oculte a la persona.

2. ¿No es más sincero y natural vestir de cualquier manera? Quizá por esta idea en algunos ambientes se pone el máximo cuidado en ofrecer una imagen descuidada. No hay mayor sinceridad en esto. Simplemente es una moda más; una moda descuidada o "deshabillée".

3. ¿Y si uno es zafio y grosero? La caridad, la convivencia y la buena educación invitan a dominar estas tendencias en la moda y en la vida. La verdadera sinceridad reconoce los defectos como defectos y procura corregirlos. Dejarse llevar por ellos no es sinceridad sino debilidad.

LA MODA Y LA MORALIDAD

1. ¿Por qué es necesario cuidar el fin de moralidad pública? Es bien sabido que la visión de los aspectos secundarios de la sexualidad provoca en las personas una atracción. Con el pecado original, esta inclinación se ha desordenado y puede llevar a conductas y pensamientos infrahumanos, como desear usar del sexo con cualquiera. De ahí que una misión del vestido sea cubrir los aspectos sexuales propios con el fin de respetar el corazón de los demás.

2. ¿Se trata de cubrirse por entero? No exageremos. Se trata de vestir correctamente, evitando modas provocativas.

3. ¿Conviene evitar la ropa escasa o muy ajustada? Exactamente. Ese tipo de vestido es una tentación y falta de respeto hacia el prójimo. También deteriora la propia dignidad, pues una persona que viste así ofrece una imagen de promocionar su sexo, en lugar de destacar su talento, su inteligencia, o su belleza.

4. ¿Una moda provocativa facilita captar novios? Una moda así llama la atención, pero causa varios problemas:

Dirige la atención a la zona del cuerpo que se muestra, y la desvía de la persona. La mujer y el cariño a ella desaparecen y sólo se piensa en lo que se ve.
La mujer ofrece una imagen vulgar de sí misma, que atraerá a hombres burdos y vulgares.
El tipo de novio que se capta no suele querer casarse, sino que busca sexo, y por esto es captado cuando sexo se le ofrece. No se consigue un noviazgo estable.

5. ¿No puede uno vestir como le dé la gana? Desde luego cada uno vestirá como quiera, pero esto no significa que vista correctamente. Será buena la moda que mejore los tres fines mencionados. (Puede verse el tema de la libertad).

C. LOS UNIFORMES

1. ¿Un vestido sólo tiene esos tres fines? Hay otros fines que normalmente se pueden englobar en alguno de los anteriores, aunque a veces destacan más. Por ejemplo, los uniformes son una vestimenta especial con fines característicos.

2. ¿Qué fines adicionales tienen los uniformes? Además de los fines propios de cualquier vestido, los uniformes pueden intentar:

Unir a los miembros de un conjunto, distinguiéndolos de otros. Por ejemplo, la ropa deportiva o militar.
Señalar una disposición personal de servicio público. Por ejemplo, los empleados de grandes almacenes suelen vestir de un modo determinado para que los clientes puedan encontrarlos con más facilidad.
Favorecer una actitud en los demás. Por ejemplo, ver el uniforme de un policía invita a no cometer delitos; ver el uniforme blanco de una enfermera o un doctor ayuda a confiar en ellos el cuidado de la salud; ver el hábito de una religiosa recuerda a Dios, etc.

D. LA MODA Y LA MUJER
(Carta que Martha envía desde Mexico)
El modo de vestirse de una mujer refleja parte de su “yo profundo”, de su interioridad. Cuando la mujer se viste, descubre su alma.

Te invito a no ceder ante la presión del ambiente. ¿Te animas a mejorar la moda y las costumbres? El modo de hablar, de vestir, de moverse, tiene mucho que ver con lo que llevamos dentro. Con frecuencia la moda nos hace masa, y así está planeado por los poderosos de la tierra. Tú puedes ser una mujer noblemente rebelde, de una pieza. Si las mujeres saben custodiar su alma y su cuerpo, no serán una más: serán mujeres que saben distinguirse por su elegancia, por ser femeninas.

Somos diferentes al varón. La mujer debe conocer la diferencia natural de percepción del hombre, distinta de la percepción de la mujer. Debe conocer muy bien la diferencia entre ser usada (mujer-objeto: “qué buena estás”) y ser amada (“qué guapa eres”). La mujer tiene habilidad, arte y condiciones para emplear la moda como medio de limpieza en la sociedad. ¿Te animas?

La intimidad corporal en la moda actual está desprotegida: deja ver demasiado del cuerpo. Un vestido que subraya el sexo contribuye a encubrir el valor de la persona y a resaltarla como objeto de placer. El desafío es ir contra corriente, para eso tenemos que cuidar el pudor.

¿Qué es el pudor?

El pudor es la inclinación natural a cubrir el cuerpo para protegerlo de las miradas morbosas. Nos hace más dignas, más dueñas de nosotras mismas. La falta de pudor consiste en llevar la ropa ajustada, la falda corta, usar escotes que dejan ver más de la cuenta; a veces la mirada se va a la cintura –al ombligo- en vez de irse a los ojos, y eso no nos hace felices.

La mujer con pudor llegará a ser más dueña de sí. El pudor es la inclinación a mantener oculto lo que no debe ser mostrado, a callar lo que no debe ser dicho. Una desnudez es impúdica cuando no es de nadie y al mismo tiempo es de todos: disponible para quien la quiera. Quien no siente necesidad de ser pudoroso, carece de intimidad, y vive en la frivolidad.

¡Tú vales mucho, mucho! Más de lo que piensas, aunque tengas algún defecto. ¡Vales mucho! Procura que te traten como lo que eres: una gran persona.

2010/06/20

Veinticuatro maneras de amar



Cuando a la gente se la habla de que "hay que amarse los unos a los otros" son muchos los que se te quedan mirando y te preguntan: ¿y amar, qué es: un calorcillo en el corazón? ¿Cómo se hace eso de amar, sobre todo cuando se trata de desconocidos o semiconocidos? ¿Amar son, tal vez, solamente algunos impresionantes gestos heroicos?

