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2010/04/24

¡El Quijote para la depresión! ¿?


Miguel de Cervantes Saavedra, ¿precursor del psicoanálisis?

El Quijote, ¿un manual de buen vivir? Desde su publicación en 1605 el libro del ingenioso hidalgo ha dado para miles de interpretaciones y lecturas, pero la de Françoise Davoine, psicoanalista francesa, es quizás única.
Davoine publicó a finales del 2008 el libro "Don Quijote para combatir la melancolía", donde afirma que Cervantes nos enseña como librarnos de las experiencias traumáticas y superar la depresión.

El Quijote es una de las obras literarias que Françoise Davoine utiliza frecuentemente en el marco de su trabajo.
Sus pacientes son personas que sufrieron traumas, o hijos de éstas, que heredaron la experiencia silenciosa de sus padres a la que hay que poner palabras.
Para aliviarlos y "acogerles en una tradición más amplia", para que se den cuenta de que no son víctimas aisladas, Françoise les cuentas historias. Entre ellas, las aventuras del hidalgo de la Mancha que la autora considera una lección de psicoanálisis.

El trastorno de Don Quijote ha suscitado muchas interpretaciones. Françoise Davoine, retomando las palabras del mismo Cervantes que dijo haber "engendrado" a Don Quijote, ve al hidalgo de la Mancha como el "hijo loco" de Cervantes.
Al hidalgo le tocó, al igual que a los pacientes de Françoise, verbalizar las desgracias que sufrió su padre.
"Cervantes era un antiguo combatiente, que fue esclavo y luego encarcelado durante cinco años en Argel. No escribió nada durante 20 años, hasta que llegó El Quijote. La obra le permitió revivir sus traumas y librarse de ellos".

¿Qué tipo de terapia propone Cervantes para luchar contra el trastorno mental y superar los traumas?
Entre otras cosas, muestra la importancia del diálogo, dice la especialista. "El libro está compuesto en gran parte por las escenas de "psicoanálisis a través de la palabra" entre el hidalgo y su escudero Sancho Panza, cuando están heridos, casi en estado de coma. Al despertarse, se ponen a hablar e intentan comprender juntos qué les está pasando". Según Davoine, la presencia del otro es un elemento esencial en el análisis del trauma.

"Uno no puede superar sus traumas solo. Los que fueron a la guerra lo dicen, siempre hubo un amigo, fallecido o aún vivo, que les ayudó a sobrevivir. Necesitamos al otro, pero esto otro puede ser tanto una persona como un animal, o incluso la naturaleza".
Y agregó: "Cuando trato a pacientes que padecieron una gran soledad, siempre les pregunto con qué estuvieron en contacto. Una vez una niña me respondió que tenía su paisaje, al que regresaba de vez en cuando, y con el que hablaba y soñaba". Asimismo, Sancho Panza es como un espejo vital para Don Quijote. Es un "terapeuta" que participa e interviene, una actitud que la psicoanalista francesa intenta seguir con sus pacientes.

"Las personas que vivieron situaciones muy difíciles o peligrosas suelen ser muy perspicaces, ya que para sobrevivir desarrollaron una gran capacidad de atención. Es una inteligencia que no es la oficial, pero, como analista, es esencial que la tenga en cuenta. A veces se intercambian los papeles. El paciente, es capaz de sentir si un día me siento mal. Entonces nos sentamos para hablarlo y es él, el psicoanalista", dijo Davoine.

Precursor del psicoanálisis

Estas interferencias son también una de las lecciones del Quijote. "En el libro, la búsqueda interior de Don Quijote se profundiza cada vez más. Se vuelve psicoanalista, al encontrar a alguien más trastornado que él. Abraza a este hombre y dice estar dispuesto a escucharlo. Pero lo más divertido es que el "paciente" le dice que se va a tumbar en la hierba para poder hablar más libremente. ¡Un verdadero precursor del psicoanálisis!"

Pero ante todo, Davoine señala que si la novela cervantina es antidepresiva, "es porque nos enseña a renunciar a la tristeza y a rebotar. Es una novela violentamente positiva y no-determinista, que sigue el ritmo de la síncopa, frecuente en el análisis del trauma: periódicamente tropezamos contra un elemento que todavía no habíamos tratado. Tomamos un nuevo impulso. Hay una energía enorme que brota de los momentos de gran derrota."

Según Françoise Davoine, el azar y los encuentros imprevistos, las aventuras inesperadas con las que se enfrenta Don Quijote, son parte integrante del proceso.
El determinismo y el uso sistemático del pasado para comprender el futuro no funcionan. En los momentos de grandes traumas no estamos en una dimensión temporal, porque nada tiene sentido y entonces se rompe la cadena de causa-consecuencia.

"Las personas que sufrieron traumas fueron a menudo víctimas de manipulación o perversión y le tienen mucho miedo a todo tipo de discurso que podría encerrarlos. Te dicen que no sirve de nada buscar una causa en el pasado y en parte tienen razón. A la inversa, el encuentro imprevisto les permite tejer lazos allí donde era imposible", concluye Françoise Davoine.

2010/01/24

El código del alma

Señor Sinay: quisiera dar un mensaje de esperanza y de aliento a un grupo de egresados que termina el polimodal en Lincoln y debe partir en su mayoría a Buenos Aires a continuar sus estudios universitarios. Quisiera poder transmitirles lo importante que es esa elección de su carrera unida a una vocación de servicio hacia el prójimo.