Amado Sáez de Ibarra, publicó hace muchos años un folleto que se titulaba "El arte de amar" y en él ofrecía una serie de pequeños gestos de amor, de esos que seguramente no cambian el mundo, pero que, por un lado, lo hacen más vividero y, por otro, estiran el corazón de quien los hace.
Siguiendo su ejemplo voy a ofrecer aquí una lista de 24 pequeñas maneras de amar:

  • Aprenderse los nombres de la gente que trabaja con nosotros o de los que nos
    cruzamos en el ascensor y tratarles luego por su nombre.
  • Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.
  • Pensar, por principio, bien de todo el mundo.
  • Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que no se la merecerían teóricamente.
  • Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin ellas.
  • Multiplicar el saludo, incluso a los semiconocidos.
  • Visitar a los enfermos, sobre todo sin son crónicos.
  • Prestar libros aunque te pierdan alguno. Devolverlos tú.
  • Hacer favores. Y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.
  • Olvidar ofensas. Y sonreír especialmente a los ofensores.
  • Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos.
  • Tratar con antipáticos. Conversar con los sordos sin ponerte nervioso.
  • Contestar, si te es posible, a todas las cartas.
  • Entretener a los niños chiquitines. No pensar que con ellos pierdes el tiempo.
  • Animar a los viejos. No engañarles como chiquillos, peros subrayar todo lo positivo que encuentres en ellos.
  • Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos.
  • Hacer regalos muy pequeños, que demuestren el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.
  • Acudir puntualmente a las citas, aunque tengas que esperar tú.
  • Contarle a la gente cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.
  • Dar buenas noticias.
  • No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros.
  • Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.
  • Mandar con tono suave. No gritar nunca.
  • Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.

La lista podría ser interminable y los ejemplos similares infinitos. Y ya sé que son minucias. Pero con muchos millones de pequeñas minucias como éstas el mundo se haría más habitable.

2009/10/10

Autoengaño: la eterna compulsión a hacernos trampa


Si hay una fábula harto conocida es la de la zorra y las uvas, y seguramente lo es porque el autoengaño es una estrategia inescindible de la condición humana. Quien más, quien menos, todos solemos encontrar un consuelo en este dudoso recurso: una zorra hambrienta va en busca de comida cuando divisa una parra con tentadoras uvas. Se aproxima a la vid y comienza a saltar infructuosamente hacia los racimos. Por más que se esfuerza, no logra llegar a los apetecidos frutos. Finalmente, renuncia a la empresa, no sin antes exclamar: "No valen la pena, todavía están muy verdes".


¿Cómo disolver la tensión entre el deseo y la realidad que se nos impone? ¿Acaso estrategias semejantes no suelen ser las terapias más eficaces para el fracaso, la desilusión y la melancolía? Pero de ser así ¿dónde terminan nuestros sueños y fantasías y dónde comienza el autoengaño? Parecidos de familia

Parecen lo mismo pero no lo son. Mientras que la mentira es una estrategia discursiva que consiste en pronunciar declaraciones falsas, el engaño es el acto -que puede valerse de la mentira- donde, con toda intención, se induce a creer una cosa en lugar de otra. No es lo mismo la retórica tan mentirosa como circunstancial coloquialmente conocida como "hacer el verso" que el acto de engañar de Juan, un simulador que, con la estrategia propia de un ajedrecista avezado, logra persuadir a la crédula Camila de que ella es el gran amor de su vida y la futura madre de sus (únicos) hijos, omitiendo que su esposa y sus cuatro vástagos lo esperan todas las noches para cenar. Pero los parecidos de familia no terminan aquí.

Siempre se pensó que el autoengaño era una ligera variante del engaño a secas. Pero no bien reflexionamos sobre uno y otro, descubrimos que el primero supone un paso más: alguien se engaña a sí mismo toda vez que se autoconvence de algo cuando sabe que las cosas no son como cree que son. Volvamos una vez más a Juan. Concedámosle el beneficio de la duda, suponiendo entonces que no es un vulgar simulador sino que, en verdad, se autoengaña. De ser ése el caso, en su rol de engañado debe de estar convencido de que abandonará a su mujer mientras que en su rol de engañador sabe que no lo hará.

Esa duplicidad repetida en otros gestos, tan nuestros que apenas con suerte (y dolor) nos damos cuenta de su poder nos revela una paradoja: ¿cómo es posible creer, al mismo tiempo, dos cosas incompatibles entre sí? Si creer una afirmación y su negación es un estado mental lógicamente contradictorio, entonces el autoengaño parece imposible. Y de hecho, puedo no creer en ese artificio. Pero como se dice de las brujas, podemos decirlo del autoengaño: que lo hay, lo hay.

No es la única falacia, pues en cuanto examinamos los resortes que operan en ese mecanismo psíquico, descubrimos una paradoja más: en el rol de engañado, la estrategia no puede ser conocida para que ésta sea eficaz; mientras que en el rol de engañador, se debe reconocer el engaño. Pero desde el momento que en mi fuero íntimo reconozco mi intención ¿cómo podría ser yo engañado por mi propia voluntad de simulación? Si sabemos que una estrategia es engañosa, entonces el autoengaño, una vez más, parece imposible.

Puesto que semejantes laberintos violentan el sentido común el mismo que nos muestra una y otra vez que el autoengaño no sólo es posible, sino que gran parte de nuestras creencias se construyen sobre ese cimiento sólo en apariencia endeble, lúcidos pensadores buscaron desarticular ese entramado existencial.

En el intento por resolver esos rompecabezas, algunos calificaron todo engaño autoinducido como intencional: forzosamente, uno se engaña a sabiendas de que se está engañando. Pero para admitir la realidad del autoengaño, fue necesario postular un yo escindido que operaría en un antes y un después, acaso remedando a Neruda, desdiciéndose en un mismo gesto en su "ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero".

El engaño autoinducido llevado a cabo con intención también puede apelar a la memoria fallida toda vez que, con el correr de los días, el autoengañador perseverante no sólo olvida los acontecimientos pasados sino hasta su intención originaria de inducirse al error. Imaginemos un funcionario corrupto que sustituye un registro comprometedor con un registro falseado que lo liberará de toda sospecha. Imaginemos, además, que lo hace confiado en que, con el correr del tiempo, habrá borrado toda huella de la adulteración ya no de los registros, sino de la intimidad de su conciencia. Imaginemos, por último, que justicia ¿divina? mediante (recuérdese que sólo se trata de un experimento imaginario), finalmente es investigado. A esa altura de los acontecimientos, y tal como lo previó, el funcionario habrá olvidado no sólo la falsificación del registro sino hasta la manipulación de sus recuerdos, sintiéndose tan incorruptible como carmelita descalza. Ni siquiera es necesario que sostenga simultáneamente creencias contradictorias: la degradación natural de la memoria, incluso cierta tendencia natural a creer aquello que se quiere creer, surten el efecto de que una (auto) mentira reiterada termina por asemejarse a la verdad (la tristemente célebre fórmula de Goebbels: "miente, miente, miente, que algo quedará").

Sin esa dosis de cinismo, el autoengaño puede ser la quintaesencia de la distorsión de la realidad parasitaria de las conductas adictivas: la joven anoréxica viéndose obesa en el espejo. O el alcohólico obstinado negándose a reconocer que su afición es su perdición. Otro escenario propicio al autoengaño es aquel donde se materializa con creces el poder ilusorio de las falsas expectativas: la apuesta reiterada en los casinos se refuerza con cierta fantasía de ganar que hunde sus raíces en una confianza ciega en que la suerte es una amiga fiel que, simplemente, se hace desear. No sólo las maquinas slot con sus porcentajes fijos de pago están construidas en respuesta a esta ley psicofísica. También el "hacer bingo", salvo fortuitas excepciones, es un horizonte en retirada que, cuando está a punto de ser alcanzado, se renueva como promesa transitoriamente postergada.

La explicación del autoengaño a partir de actos intencionales que suponen cierta escisión temporal entre un yo engañador y otro engañado operando diacrónicamente uno antes y otro después, no es la única posible. Otra explicación, tal vez la más difundida, elimina el carácter intencional aunque conserva cierta escisión en el interior de la conciencia. Dado que, en palabras de Freud, "sólo vemos lo que queremos ver", el fundador del psicoanálisis sostuvo que, con el fin de sortear el dolor, el yo instaura en su psiquis, disociándose, ciertos mecanismos de defensa inconscientes de negación. Y valiéndose de ciertas maniobras defensivas, logra ocultar ante sí mismo los contenidos censurados, alojándolos y, como tal, neutralizándolos, en un espacio recóndito de su aparato psíquico.

La mala fe
En El ser y la nada , Jean-Paul Sartre acusaría a la teoría freudiana de defender un determinismo que postula la existencia de procesos inconscientes que explicarían el autoengaño. En lugar de la dualidad diacrónica del engañador y del engañado, el psicoanálisis, piensa Sartre, postula una ficción sincrónica de "una mentira sin mentiroso". Y dándole un giro a la explicación freudiana, el filósofo existencialista alude a la libertad, a esa condición que hace del ser humano, el único "condenado a elegir". Sartre denomina al autoengaño, la mala fe. Y la mala fe es un antídoto inauténtico, la huída cobarde frente a la responsabilidad de tener que jugarse por los valores según los cuales uno podría elegir vivir.

Sartre nos muestra la mala fe en una escena donde una mujer simula ignorar las insinuaciones sexuales de su acompañante porque teme romper el hechizo del juego de la seducción. Hasta parece no advertir cuando el seductor toma su mano. Disociada de su corporalidad, en ese instante la mujer se siente "puro espíritu". Ella "sabe muy bien las intenciones del hombre", nos advierte Sartre, "también sabe que tendrá que tomar una decisión tarde o temprano". Pero se resiste a decidir, ocultándose a sí misma los objetivos de su acompañante. Y pretendiendo desconocer su propio deseo, la mujer posterga el momento de la decisión, interrogándose una y otra vez: ¿qué quiere hacer con su cuerpo? ¿abandonarse a su deseo transitoriamente eclipsado y tener sexo? ¿o antes bien no ceder a las insinuaciones del seductor? Estas dudas, concluye Sartre, no son sino un ejercicio de la mala fe, porque la mujer hace uso de su libertad como de una excusa con la cual evade su responsabilidad de tener que elegir.

Sartre nos presenta una segunda figura de la mala fe, encarnada esta vez en un mozo de café que juega a ser mozo de café con el fin de persuadirse a sí mismo de que su existencia se reduce, precisamente, a ser mozo de café, cumpliendo con el papel con el que los otros y la sociedad lo han investido: el pobre diablo que barre a las cuatro de la mañana el local es el mismo que apenas un par de horas más tarde se engalana con chaleco de un blanco purísimo y moño de satén, luciendo su sonrisa inalterable ante la clientela. Como en un juego de rol, el mozo de café se abandona a la impostura para poder ser lo único que cree poder ser: su actitud servil, su complacencia excesiva, sus gestos sospechosamente redundantes, no son más que un ritual que lo definen y confirman en lo que cree que debe y sólo puede ser.

A través de estas ilustraciones, Sartre aspira a mostrar que ni siquiera hace falta apelar a la estrategia del psicoanálisis para mostrar que la tiranía del deseo o la fuerza de las emociones condicionan nuestras creencias, ya que es posible creer y, conscientemente, descreer de la misma cosa. En lugar de mecanismos inconscientes, Sartre postula una atención selectiva que incorpora los aspectos de la realidad que se integran en el sistema de creencias aprobado por la conciencia y hace a un lado aquellos aspectos que la misma conciencia censura. La mujer es una buena ilustración: "Dado que la mujer conoce las intenciones" de su interlocutor, continúa Sartre, ella hace uso de este saber para prestar atención sólo a "lo discreto y respetuoso de la actitud de su acompañante", relegando la conciencia que ella tiene de su propio saber.

Pero su peso existencial, al fin de cuentas, radica en que el autoengaño pone en juego, nada más y nada menos, aquello que somos. Estrategia privilegiada ejercida en el campo de la conciencia, sin ese mecanismo de autoprotección podríamos ser condenados a revivir infinitamente los recuerdos más intolerables. No sólo puede ser la expresión de la renuncia a confrontarnos con un pasado traumático, sino también de la huida ante una realidad angustiante presente, cuando no de disociarnos de proyectos sumidos en el autorreproche pero que deseamos continuar, y hasta perseveramos en ellos.

Si prefiero detenerme deliberadamente en un período de la vida, negándome a admitir todo lo que luego cambié, me digo: "Soy lo que fui". Pero puedo barajar y dar de nuevo, confiado en que el naipe exculpatorio del "no soy lo que fui" podrá ser exhibido triunfalmente cuando me desolidarizo de mi pasado, insistiendo en mi recreación perpetua. Sin embargo, en nuestro descargo, sugiere Sartre, más que una patología o un vicio de carácter, y al igual que la vigilia o el sueño, la mala fe es un modo de ser en el mundo. Creérsela

Toda vez que, a fuerza de repetir una y otra vez un mismo papel, se es incapaz de discriminar entre el rol y lo que se es, se dice de alguien que "se lo comió" el personaje, que "se lo creyó". Esta jerga se aplica igualmente a otro espécimen, del que solemos decir que "se la cree" cuando asume cierto rol que raya en la presunción. Esa creencia ilusoria lo vuelve tan vulnerable que, en palabras de Rudyard Kipling, es incapaz de enfrentarse con "el triunfo y el fracaso y tratar a estos dos impostores de la misma manera".

Se dirá que todos los seres humanos simulamos cierto rol socialmente admitido, desempeñando un papel del que podemos estar o no convencidos. Lo hacemos en una primera cita amorosa en la que construimos un relato autocomplaciente, a sabiendas de que, abusando de nuestro imaginario, podemos mostrar lo que nos gustaría ser. Y hasta los epitafios suelen grabar en piedra un autoengaño. En una entrevista en una ronda de selección de personal, el entrevistado tratará de autopersuadirse de que es el candidato apropiado. Intentará controlar la totalidad del mensaje: sus facciones del rostro, sus palabras, sus tonos vocales, sus gestos sospechosamente mesurados. Sin embargo, cuanto más se juega en un escenario, más se comprueba el llamado "efecto debilitante de la motivación", el que alcanza su punto máximo en las personas con un bajo nivel de seguridad. Pese a sus palabras cuidadosamente elegidas, los gestos de la cara y de las manos pueden traicionarlo.