Constanza Lobos
Soñé desde pequeño ser médico. Al final de mi primer año en la Facultad, fallé en un examen anual, lo que no me permitía continuar con el año siguiente. A partir de allí, sufrí una gran depresión y nunca volví a ser el mismo. Hoy tengo 34 años, estoy a punto de graduarme en Ciencias Económicas y cuando veo un guardapolvo blanco, me cae un lagrimón. Siento que no soy feliz, que en definitiva mi vida es la medicina. ¿Me falta valor y coraje para volver a mi gran sueño? ¿Será posible lograrlo a esta edad?
Santiago Leza
Alguna vez, en respuesta a quien le preguntó cómo había desarrollado su vida y su carrera, Pablo Picasso respondió: "No me desarrollo, soy". Esa afirmación describe un maravilloso y complejo proceso que es parte de nuestra vida. El de convertirnos en lo que somos. "Cada persona llega al mundo con un llamamiento, una vocación", afirma James Hillman, referente de la psicología arquetípica y autor, entre otras obras, de El código del alma . La palabra latina de donde proviene vocación es vocatio (llamado). Y no alude a un llamado externo, sino a uno interior y muy profundo. A su vez, obedecer significa escuchar. Obedecer a una vocación es, entonces, escuchar un llamado que llega desde nuestra profundidad. Un llamado del alma. Cuando éste es desoído vivimos en la insatisfacción que denuncia nuestro amigo Santiago. Las razones para esa desatención pueden ser varias. A veces prevalecen voces externas (de la familia, de la sociedad, de modas, de mandatos diversos) que imponen rumbos distintos de los de la vocación. O, por algún motivo, dudamos de nuestras voces propias (que se expresan a través de la intuición, de sensaciones, de razonamientos) y nos les creemos. Puede ocurrir, entonces, que desarrollemos profesiones u oficios exitosos desde un punto de vista social o económico, pero que nos dejan existencialmente insatisfechos, con hambre de sentido.

Se suele decir que en la semilla está el árbol, y a esto aludía Picasso. Una vida plena, con sentido, es aquella en la cual la persona desarrolla lo que está en ella desde siempre. Es decir, actualiza su ser esencial. Las vocaciones no se implantan desde afuera. Conducen a la plenitud cuando se siguen y condenan a la infelicidad cuando se tuercen. Hay muchas maneras (algunas muy sutiles y basadas en argumentos tan atemorizantes o seductores como discutibles) para imponerles vocaciones a personas jóvenes. ¿Pero esto satisface al joven o al adulto del caso? ¿Quién deberá luego vivir de espaldas al llamado?

Como señala Hillman, "reconocer la vocación es un hecho fundamental de la existencia humana". Como alinear la vida con ella y saber que una vocación se confirma a través de dificultades y obstáculos. Se la puede perder, desoír o evitar, o se puede ser completamente poseído por ella. "Pero de un modo u otro -escribe Hillman- ella finalmente se impondrá y reclamará lo que es suyo." Quien escucha a su vocación, plasma su ser y, al hacerlo, descubre un sentido y encuentra un modo de vivir, actuar y vincularse que mejora el mundo. Porque las vocaciones atendidas mejoran el mundo.

Nuestra amiga Constanza se pregunta cómo acompañar a los jóvenes egresados a encontrar su vocación. Quizás debamos comenzar por no confundir vocación con profesión o carrera. Los adultos nos preocupamos por las carreras que seguirán nuestros hijos. Ayudémoslos, mejor, a definir qué clase de personas serán, con qué valores construirán sus vidas, transmitámosles ejemplos en esa línea, y, sin dudas, la profesión (o la actividad) que ellos adopten será consecuencia de una vida elegida.
De:Sergio Sinay

2010/01/09

Envidia

"Tengo envidia de tu sombra / porque está cerca de ti./ Y mira si es grande mi amor, / que cuando digo tu nombre / tengo envidia de mi voz", cantaba lastimosamente José Feliciano. Pero el poder de la envidia trasciende la ilusión romántica. La de Blancanieves, sin ir más lejos, más que una historia de amor, es un relato de venganza, traición y envidia. Y ni hablar de Cenicienta, cercada por mujeres tan carcomidas por la envidia que imponen un obstáculo tras otro en aras de impedir que la de los pies pequeños concurra al baile en el palacio. Y aun si el envenenamiento del genial Mozart por Salieri fuera fantasía pura, la envidia del italiano no es sino una reacción natural a la lotería de la vida: haber nacido en el momento y en el lugar equivocado, dotado con un talento enorme opacado por la genialidad indiscutible de un rival.

Retratada como destructiva, inhibitoria, inútil y dolorosa, la envidia es condenada como uno de los siete pecados capitales. Nadie duda del papel siniestro y abismal de la envidia en la existencia humana. Porque se la suele acusar de irracional, imprudente, viciosa, equivocada. Porque se la considera innata y arrasadora, y se la oculta tras las máscaras de la crítica amarga, la sátira, la injuria, la calumnia, la insinuación pérfida, la compasión fingida y hasta la adulación servil. Y porque se recae en ella, una y otra vez.

Definida como la aflicción vivida por un sujeto cuando siente que no posee algo que su rival sí posee, a propósito de ella Ivonne Bordelois nos enseña en Etimología de las pasiones que in-vidia (de video, vedere, de donde proviene el verbo ver) significa "la mirada penetrante y agresiva de un ojo que, movido por alguna forma de animosidad, antipatía, odio o rivalidad, se hinca enconadamente en el de su enemigo para perforarlo y destruirlo".