Muchos hacen de la inautenticidad un estilo de vida. Otros apenas un mecanismo salvador para defenderse de la crueldad del mundo. Pero, en algún momento, todos tenemos algo de impostores. Aunque fabulando para los otros, corremos el riesgo de terminar por creer nuestra propia fabulación.

Amor, ilusorio amor
Tal vez las redes del amor sean un observatorio privilegiado para comprender los vaivenes de las trampas del yo. Mientras algunas de las figuras del autoengaño suelen nacer del deseo de creer algo, otras se forjan cuando se teme que una sospecha se confirme, mostrando impunemente lo que nos resistimos a admitir.

En el ya clásico film de Woody Allen, Hannah y sus hermanas , el personaje que presta su nombre al título es una actriz exitosa, casada con un rico empresario y madre ejemplar, la misma que asiste a sus hermanas menos afortunadas y distantes de todo glamour. La vida de Hannah, instalada en el equilibrio y la perfección, se quiebra repentinamente cuando su marido se enamora y es correspondido por una de ellas. Hannah se niega a creer en el affaire . Y una vez enfrentada a una prueba tras otra, sólo es capaz de sospechar, vagamente, que se avecinan acontecimientos tan pavorosos, tan devastadores que se cuida de descubrirlos.

Un resorte inverso opera en el Otelo shakespeariano, quien acusa injustamente a su amada Desdémona de haberle sido infiel. Pero mientras Hannah se resiste a creer una infidelidad real y Otelo insiste en creer una traición imaginaria, una y otro padecen mancomunados por sus propios límites.

El personaje de la literatura que tal vez encarne el autoengaño de modo más acabado, y con entrañable candidez, es la de Madame Bovary. Su romanticismo exacerbado y pueril la lleva a creer que, tras las metáforas que expresan la condición amatoria, se oculta algo así como una realidad absoluta (el Amor), objeto digno de ser enaltecido por su retórica pasional. La afirmación de La Rochefoucauld, "algunos no se enamorarían de no haber oído hablar antes del amor", ilustra con ironía que hasta ese sentimiento, paradigmáticamente irracional, debe su existencia a un entramado discursivo, obra de cierta retórica que construye y agota el objeto amoroso construido imaginariamente.

No sólo Emma Bovary cree en el personaje que ella misma imaginariamente se inventó, burda imitación de las heroínas literarias. Incluso en otros escenarios que poco o nada tienen que ver con las equívocas redes del amor, la estupidez humana son las aguas del río donde solemos bañarnos cada día. Ese rasgo tan humano es el talón de Aquiles al que apunta la publicidad que nos promete un mundo tan suntuario como inalcanzable. Apenas uno de los tantos simulacros que revelan que somos ciudadanos de un mundo donde nada es lo que nos hacen creer que es.

La mentira vital
La fábula de la zorra muestra que el mundo no es un horizonte al que observamos, imperturbables, desde la perspectiva de un observador imparcial. Lejos de toda neutralidad, nos altera psíquica y fisiológicamente. Y a modo de respuesta, en el autoengaño nos valemos de las emociones para teñir mágicamente esa realidad: una vez que la zorra se convence de que no podrá gozar de esas uvas, espontáneamente las descalifica. Y como no es posible modificarlas químicamente, les confiere mágicamente una nueva cualidad que alivia su insatisfacción. Así resuelve el conflicto y anula esa tensión entre su deseo y la realidad, sustituyendo la cualidad de deseables por una nueva cualidad, la de inmaduras. Se trata, ni más ni menos, de una transformación mágica porque nada ha cambiado (las uvas siguen siendo las mismas), si bien el cambio ha sido inmediato y realizado en el círculo de la conciencia.

La zorra nos enseña sólo una de las caras del autoengaño, un rostro misericordioso que se vale de una artimaña compensatoria por momentos esencial para sobrevivir. Las uvas en la fábula, incluso, funcionan como una especie de placebo natural. Una figura semejante es la llamada "mentira vital", herramienta que puede ayudar a la recuperación del enfermo o a soslayar, ante la proximidad de la muerte, la desesperanza.

¿Acaso la negación, otra de las figuras predilectas en las que suele encarnarse el autoengaño, no es un placebo natural, según se comprobó en las recidivas o en tiempos de sobrevida en investigaciones en pacientes con cáncer? Los médicos descubrieron que tras recibir la noticia de su muerte inminente, un número sorprendente de pacientes no recuerda haber recibido dichas noticias apenas transcurridos unos días. Enfrentados con una ansiedad intolerable, bloquean la información, en un intento de correrse de la escena omnipresente. Otros creen que ese bloqueo es, simplemente, un reflejo transitorio que les permite ganar tiempo para juntar fuerzas y comenzar a aceptar su destino.

Cuando esas figuras de la evasión ya no sólo filtran sino que bloquean la información necesaria, cuando no son más transitorias sino que se fijan de forma permanente, esquivando un peligro que podría ser evitado o aliviado, esas figuras de la evasión pueden producir un daño irreparable.
La medicalización de las problemáticas existenciales y la búsqueda de soluciones inmediatas a los dolores humanos condujeron a que la biotecnología se ocupara de un nuevo desafío: investigar la posibilidad de provocar una amnesia selectiva casi a gusto del consumidor. Y los resultados del estudio experimental parecen ser tan benignos como temibles. En pruebas de laboratorio se probó que una dosis de un novedoso compuesto químico llamado ZIP, aplicado en el cerebro de las ratas, elimina cualquier recuerdo con más eficacia que el paso natural del tiempo. Se estima que con esa molécula se podrían borrar procedimientos motores o hábitos instintivos. Y en los humanos (animales algo más complejos que las ratas), hasta conocimientos geométricos, algo útil si el teorema de Tales, pongamos por caso, fuese parte de un extraño acontecimiento traumático (¿quién conoce, al fin y al cabo, las profundidades del inconsciente o el poder de la mala fe?). Más que una simple molécula, promete ser un dispositivo a voluntad, certero y tenaz, para borrar los recuerdos o, cuando menos, para alterarlos a nuestro antojo. Pero por el momento, para el común de los mortales, esa asistencia programada parece un recurso de ciencia ficción.

Jano emocional
Jano emocional, el autoengaño presenta otro rostro menos compasivo. Esta forma de autoindulgencia puede tornarnos extraños ante nosotros, cegados e incapaces de ver nuestras fallas, incluso procurándonos más y más excusas que silencian nuestras conciencias. Principio activo en la retórica de la justificación, con él se intenta ocultar las propias culpas, cuando no de convencer al otro y convertirlo en cómplice. Y en su rostro más perverso, es un mecanismo absolutamente despreciable toda vez que revela una falta de autodominio que induce cierto desconocimiento de las obligaciones morales, de las circunstancias y de las probables consecuencias de nuestras acciones en las vidas de los otros.