Tan compleja de representar en las artes plásticas como fáciles lo son la tristeza, la alegría o el temor, es casi imposible retratar a un personaje con una maestría tan excelsa que, con sólo observar el retrato, se logre percibir en ese rostro al envidioso. Tal vez porque el envidioso no se alimenta de las diferencias reales sino de lo que le devuelve su percepción subjetiva, en tanto y en cuanto sólo ve lo que confirma su envidia.

Pese a su fuerza corrosiva (o tal vez explicable, precisamente, por ella), es la última de las emociones que cualquiera admitiría no sólo ante los demás sino incluso ante sí mismo. El tabú que desalienta toda declaración abierta de envidia es universal, pues se está dispuesto a admitir cualquier otro defecto antes que a reconocer que se es envidioso. Y aun cuando uno es capaz de conceder "envidio tus triunfos" o "envidio tu auto", parecería que sólo nos permitimos confesar esa debilidad cuando las circunstancias y el vínculo con el envidiado, al menos en la versión oficial, excluye la posibilidad de una envidia genuina, destructiva. Genealogía

¿Cuáles son las condiciones que favorecen la aparición de la envidia?
Ya decía Aristóteles en Retórica que se envidia a un semejante, "el alfarero al alfarero". Porque es posible envidiar a un rival con el que se está en condiciones de competir, no a alguien tan inferior o tan superior que dicha asimetría vuelva imposible establecer una comparación. Y según reza el proverbio, "reina entre vecinos": el envidioso piensa que si su vecino se quiebra una pierna, él va a ser capaz de caminar mejor. En el plano discursivo, la envidia puede expresarse elogiando lo que es malo o, alternativamente, guardando silencio frente a lo bueno, porque todo aquel que elogia a otro, en su propio campo o en uno lindante, en principio se priva a sí mismo de dicho elogio (una de las razones por las cuales se acostumbra agradecer a los jurados de un concurso en el que, por su propia función, son excluidos de la nominación). Como en un sube y baja, todo elogio se pronuncia al costo de la propia reputación.

Por añadidura, el sentimiento de inferioridad es un factor esencial. El envidioso debe ser capaz de imaginarse la posibilidad de poseer el atributo deseado. Pero debe creer al mismo tiempo que ese atributo deseado está más allá de su poder y que jamás podrá ser alcanzado. Ese dispositivo imaginario se condensa mejor en un "podría haber sido mío" que en un "será mío", ya que lo deseado se encuentra próximo en la imaginación pero inalcanzable como predicción. El teórico social noruego Jon Elster sugiere que una princesa puede envidiar a una reina y las estrellas de cine a otras estrellas, pero la mayoría de los mortales no envidia ni a una ni a otras (o a lo sumo, las envidia débilmente).

La envidia, por otra parte, es una emoción que opera como en el tiro al blanco: sin un objetivo, sin una víctima, no se siente envidia. Su contrapartida puede ser la soledad del envidioso, quien no desea ser reconocido en su bajeza por el envidiado. Y hasta cualquier demostración de afecto o de amistad que éste pueda profesarle, a la espera de cierta reciprocidad y reconocimiento, puede resultar contraproducente: cuanto mayor es el afecto que se demuestra hacia el envidioso, mayor es su envidia.

Puesto que se carece de parámetros objetivos, no sociales, en el cálculo del propio valor se tiende a tomar a los otros como estándares. Cuanto más decepcionante es nuestro desempeño respecto del de nuestros pares, más disminuye la autoestima. En particular, cuando las comparaciones sociales no nos favorecen, se suele construir una imagen de sí en forma sesgada al servicio de la autoestima. Mediante este salto tramposo, se explica en parte cómo el dolor odioso de una comparación de la que se sale desfavorecido puede ser metamorfoseado en una emoción más soportable para la imagen de sí.

Tan unívoco es el mandato de ocultar(se) la envidia que suele ser reemplazada o transmutada en otras emociones. Con su talento para disfrazarse, la envidia tiene hermanastros tan tormentosos como ella misma: los celos, el resentimiento y la indignación. Malditos celos
La envidia y los celos tienen en común que una y otros suponen algo que le importa mucho a quien envidia o siente celos. Pero mientras que en la envidia se desea lo que no se posee (deseo de obtener o de lograr algo), en cambio en los celos se manifiesta un temor de perder lo poseído (¿acaso Serrat no cantaba "no hay nada más dulce que lo que nunca he tenido, / nada más amargo, que lo que perdí"?).

Las diferencias no terminan allí: la envidia es una relación en la cual el envidioso codicia algo presuntamente poseído o logrado por el envidiado, cuando en verdad la preocupación del envidioso es que sea el otro el poseedor de algo material o no que él no tiene. Los celos, en cambio, conforman una relación triádica que involucran al celoso, al rival y al ser amado ("Las estrellas, celosas, nos mirarán pasar", poetizaban Le Pera y Gardel). El motivo de preocupación del celoso no es el rival sino el amado, aquel cuyo amor (o afecto, o alta estima) se teme perder en la medida en que un rival (las más de las veces, imaginario) puede poner en peligro la relación privilegiada y exclusiva que el amante mantiene con el amado. La imaginación es tan esencial a los celos que Proust la compara con un historiador sin documentos, pues los elementos probatorios son exigidos recién una vez que se comprende haber caído en un error (piénsese si no en Otelo, que comprende tardíamente, ante el cadáver de la fiel Desdémona, la trampa que le ha tendido un Yago ahogado en la envidia).