Sisela Bok, en Secrets. On the Ethics of Concealment and Revelation , declara que el recurso del inconsciente, la mala fe, la negación o la mentira vital son metáforas imprescindibles en el camino del reconocimiento de lo ocultado. Pero, observa, "el peligro sobreviene cuando comenzamos a tomarlas por explicaciones. Como metáforas, nos ayudan a ver las paradojas de la dificultad humana de percibir y reaccionar; como explicaciones de cómo se superan estas paradojas, hacen que la comprensión entre en cortocircuito y se vuelven engañosas en su propio sentido -un modo más en el que evitamos tratar de comprender la complejidad que subyace tras nuestra experiencia de la paradoja".

¿Ardid o consuelo?
Es cierto que el autoengaño es una sombra solícita y generosa que se ofrece seductoramente a una constante y perpetua evasión. Pues quiérase o no, compañía incómoda si la hay, lo sabido sin saberse persevera como murmullo interior. O peor aun: como motor que reverbera, corroyendo una y otra vez, oculto, la conciencia. Pero esa sombra también puede ser la mensajera de cierto alivio que dulcifica la existencia humana, atravesada por condiciones ineludiblemente segadas por el dolor y la castración.

El pasado es tan irreversible, como frágil parece ser la memoria.
Y mal que nos pese, continuaremos intentando modificar el mundo, como la zorra, para hacerlo más soportable.
El autoengaño: artificio o defensa. Trampa o bendición. Ardid o consuelo. ¿Acaso se puede vivir sin él?

2009/09/28

Seres con vínculos positivos


Las personas somos en esencia seres sociales, que requerimos de vínculos estables y positivos para desarrollarnos adecuadamente. Es normal en nuestra manera de ser y actuar, que nos acerquemos a otros para coordinar acciones de beneficio común y poder operar en comunidades (pareja, familia, empresa, universidad, etc.)

Aunque esa influencia ocurre a lo largo de toda la vida, puede notarse que unas personas parecen tener mayor efecto sobre otras. Hay quienes logran más atención o ganan cooperación más fácilmente. Otros, por el contrario, resultan ignorados, subestimados o rechazados y tienen dificultad para reclutar colaboradores que los apoyen en el logro de sus objetivos.

¿Cuál es el factor esencial para lograr que otros nos escuchen y sigan nuestras palabras con poca o ninguna resistencia? Resulta evidente que son varios los factores, pues las personas son inspiradas o estimuladas por el carisma, los beneficios que obtienen de sus conductas, por costumbre, sentido del deber, intimidación o culpa. Sin embargo, uno de los más poderosos recursos con los que cuenta cualquier persuasor, es el Poder del Ejemplo.

En el contexto del hogar, se ha dicho que los hijos no escuchan consejos sino que más bien siguen ejemplos. Esto significa que más que escuchar, observan y asumen como legítimas y adecuadas de seguir, las conductas que sus padres manifiestan y no aquellas que de manera repetitiva y cansona les exigen verbalmente.

En las empresas la situación no es muy diferente: Resulta ridículo que un jefe impuntual y conflictivo pretenda exigir a sus empleados comportamientos que él mismo no puede mostrar. Una anécdota humorística cuenta que un jefe nuevo del tipo regañón, exigió a sus empleados a cumplir sus órdenes al pie de la letra y ser respetuosos de la autoridad. Y como para que nunca lo olvidaran, colgó un enorme cuadro en la pared de la oficina que tenía escrito en letras grandes: “Aquí mando yo”. Los empleados laboraron atemorizados y disciplinados durante un par de semanas, pero una tarde el jefe notó muestras de anarquía y desobediencia. Pensó que debía hablarles, y justo cuando pensaba llamar a una reunión para poner “las cosas en su lugar”, su asistente le dijo:”Jefe, hace más de una hora llamó su esposa y le dejó dicho que por favor no olvide regresarle su cuadro”. Desde ese día, nunca más logro ganarse el respeto de los empleados. Se le veía como un dominador dominado, cuyo ejemplo distaba mucho de su acción diaria.

Confucio, sabio chino, dijo hace más de 2.500 años: “Pobre de aquel cuyas palabras sean mejores que sus actos". Es decir, unifica lo que dices y haces. Para Albert Einstein “dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás, sino la única manera. También Morris West se pronunció sobre este tema y dijo que “el ejemplo es la lección que todos los hombres pueden leer”. Y como una precaución sobre las inconsistencias entre palabras y acción, Madame de Maintenon señaló que “Nada tan peligroso como un buen consejo acompañado de un mal ejemplo”.

Predicar con el ejemplo no es un reto sencillo, pues dejarse llevar por los malos hábitos, las influencias del ambiente y las múltiples tentaciones resulta demasiado fácil. Sin embargo, resulta decepcionante ver políticos, maestros, sacerdotes, médicos, terapeutas, deportistas y otras figuras consideradas ejemplares, destruir el brillo de sus prédicas con comportamientos que en muchos casos pueden considerarse incongruentes, inmorales o cuestionables. Y no me refiero aquí a errores circunstanciales ni a conductas eventuales producto de la debilidad emocional, sino a formas de proceder frecuentes, maquiavélicamente planeadas y descaradamente justificadas. Cualquiera que desee hacerse respetar y que pretenda influir en otros, tiene la exigencia filosa de alinear hacer y decir, y de responder a su rol social.

De manera que para encontrar eco, apoyo, credibilidad, debe recordarse que a veces el ruido de los hechos no permite que se escuche la música de las palabras. La búsqueda de la coherencia, puede ser una posibilidad, una ruta, una llave hacia la influencia positiva.

2008/04/29

"Estamos hechos de la misma materia que los sueños" Shakespeare.

La época de Shakespeare fue una época de marcada individualización, emanada de las reflexiones filosóficas sobre el hombre, nacida del estudio empírico de las pasiones y de la teoría de los caracteres, surgida de un estilo de vida caballeresco y cortesano. Shakespeare es el vidente de la individualización, debe sus logros a esta captación de la historia que vivió.

Hamlet, en sí mismo, encarna la mayor contradicción como si tuviera una doble naturaleza: él impulsa a la venganza y a la reflexión que lo cohíbe. Hamlet tiene un gran incentivo para tomar venganza, por eso mismo resalta más su indecisión. Esta doble tendencia muestra la polarización de los intereses del hombre: o mucha acción, muy propia del Renacimiento, o mucha duda propia del Barroco.

Pareciera que Hamlet resumiese esa dicotomía natural del hombre; volcarse hacia las cosas o sumergirse en su vida interior. Hamlet es irresoluto y a la vez vacilante, unas veces el deber lo obliga a actuar -como cuando mata a Polonio- ; otras, la reflexión lo detiene; vacila pero no se resiste a tomar venganza. Hamlet es un egocéntrico, individualista, ser él, nunca parecer ser él, es decir, autenticidad, por eso su resistencia a la acción hasta no estar plenamente seguro y convencido.
Hamlet huye de su tarea heroica y porque sabe que la muerte engendra muerte y la venganza más odio y venganza.
Hamlet patentiza la lucha entre la razón y la locura, entre el bien y el mal, indagando en los sentimientos y pasiones humanas"
  • “Hamlet, pensad en mí como en vuestro padre…sin menguar jamás la nobleza de amor con la que el amante padre engendra al hijo amado”

  • “Siendo nuestra razón llevar dolor en el corazón”

  • “Con sabio dolor pensaremos en él, sin olvidarnos de nosotros mismos”

  • "El tiempo es vuestro, como nuestras mejores dotes gastadlo a capricho"

  • “Todo cuanto vive debe morir, es el paso de la naturaleza a la eternidad”

  • “Parece, no, lo es… eso es lo que parece. Son las acciones que un hombre acentúa, más yo tengo lo que está por detrás…”

  • “¡Ah! Si esta sólida carne pudiera derretirse y disolverse en el roció, o que el eterno no hubiera fijado su mirada contra la autodestrucción, ¡Oh, señor!, ¡Dios!, que rancias malas vacías e inútiles me parecen las funciones de este mundo”

  • “Fragilidad de un hombre es mujer”

  • “Sed sencillo, más lo ruego nunca se es vulgar”

  • “Prestad oídos a todos, pero a pocos la voz”

  • “El hábito refleja al hombre”

  • “Sed sincero, y sucediéndose esto como la anoche al día, no podréis ser falso nunca con nadie”

  • “Mientras, alma mía descansa”

  • “Suele a ciertos hombres pasar, que poseen algún vicioso estigma natural, que sus virtudes siendo puras como la gracia, son tomadas en general censo cual corruptas…”

  • “Mujer, perniciosa mujer”

  • "Existen más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueñas en tu filosofía.

  • “El día es día, la no noche es noche y el tiempo es tiempo. Y no es dado perder, día, noche y tiempo, así pues ser breve es esencia de talentos”

  • “Escuchad y discernir”

  • “Dudad que la verdad sea falsa, más nunca dudéis de mi amor”

  • “Ser un honrado mortal, pues el ser honrado, como va este mundo, es ser un hombre entre diez mil”

  • “¡Palabras!, ¡palabras!, ¡palabras…!”

  • “No osareis señor tomar de mí nada que yo de mi parte no os quiera dar, excepto mi vida, mi vida…”

  • “La demencia en los grandes, ciertamente, no debe quedar sin vigilancia”

  • "Ser o no ser, eh ahí el dilema"

  • “Acaso, es más noble para el espíritu sufrir los infortunios y dardos de la atroz fortuna o tomar las armas contra un mar de tribulaciones y afrontándolas, eliminarlas”

  • “Morir, dormir, no más. Y al dormir, decir que terminar el dolor y los mil naturales desmayos que son propios de la carne. Consumación devotamente deseada. ¡Morir, dormir. Dormir, y soñar tal vez, eh ahí el sarcasmo! ya que en el sueño de la muerte que sueños vendrán”

  • “Cuando estés libre del torbellino mortal, debemos hacer pausa. Existe el respeto que hace calamitosa la tan larga vida, pues quien soportaría los latigazos y escarnios del tiempo, el ultraje del soberbio…”

  • “La conciencia nos vuelve cobardes a todos”

  • “Nada hay bueno o malo si el pensarlo no lo gobierna”

  • “La sustancia del ambicioso es solamente la sombra de un sueño”

  • “Hay algo de confesión en vuestra mirada”

  • “Este bravo firmamento que nos cubre, no significa nada… más que una sucia y pestilente congregación de vapores”

  • “¿Qué obra de arte es el hombre?, ¡Cuán noble en raciocinio!, ¡Cuán infinitivo en facultades! En forma y movimiento, ¡cuán expresivo y admirable! En acción es como un ángel, en comprensión es como un dios. La belleza del mundo, el arquetipo de los seres, y para mí qué es esa quinta esencia del polvo... No me deleita el hombre…”

  • "No extiendas estiércol en las malas hierbas para hacerlas más pútridas"

  • “Ser lioso es muy riesgoso”

  • “Cuando las penas viene jamás vienen ellas solas, sino en batallones”

  • “Cuán aborrecible es en mi imaginación, me da asco verlo, dónde están sus bromas ahora…Ni una broma queda ya para burlarte de tu propia muerte”

  • "De todas las maravillas que he oído, la que mayor asombro me causa es que los hombres tengan miedo"

  • "Estamos hechos de la misma materia que los sueños"

  • "La vida es una historia contada por un idiota, una historia llena de estruendo y furia, que nada significa"

  • "Mira que a veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdición envuelta en dones que parecen inocentes"

  • "Adiós mi príncipe, que el aleteo de los ángeles vuelen en tu descanso"

  • “Conocer bien aun hombre es conocerse a si mismo”.

  • “Si nuestra mente rechaza algo escucharla”

  • “Ahora o cuando sea, siempre que mis habilidades persistan”

  • “No creo en presagios, desafío a los augurios”

  • “Hay especial providencia en la caída del gorrión, si es ésta la hora no está por venir, si no está por venir ésta es la hora, si ésta no es la hora, aún así vendrá”

  • “La voluntad es el todo”

  • “Así las cosas ignoradas dejaré detrás de mí”

  • “El resto es silencio”

  • “Feliz noche eterna”

2008/04/21

"SOMOS INDIVIDUOS ÚNICOS, PORQUE ASÍ LO DETERMINA LA GENÉTICA"





Esta es una entrevista al biólogo Pierre Magistretti, que rescata el aporte del psicoanálisis, y que ofrece valiosa información:

"SOMOS INDIVIDUOS ÚNICOS, PORQUE ASÍ LO DETERMINA LA GENÉTICA"

Lo afirma el biólogo Pierre Magistretti, que rescata el aporte del psicoanálisis. “Si el descubrimiento del genoma fue algo así como el hallazgo de nuestro alfabeto interior, ahora viene lo mejor: descubrir la manera en que cada ser humano escribe con esas mismas letras su propia novela, ya que estamos genéticamente determinados para ser únicos.”