Aunque no es un axioma. Tanto se juegan los mecanismos imaginarios del yo que la pérdida es menos humillante si se es abandonado por un rival percibido como superior o por quien parece merecer más esa relación: cuando Camilla abandonó a su marido, el señor Parker Bowles tal vez habrá sentido que, al fin y al cabo, no era tan humillante ser desplazado por el príncipe de Gales -sin entrar a discutir los (controvertidos) méritos de Carlos- como por un jefe de oficina pedestre. Y como prueba del papel de la autoestima, en ausencia incluso de todo glamour, se señala la asimetría subjetiva sentida cuando se es abandonado por otro y cuando se es abandonado sin la sospecha de un tercero, cuando el adiós se vive con dolor pero sin celos.

El filósofo Georg Simmel distinguió un fenómeno intermedio entre la envidia y los celos: el deseo envidioso de poseer algo o a alguien, no porque sea especialmente deseable para el sujeto, sino porque es de otros; reacción emocional que puede expresarse de dos formas que reniegan, una y otra, de lo deseado: una es renunciar al objeto ("ya no me importa"). La otra forma es la indiferencia (la célebre fábula de la zorra y las uvas) o hasta una aversión al objeto ("lo odio"). Y en una u otra de sus formas, sentir horror ante el mero pensamiento de que otro pueda poseerlo ("prefiero verlo destruido antes que otro lo posea"). Simmel advertía que quien se siente abismado en un deseo envidioso puede no desear poseer el logro codiciado, y en caso de que pudiese llegar a poseerlo, ni siquiera podría disfrutarlo, pero no soporta que otro lo disfrute. Envidia el yate de uno aunque sufra de mareos y la avioneta de otro aunque sienta vértigo.

El envidioso no tiene un interés genuino en que algo valioso en poder de otra persona le sea transferido a él, aun cuando querría ver al envidiado robado, desposeído, humillado o lastimado. Si lo que envidia es el prestigio, el talento o la belleza, puede cobijar el deseo de que el envidiado pierda ese prestigio, ese talento o esa belleza, a sabiendas de que lo perdido no será de nadie. En contrapartida, dado que el envidioso sobrevalora y hasta idealiza lo envidiado, enfrentado a un disvalor o a algo que le resulta indiferente, no poseerlo no erosiona su autoestima. Más aún, si otro se destaca en una habilidad o posee un objeto escasamente valorado por el envidioso, hasta puede provocar un sentimiento opuesto a la envidia: si un amigo es campeón de truco o en el juego de tejos, puedo sentirme orgullosa de él. E incluso voy a mirar con simpatía su colección de caracoles.
Cautivos del resentimiento
Prosiguiendo la línea trazada por Simmel, Melanie Klein observa en Envidia y gratitud que el envidioso persigue destruir a su víctima en su capacidad creadora y de goce, pues no puede soportar que un otro posea algo y él no lo posea. Intenta, entonces, denigrar y hasta destruir al otro para autoafirmarse en su narcisismo.

El resentimiento posee otra naturaleza. En las esclarecedoras páginas de Resentimiento y remordimiento, es caracterizado por el psicoanalista y escritor Luis Kancyper como "el amargo y enraizado recuerdo de una injuria particular", una suerte de rencor del cual nace el deseo de venganza. A diferencia de la envidia, que procura destruir al objeto, "el impulso resentido no persigue destruir al objeto sino castigarlo", nutriéndose del deseo de recuperar una realidad imposible en la ilusión de un tiempo circular. Pero como no puede destruir al objeto, lo tiene que preservar y controlar para poder continuar vengándose de una herida narcisista y de traumas injustamente padecidos de los que intenta vengarse.

"Después... ¿qué importa el después? / Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado, / eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado / como un pájaro sin luz", revelaba Homero Expósito, con belleza impar, una de las facetas más demoledoras de la condición humana. El peligro es que si el sujeto se queda detenido con su resentimiento a cuestas, el tiempo de ese pasado vivido como injusto anega las tres dimensiones del tiempo: el presente permanece obturado por la memoria del rencor (cerrándolo con sus frustraciones resignificadas y reactivadas una y otra vez) y el futuro obliterado, obstruido, por la pasión de la venganza.
¿La indignación dignifica?
Con el fin de poder ser aceptada por los demás y por nosotros mismos, la envidia suele mutar en otras figuras más decorosas. Puede, entre otras, metamorfosearse en indignación. Pero conviene distinguirlas: cuando la superioridad de un rival, medida según estándares objetivos, es dolorosa pero se reconoce como justa, la envidia suele enmascararse tras la retórica de la reivindicación ante una injusticia. En contraste, toda vez que sentimos que, objetivamente, nuestra desventaja es tan inmerecida como injusta la ventaja del rival, no provocará envidia sino indignación. En otras palabras, una vez que los sentimientos hostiles son legitimados, la envidia residual se transmuta en indignación, sentimiento más apropiado y aceptable para el yo privado y público. Si mi rendimiento laboral es claramente superior al de mi compañera y pese a todo, la ascienden a ella porque es la favorita del jefe, la envidia por su ascenso se trastocará en indignación. Y de allí a la autocompasión media un solo paso, ya que apiadarse de uno mismo puede ser un remedio eficaz a la hora de eliminar toda comparación envidiosa que amenace la autoestima.
Metamorfosis
Si nos sentimos inferiores por una comparación poco ventajosa, ¿por qué no terminar por rendirnos a esta realidad? ¿Por qué no sentirnos felices por la superioridad del otro y, tomándolo como modelo, inspirarnos en él? Ese pasaje se prefigura en el lenguaje. Bordelois observa que el prefijo in- de in-vidia es ambivalente, pues puede significar tanto hostilidad como también "encerrar un secreto homenaje: en el fondo, la envidia es la mensajera nocturna de la admiración". Incluso Kierkegaard, quien consideraba la estupidez y la envidia como las dos grandes fuerzas de la sociedad, observó que "la envidia es admiración oculta. Un admirador que siente que la devoción no lo puede hacer feliz elegirá transformarse en un envidioso de lo que admira".

El envidioso es impulsado por una inferioridad presuntamente inmerecida, escudado en que esa situación subalterna no refleja su verdadero valor. Pero una vez que el objeto de la envidia es percibido claramente como superior al envidioso, ese mecanismo de defensa ya no funciona y, una vez eclipsada la hostilidad, la envidia puede ceder su lugar a la admiración. La diferencia entre una y otra es la que hay entre los antagonistas en una competencia (Federer versus Nadal) y los espectadores desinteresados que contemplan el torneo, capaces de admirar a los antagonistas sin envidia.

Otra de sus metamorfosis se produce cuando la envidia, devenida primero admiración, logra transmutarse en emulación -el deseo de evitar e incluso superar las acciones ajenas-. Por tortuoso que fuera el camino, el sujeto alcanza una emoción al servicio del yo pues, quien busca hacer lo que otro hizo, ya no vive cautivo de su odio. Y si bien la emulación requiere un rival, un competidor, éste no tiene que ser visto como un enemigo, y hasta puede tratarse de un amigo cuyo ejemplo estimula el talento propio.

Pero cuando los sentimientos de admiración y emulación fracasan, la envidia se metamorfosea en vergüenza. Mientras que la primera se bifurca entre el yo y el sujeto envidiado, la vergüenza nace en un yo defectuoso que concentra su atención en sí mismo, sin la presencia necesaria de una comparación subjetiva desfavorecedora. En particular, la vergüenza emana de tres fuentes: la vergüenza de sentir envidia y su sentido de inferioridad concomitante, la vergüenza de darse cuenta de que uno es culpable de su propia inferioridad y la vergüenza de sentir vergüenza. Nos resistimos a admitir su existencia porque socialmente es censurada y porque reconocer la propia envidia significa admitir, a fin de cuentas, nuestra condición paupérrima.

Así como la admiración y la emulación constituyen una salida socialmente aceptable a la envidia, y la vergüenza supone una dosis de sinceramiento, en el otro extremo del espectro moral se descubre un sentimiento tan abyecto que ni siquiera, en nuestro idioma, contamos con un término para designarlo. Schadenfreude es una palabra del idioma alemán que designa el sentimiento oculto de regocijo ante el sufrimiento o la infelicidad de otro. Políticamente correctos
La antigua, rastrera e inequívoca palabra "envidia", que designa un proceso secreto y silencioso no siempre verificable, suele ocultarse tras la fachada más decorosa y políticamente correcta del "conflicto", conducta abierta y práctica socialmente aceptada. ¿Cuál es la diferencia que desautoriza a una y legitima al otro? Mientras que toda vez que aludo a la envidia debo aceptar que uno de los contrincantes es consciente de su inferioridad frente al otro, en cambio, cuando me dirijo a dos o más personas o grupos en conflicto, no necesito determinar quién es inferior.

Quizá fue la predilección de los sociólogos por los fenómenos observables la que condujo a la sustitución de la envidia por el concepto de "conflicto", empobreciendo numerosos aspectos de las relaciones sociales y humanas explicables en términos de envidia -una emoción muy primaria- pero no de conflicto. Se ha dicho, no obstante, que la sociología de la envidia pasa por alto que, entre el envidioso y el envidiado, no tiene por qué haber conflicto: lo irritante para el envidioso y lo que aumenta su envidia es su incapacidad para provocar un conflicto abierto con el objeto de su envidia. Furia inmortal

Para distinguir la envidia justificable de la que no lo es, se distinguió entre la envidia a secas y la envidia "sana". Yo puedo envidiar sanamente el talento musical de una amiga, y ni remotamente deseo que pierda ese talento. Y en muchos otros casos de envidia "sana", las acciones del sujeto se dirigen a asegurar lo deseado para sí mismo, más que a minar al rival. Esas actitudes probarían la posibilidad de sentir una envidia exenta de connotaciones negativas.

A fin de cuentas, si nos detenemos en sus aspectos más benévolos, podemos tender sobre todas estas emociones indignas un manto de piedad: los celos son un mecanismo afectivo para preservar relaciones excepcionales y la indignación restablece momentáneamente la imagen del yo. Una envidia moderada ofrece una salida a la depresión, una ocasión para crecer y cierta esperanza en superar los obstáculos. Y hasta la envidia destructiva puede ser metamorfoseada en una competencia honorable y constructiva. No sólo eso: se ha dicho que la envidia conduce, en el espacio macrosocial, a un reclamo de justicia, a un igual tratamiento para todos: si uno no puede ser el favorito, nadie lo será. Un club de fans, por poner un ejemplo elemental, expresaría una acción común basada en que nadie puede tener al ídolo. Y hasta la solidaridad en la que se renuncia a un bien para que pueda ser compartido con otros ha sido vista como el efecto de una mutación forzada de la hostilidad original.