El hombre que enuncia con tanta claridad cuál será el desafío de la ciencia en los próximos años se llama Pierre Magistretti. Experto en neurobiología, con significativas contribuciones al estudio del metabolismo de la energía cerebral, este científico suizo que obtuvo en 2002 la medalla Emil Kraepelin del instituto alemán Max Planck pasó hace algunas semanas por Buenos Aires y ofreció una conferencia en la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Codirector del Brain Mind Institute y director del Center for Psychiatric Neuroscience en la Universidad de Lausana, Suiza, Magistretti no vino solo. Lo acompañó otro investigador cuyo campo de acción podría resultar, a simple vista, incompatible con el suyo: el psicoanalista François Ansermet. Ambos son autores de A cada cual su cerebro (Katz Editores), un ensayo que deja de lado el prejuicio de la incompatibilidad y propone, en cambio, un encuentro posible: el de la neurobiología y el psicoanálisis. Su propuesta parte de una idea muy clara: así como para el psicoanálisis el sujeto ha sido, históricamente, un ser único "como excepción a lo universal", también ahora debería ser único para las neurociencias. ¿Por qué? "Porque, a diferencia de lo que se creía antiguamente, los últimos hallazgos indican que el cerebro es un órgano dinámico que ya no puede ser considerado como una organización definida y fija de redes de neuronas". Por lo tanto, funciona en cada persona de un modo singular. Ahora, el sujeto del psicoanálisis y el de las neurociencias es el mismo, afirman los autores del libro. Y lo es en tanto que existe un concepto que une ambas miradas: el de la plasticidad neuronal.

-¿Podría explicar en qué consiste esa plasticidad?
-En cada uno de nosotros, la experiencia deja una huella. Y existe un puente claro entre la huella psíquica y la huella sináptica, es decir, la que se produce en la instancia de intercambio de información entre las células cerebrales. En otras palabras: antes pensábamos que el cerebro era un órgano genéticamente determinado, con ciertos mecanismos fijos de tratamiento de la información. Ahora sabemos que, gracias a la plasticidad, nuestra red neuronal es modulable por los acontecimientos y por la experiencia y que esa experiencia modifica en forma permanente las conexiones entre las neuronas. Los mecanismos de plasticidad operan durante toda la vida. El acontecimiento y la experiencia siempre pueden modificar un estado anterior. -¿Esa concepción otorga espacio a lo singular, como lo hace el psicoanálisis, pero desde el punto de vista biológico?

-Sí. Podemos decir que el individuo está genéticamente determinado para no estar genéticamente determinado. O que estamos genéticamente determinados para ser únicos, en tanto que, como lo expresan científicos de la talla de V. G. Cheung y R. S. Spielman, dentro de la realización del programa genético de cada persona hay un lugar reservado a la experiencia y, por lo tanto, a la contingencia y a lo imprevisible. -Desde mediados del siglo XX se habla mucho de la predisposición genética, que luego es moldeada por el entorno, el medio ambiente, la cultura. Se dice que un individuo puede tener una predisposición genética que lo lleva a sufrir una depresión y que esa enfermedad podrá desarrollarse, o no, según la participación de otros factores. ¿En qué se diferencia esta visión de la que usted plantea?

-Desde cierto enfoque de la genética, la aparición de una enfermedad dependerá de la interacción entre el genotipo y el medio ambiente. Es un modelo de interacción: la expresión genotípica está modulada por el afuera. En cambio, para nosotros el concepto de interacción debería ser reemplazado por el de plasticidad, que integra genoma y ambiente en un mismo nivel lógico: genotipo y ambiente se combinan por medio de esa plasticidad para producir un genotipo único e irrepetible. La diferencia es que la determinación genética no es mayor que la ambiental o la psíquica; todas se articulan en forma permanente y durante toda la vida.

-Si a fines del siglo XX la "estrella" de la ciencia fue la biología del gen, ¿ahora vamos hacia una biología de la mente, según lo propone, entre otros, el premio Nobel de Medicina Eric Kandel?

-Así es. La biología mental está sólo parcialmente determinada por la biología del gen. Y algo más: si ahora estamos viendo cómo escribimos nuestras propias novelas con las letras contenidas en nuestro mapa genético, también deberíamos cambiar el concepto de desarrollo (algo ya programado genéticamente) por el concepto de devenir: un proceso no determinado, que deja lugar a la contingencia.

-¿Se puede hablar de una biología del inconsciente?
-Lo que nosotros decimos es que se le puede atribuir un estatus biológico al inconsciente. Pensemos en situaciones en las que aparece una fantasía en un paciente que está en tratamiento psicoanalítico. En esas situaciones, la plasticidad le permitirá a ese sujeto liberarse de un escenario fantasmático fijo y utilizar esa fantasía, en lugar de ser esclavo de ella.

-Pero actualmente están en boga otro tipo de tratamientos "psi", como las terapias cognitivo-conductuales...

-Mire, le voy a dar otro ejemplo: si una persona les tiene miedo a los perros y le cuenta a su terapeuta que de chica fue mordida por un perro, una terapia cognitivo-conductual probablemente la ayude a tratar su miedo o su fobia. Pero si, en cambio, ese miedo está asociado con un problema más profundo, que quizá resida en la relación de esa persona con alguno de sus progenitores, eso es imposible de curar con una terapia que trabaje sobre lo consciente. El individuo en cuestión necesita resignificar eso que le pasa, y lo importante es marcar las diferencias: en el primer caso, existe un reporte directo entre experiencia y huella; en el segundo caso, hay una discontinuidad debida a que existieron reasociaciones o nuevos significados que separaron la experiencia de la huella. Todos esos procesos nos llevan de nuevo a destacar la riqueza de la plasticidad.

-En la Argentina se suele decir que no tenemos memoria como sociedad, sobre todo a la hora de votar. ¿Estos descubrimientos también podrían aplicarse a cuestiones que van más allá del individuo, como por ejemplo el tema de la memoria colectiva?
-No creo mucho en el concepto de memoria colectiva. Creo que existen individualidades y relaciones interpersonales. La cultura determina individualidades. Después, hay memorias individuales que pueden interactuar, pero no imagino que podamos llegar a hablar de una memoria colectiva neurobiológica. Eso mejor se lo dejamos a la sociología o a otras disciplinas.

-¿Qué diría Sigmund Freud de las teorías que usted sostiene?
-No creo que se sorprendiera. En su Proyecto de una psicología científica , de 1895, él ya entendía el rol de la plasticidad en el aprendizaje y en la memoria. Antes de Freud, Santiago Ramón y Cajal ya había hablado de la "gran movilidad inicial de las expansiones de la neurona". En los años 40, Donald Hebb también retomó el término. Freud fue original, porque dijo que no existía una sola inscripción de la experiencia. Por eso yo creo que hoy el psicoanálisis es un campo válido, importante e interesante. En este momento existen muchas presiones desde la psicología cognitiva que lo consideran perimido. Y a mí me parece que no podemos encarar lo que nos pasa como si las personas no tuvieran inconsciente. En este sentido, hasta hoy, no existe ninguna disciplina que haya encontrado una mejor manera de abordar los procesos inconscientes que el psicoanálisis.

-Eso suena raro en boca de un neurobiólogo...
-Bueno, eso es lo que pienso. Al igual que las neurociencias, el psicoanálisis tiene futuro. Hoy, a la luz de los mecanismos biológicos encontrados, las neurociencias deberían tomar del psicoanálisis las herramientas que les permitieran concentrarse en los aspectos únicos del sujeto. Por su parte, los psicoanalistas deberían seguir a Lacan, que en 1965 se preguntó por la existencia de una ciencia que incluyera al psicoanálisis. Creo que ambos pueden nutrirse del concepto de plasticidad y trabajar, en los próximos años, en el devenir de cada sujeto... y de cada cerebro.