Por su historial deplorable, la envidia es una de las emociones más silenciadas de la condición humana. Y si se la desea analizar en su abismal profundidad, como se examina, en una suerte de vivisección existencial, un órgano con un escalpelo, se descubre que cuanto más oculta, más fascinante. El novelista Laurence Sterne ironizó cáusticamente que "la muerte cierra tras de sí la puerta de la envidia y abre la de la fama". Y mucho antes Aristóteles había sentenciado, a modo de consuelo escatológico, que los muertos ya no son nuestros rivales. Hasta solemos consagrarles todos los honores escatimados en vida mientras silenciamos sus vicios y miserias. Pero nada de lo pavoroso parece ajeno a lo humano. ¿Acaso la envidia de los muertos, rondando como espectros, no puede continuar acechando el reino de los vivos, perseguidos en la intimidad de su conciencia por esa furia inmortal que triunfa sobre el tiempo y la finitud?

Autor: Diana Cohen Agrest
El autor de esta segunda parte del tema "Envidia", tiene mucho de acierto, por ello creo conveniente tomarlo. El consejo no es del todo sano, pero desde luego con algo de comicidad ayuda a paliar este sentimiento tan incrustado en la humanidad.
Estrategias contra un envidioso
1) Rebajarás tus éxitos. Le harás saber todo el tiempo que te va mal y buscarás su solidaridad en la mala.
2) Le darás a entender que él está por encima de vos en carácter y en talento, y que lo admirás sin desmayos.
3) Sugerirás con el cuerpo y la palabra que él es tu jefe y vos, su subordinado.
4) Exagerarás tu autocrítica: literalmente, despedazarás tus propios logros, relativizarás tu pericia y adjudicarás todo el tiempo tus aciertos a la suerte.
5) Profetizarás tus inminentes fracasos una y otra vez.
6) Estarás muy atento a lo que el envidioso haga y saludarás la mínima acción positiva. No sólo le celebrarás los goles; también le festejarás los laterales y los córners.
7) Te comunicarás con él por medio de la lástima, destruirás a sus enemigos y buscarás su complicidad para hablar mal de terceros. Como se sabe, nada cohesiona tanto como el odio. El odio es más fiel que el amor.
8) Le dirás de vez en cuando que lo envidiás. Pero que lo envidiás sanamente.
9) Lo acostumbrarás a ser vulnerable al elogio. Y lo elogiarás siempre.
10) Nunca bajarás la guardia: al envidioso la envidia le brota espontáneamente, y podés pasarla mal.
11) Te alejarás lentamente y nunca le darás la espalda. Y lo más difícil de todo: no te contagies. La sustancia del envidioso es altamente contaminante.
12) Un envidioso construye una cadena de envidias. En un grupo, un envidioso es como una manzana podrida. La envidia es una lepra que no se cura. Y por favor: no le envidies nada al envidioso. Es un pobre infeliz. Y lo sabe.

Estas doce instrucciones humorísticas no sirven más que para introducirnos con cierta sorna en uno de los temas más viejos y profundos de la historia de la Humanidad. Una vez más le encargamos a la ensayista y doctora en Filosofía Diana Cohen Agrest la producción de tapa de esta semana. Ella articula en serio lo que yo escribo en broma. Y lo hace apelando a filósofos como Georg Simmel, pensadores como Ian Suttie y Victor Frankl, escritores como Laurence Sterne, psicoanalistas como Melanie Klein y Luis Kancyper, lingüistas como Ivonne Bordelois y antropólogos como R. Karstens. Cohen Agrest piensa también por su cuenta y recorre la vida antigua y moderna, lo culto y lo popular: va desde la Biblia hasta la Antigua Grecia; desde el mundo del tenis hasta los tangos de Gardel y Le Pera.

Todo sentimiento humano es cultura. Y la envidia, como tantas otras formas del odio y el resentimiento, ha movido el mundo desde el principio de los tiempos. Victor Hugo creía que la envidia era una declaración de inferioridad y Leonardo da Vinci, que era mil veces más terrible que el hambre "Porque es hambre espiritual". Schopenhauer también se ocupó del asunto: "La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás muestra cuánto se aburren".
Por Jorge Fernández Díaz

2010/01/03

Los manipuladores


Hay quienes son manipulados una y otra vez, quienes repiten relaciones con distintos manipuladores -la madre, una amiga, una pareja, un jefe-. "Son personas que ofrecen siempre la fruta que el manipulador desea", explica Graciela Chiale, socióloga y autora junto a la psicóloga Gloria Husmann del libro Vidas sometidas (Del Nuevo Extremo).

Las especialistas sostienen que existe un patrón de personalidad de la víctima que está asociado a su vulnerabilidad. De alguna manera, los sometidos también necesitan lo que el manipulador les da, porque tienen miedo, la autoestima baja y creen que deben esforzarse para ser aceptados y dignos de ser amados.

También, explican, hay características típicas en quienes manipulan. Cuando se trata de una relación afectiva, es muy difícil detectarlo antes de que se produzca el entrampamiento. "Hay que tener el ojo muy avezado para poder leer los antecedentes del manipulador", dice Husmann. "Una de las pautas es la victimización -prosigue-. Son personas que siempre han sido «pobrecitos», o que vienen de relaciones en las que no tuvieron suerte."
Para someter a su víctima, "el manipulador teje una telaraña -afirma Husmann-: En la primera etapa la seduce, y después la aísla de los terceros que puedan señalarle algo de lo que sucede. Además, la descalifica y culpa. De esta forma le quita la energía que necesita para evadirse de la situación, la mantiene bajo un fuerte control y amenaza".

Así, las víctimas llegan a dudar de sí mismas y piensan que exageran: "¿No seré yo la que se imagina todo esto?". Al no tener contacto con quienes podrían ayudarlos a ver lo que ocurre, porque ya han sido aisladas, entran en una vorágine de desencantos y dudas", dice Chiale.
Las mujeres también manipulan, pero desarrollaron formas más sutiles de hacerlo, y es más común que sean los hombres quienes manipulan. Esto se apoya en una sociedad que lo convalida. Porque tienen el poder económico, o por una cuestión cultural -"el hombre manda"-.

El manipulador emplea la distorsión de la comunicación, o la falta de ésta. Niega lo que la víctima le dijo, o le hace creer que entendió mal. Cuando entiende en un sentido, le dice que es en otro, y siempre lo hace en su contra. Es común que exprese frases como "vos sabes lo que hiciste"; "te dije, cualquiera se hubiera dado cuenta"; "yo no entiendo, y decís que sos tan inteligente" o "cómo podés hacer una pavada así".

Según Husmann, la víctima es una gran ingenua, con mucho de omnipotente, que cree que si se explica mejor será comprendida. Protesta por lo que tiene que hacer, pero, aun a desgano, acata. No puede tener un "no" asertivo. La persona manipulada generalmente presenta síntomas psicosomáticos, advierte Chiale. "Deambula por los consultorios en busca de diferentes soluciones, sin darse cuenta del verdadero origen de su problema."

Muchas investigaciones concluyeron que las personas sometidas a situaciones de estrés por tiempo prolongado pueden sufrir enfermedades de distinto tipo, incluso de gravedad.
"La manipulación es una epidemia social", aseguran. "Existe una aceptación de estas conductas nocivas en el entorno general", dice Chiale. Y agrega que la manipulación también suele presentarse en el ámbito laboral, porque se la asocia al éxito. "Parecería que quien manipula detenta poder; de ahí que sean frecuentes frases como «lo dio vuelta» o «lo manejó»."

Para Husmann, la manipulación ya no es cuestionada, sino valorada: "Vemos programas de televisión donde se producen situaciones en las que se trata de lograr el enfrentamiento; ya no se respeta la voluntad, ni el estado de ánimo individual".
La persona manipulada tiene tres opciones frente a esta situación: se adapta, migra o muere. No se trata de la adaptación "saludable" que todo ser vivo tiene, sino de una sobreadaptación. Acepta cualquier cosa, aun en contra de su beneficio y de su naturaleza. Son las personas que siempre están dispuestas a hacer de todo con tal de ser queridas. Se van amoldando, y se dan cuenta cuando ya están inmersas en la situación.

Migrar requiere un arduo proceso interno para no caer en manos de otro manipulador. Cuando el distanciamiento físico no es posible por el tipo de vínculo, como en la relación madre-hija, la solución es huir del campo de batalla donde se enfrentan. La víctima debe correrse de esa "sobreadaptación". Eso genera en el manipulador desconcierto y enojo, pero con el tiempo suelen aceptar el cambio. Es probable que el manipulador intente seducir a su víctima para recuperarla y, en ocasiones, dejarla más tarde, ya que por sus características narcisistas no soportaría que lo abandonasen. Entonces, es común que busque otra persona para someter. Puede que haga grandes esfuerzos para cambiar, pero por lo general no consigue un cambio auténtico porque, en el fondo, siente que no está mal lo que hace: "Si yo te hice esto es porque vos...", se justifican.

El quiebre de la relación, puede llegar a través de terapias o de personas que ayuden. Otras veces ocurre a raíz de enfermedades, o por la explosión violenta de la propia víctima, producida por la violencia exacerbada del manipulador. Puede apartarse también cuando siente que llegaría a matar.

Pero la víctima, dicen las autoras, tiene que vencer a su propio depredador interno, que la sabotea, porque sólo así puede vencer al depredador externo. Manipulado y manipulador tienen la misma carencia con diferentes formas de resolución, según con quién se hayan identificado en la infancia: "El manipulador que por primera vez obtiene el éxito por doblegar a alguien, y el manipulado al que al portarse bien le hacen un mimo. Los dos lo incorporan como patrón", asegura Chiale.

El manipulador adopta distintos disfraces; los más comunes son: el seductor, que hace estragos con las parejas; el culto, que menciona nombres de libros o películas y pretende hacer quedar al otro como ignorante; el autoritario, que es el más fácil de detectar; el simpático, que hace sentir mal y después dice que es broma, y los que utilizan la enfermedad.

Es cierto, explica Hussman, que existe una corresponsabilidad por parte de la víctima porque abrió la puerta para que entrara el manipulador. El miedo de perder la estabilidad económica, es uno de los problemas principales: "Te vas a morir de hambre, te van a comer los piojos", es de las frases que más repiten. "Hay casos paradigmáticos de mujeres de muy buen pasar económico que soportan maltrato físico y no pueden salir de ese círculo porque no quieren perder esa posición", dice.

Por lo general, el manipulador proyecta una imagen que no coincide con la realidad. Por eso, cuando la víctima se anima a contarle a la familia o a los amigos, ellos se sorprenden; es común que le digan "pero si te adora...", "si es divino...". Las madres suelen decirles a sus hijas: "Perfecto no hay nadie; siempre hay que aguantar algo". Y esas respuestas confunden más.
¿Qué hacer para terminar con estas relaciones enfermas? Las especialistas dicen que la víctima debe tomar conciencia de su corresponsabilidad, lo que implica reconocer su propia vulnerabilidad para no caer en manos de otro manipulador. Fortalecer la autoestima y la inseguridad, e identificar concesiones y negaciones recurrentes como errores propios. Tomar conciencia de las cosas que puede enfrentar sola para pasar del miedo que paraliza al miedo que cuida.