Extraído del diario La Nación...

2008/04/19

Verdad o mentira: infierno


Este micro ensayo de Víctor Vegas es interesante, sobre todo si de por medio está Saramago, a quien me enseñaron a apreciarlo...


El infierno es el hombre


El hombre hace la sociedad. los hombres son los que interactúan. Es tradición, escuchar decir, que la sociedad es como una celula; entonces, como tal es un ser vivo, y los seres vivos enferman, igual pasa con el hombre, se suele enfermar.


A veces su salud puede verse afectada por trastornos menores y pasajeros. Sin embargo, en ocasiones puede tratarse de enfermedades más complejas, duraderas y peligrosas. Aquí viene a la memoria José Saramago, quien nos habla de estas enfermedades; en su Ensayo sobre la ceguera. Saramago se vale de una poderosa metáfora para hacernos una puesta en escena de los más bajos instintos de los seres humanos. Súbitamente, y sin saber cómo ni por qué, la gente anónima de una anónima ciudad comienza a quedarse ciega.


El trastorno se propaga como reguero de pólvora y pronto se convierte en epidemia. El gobierno nacional, en pocas horas, al darse cuenta de que el “mal blanco” —así bautizan a la ceguera, porque tiene la particularidad de no dejar a quien la padece en tinieblas sino sumergido en un vacío blanco— es sumamente contagioso, toma la decisión de aislar no sólo a los afectados sino a todo aquel que haya tenido algún contacto con ellos.


El temor es casi siempre el detonante para las peores acciones o resoluciones del género. A partir de aquí comienza el descenso a los infiernos y vemos cómo personas, aparentemente comunes y corrientes, con principios y valores, se sumergen en la suciedad y, para colmo, retozan en ella.


Los ciegos que nos interesan no sólo son aislados y abandonados a su suerte en las instalaciones de un antiguo manicomio (una de las tantas y deliciosas ironías que Saramago construye a lo largo de su relato), sino que a su alrededor se levanta un cerco militar con la amenaza explícita de que si alguno de los internos pretendiera salir, no dudarían ni un segundo en acribillarlo.


Y nada como un militar para cumplir este tipo de órdenes, ya sabemos, con suma y fría eficacia. Como era de preverse, por la magnitud contagiosa de la ceguera, en poco tiempo las instalaciones colapsan: las camas no son suficientes, no hay agua o la que sale de las tuberías no es apta para el consumo, las cañerías se tapan, los alimentos que prometieron traer no llegan a sus horas (o simplemente no llegan) y, para colmo, nunca alcanzan para todos... Tampoco, como era de esperarse, tardan en aparecer los actos de canibalismos entre los internos (los dientes afilados y relucientes de la miseria humana); primero los actos de supervivencia y luego los de la más profunda abyección: el decreto de la conocidísima ley del más fuerte —fuerza, a propósito, que casi siempre concede las armas de fuego.


¿No nos suena esta historia demasiado conocida, demasiado familiar? ¿Acaso no hemos escuchado o leído algo parecido en el pasado?. La ceguera utilizada por Saramago como detonante de su relato, el mal blanco, ya ha sido padecida por otras sociedades en el pasado, algunas lo padecen en el presente y no es muy difícil pronosticar que otras lo padecerán en el futuro, porque, sencillamente, esa es parte esencial de nuestra naturaleza.


Para no retroceder demasiado y remitirme apenas a nuestra historia contemporánea, el mal blanco antes ha recibido nombres como nazismo, fascismo, stalinismo y apartheid; por citar sólo a cuatro de sus variantes. Las similitudes son evidentes: un grupo que teme u odia a otro; basta que uno de los dos tenga algo de poder para que inicie las arremetidas contra quienes considera sus enemigos; en nuestra Historia, tal vez el miedo ha sido nombrado de muchas maneras...

La prosa de Saramago es rica, deliciosa, llena de matices y cargada de ironía. Quizá, en algún momento de la lectura, hallemos que una o dos de las argumentaciones de las subtramas luzcan débiles, no verosímiles, no obstante, eso no le quita fuerza o poderío a la narración. Nos puede chocar por unos minutos pero pronto lo echamos al olvido.Desde luego, no todos los personajes en Ensayo sobre la ceguera son ciegos, básicamente porque el autor —y sus lectores— necesita un par de ojos que al menos vea lo que sucede, aunque se trata de algo puramente técnico, literario, porque como lo dice el propio y único personaje vidente en varias oportunidades, es tan ciega como el resto del mundo. En estos días de profunda polarización que vivimos, valdría la pena cuestionarnos sobre si somos parte de una sociedad enferma, consumida por la ceguera, como la que nos muestra Saramago en Ensayo sobre la ceguera.


¿Estamos nosotros también ciegos o somos como una de las protagonistas: vemos pero en el fondo sólo deseamos estar tan ciegos como los demás?Es apenas una de las muchas interrogantes que me ha obligado a hacerme Ensayo sobre la ceguera; una novela que da para pensar, reflexionar, cuestionarnos una y otra vez.



Visión del infierno de Santa Faustina Kowalska, según lo escribió en su diario:

"Hoy, fui llevada por un ángel a las profundidades del infierno. Es un lugar de gran tortura; ¡qué imponentemente grande y extenso es! Los tipos de torturas que vi: la primera que constituye el infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el eterno remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; (160) la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla; es un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por el enojo de Dios; la quinta tortura es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante y, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros y ven todo el mal, el propio y el del resto; la sexta tortura es la compañía constante de Satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio de Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias. Éstas son las torturas sufridas por todos los condenado juntos, pero ése no es el extremo de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas particulares. Éstos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la forma en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Yo me habría muerto ante la visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Debe el pecador saber que será torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que suele usar para pecar. (161) Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay ningún infierno, o que nadie ha estado allí, y que por lo tanto nadie puede decir cómo es. Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, he visitado los abismos del infierno para que pudiera hablar a las almas sobre él y para testificar sobre su existencia. No puedo hablar ahora sobre él; pero he recibido una orden de Dios de dejarlo por escrito. Los demonios estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios. Lo que he escrito es una sombra pálida de las cosas que vi. Pero noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son de aquéllos que descreyeron que hay un infierno. Cuando regresé, apenas podía recuperarme del miedo. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí! Por consiguiente, oro aun más fervorosamente por la conversión de los pecadores. Suplico continuamente por la misericordia de Dios sobre ellos.Oh mi Jesús, preferiría estar en agonía hasta el fin del mundo, entre los mayores sufrimientos, antes que ofenderte con el menor de los pecados".