Lo importante es saber que las trampas que se abren para que entre el enemigo pueden cerrarse.

Cómo reconocer los signos para no caer en la trampa
  • Las personas vulnerables Son sobreadaptadas.
  • Sienten miedo de ofender, desagradar, herir al otro.
  • Tienen temor de dejar de ser amadas.
  • Adoptan una actitud de sumisión por miedo al rechazo.
  • Sienten que se desmoronan anímicamente con facilidad.
  • Su temor a equivocarse se manifiesta en una indecisión crónica.
  • No confían en sí mismas. Están pendientes de la aprobación de las personas de su entorno.
  • Son excesivamente confiadas en las capacidades de los otros.
  • Les cuesta mucho negarse a una petición.
  • Son excesivamente autocríticas; tienden a culpabilizarse.
  • Viven en un estado crónico de insatisfacción consigo mismas.
  • Suelen ser detallistas y proclives a un excesivo perfeccionismo.
  • Tienen dificultades para poner límites.

Las personas que manipulan

  • Pueden ser sutiles o francamente impositivas.
  • Apelan a la descalificación, la culpa, la vergüenza y el miedo.
  • Recurren al silencio, la distorsión o la negación de la comunicación.
  • La agresión encubierta está contenida en su conducta.
  • En casos extremos pueden llegar incluso a la violencia física.

Tomado de La Nación.

2009/12/27

Cuesta mucho decir la Verdad

"Estoy bien. No me pasa nada, es más soy tan feliz, y su rostro refleja lo contrario".
"El maestro le dice sí, aprendiste vas bien, mientras que el gesto denota que no aprueba lo que el pupilo realiza.
"Te queda excelente!", dice la vendedora mientras la clienta se mira al espejo el calce de unos pantalones que visiblemente la desfavorecen y no son del talle adecuado.
"Se quedaron fascinados contigo, quedarás primero en la lista", exclama alegremente la consultora a un entrevistado al que nunca más volverán a llamar ni para un gracias-por-participar.
"Hace un mes que nos conocimos y no me llama; para mí que no le interesé", llorisquea una chica y su mejor amiga le jura: "¡Nada que ver! Estoy segura de que le encantaste; ya te va a llamar".
"No me eligieron para el concurso", dice el hijo. "No te preocupes: eres el mejor que todos", responde el padre. O el gastado "no eres tú, soy yo", que sirve a muchos como argumento para terminar una relación.

¿Por qué cuesta tanto decir la verdad? ¿Es temor? A veces. ¿Es hipocresía? Otras tantas. ¿Es respuesta automática? Casi siempre. Son respuestas sin filtro, respuestas para zafar, respuestas para pasar a otra cosa. Productos del facilismo, porque es más simple una mentira prefabricada que elaborar un argumento sensato y cuidadoso para decir lo que para el otro no es tan grato escuchar.

El abuso de la respuesta automática va creando una atmósfera gris, insípida, neutral, donde conviven el permanente "está todo bien" con el método del disimulo, de la mentira piadosa, de la verdad a medias, de no decirlo todo, de quedarse con una parte de la verdad. Sus ususarios se refugian en una falsa idea de bondad o de buenas intenciones mientras se desligan de la responsabilidad que a todos nos cabe frente a la verdad. "Ya se va a dar cuenta solo"; "que se lo diga otro"; "la vida se encargará". Mentira. Padres, hijos, profesionales o ciudadanos: todos tenemos una responsabilidad importante frente a la verdad.

Pareciera que la noción de mentira piadosa amplía su espectro con el correr de los años. Se recurre a la mentira hasta cuando es innecesario, simplemente por un hábito que nos ha distorsionado la estética moral y nos convence de que ciertas mentiras quedan más lindas que la verdad.

Estamos agotados un viernes a la noche, pero cuando un amigo llama para ir al teatro inventamos que acaban de caer los suegros. Por cuestiones económicas sólo podemos hacer una reunión chica para nuestro cumpleaños, pero nos empeñamos en difundir que no nos gusta festejarlo. Queremos evitar a un personaje nefasto y decimos que estamos con probable gripe porcina cuando respondemos a una invitación en común.

En algunos casos, hay negación o autoengaño. En otros, faltamos de modo consciente a la verdad.
Las que creemos pequeñas e inofensivas mentiras se van acumulando en nuestro disco rígido cerebral, allí de donde extraeremos información para próximas respuestas cuya estructura de funcionamiento se verá afectada con la mentira como componente de base.

Así vamos armando un entramado donde se dificulta separar lo verdadero de lo falso y se va formando un terreno donde siempre hay una justificación para la respuesta gris, poco jugada, no comprometida o distorsionada.
Recuerdo al final del primer año de una encargatura en mi trabajo, ya saben que "tener un cargo es una carga" y si las personas no trabajan como deben y las cosas las están haciendo mal, pues, nada, no queda de otra que, con valor y amor optemos por decir la verdad. Así que respiré profundo el dolor me quebraba la voz, por que es algo tremendamente doloroso, pero debía decir las cosas observadas, con toda verdad, aún si tal hecho me dejaba sin amigos. El silencio hizo más tenso el momento, pero al fin lo dije. No tienen idea la sensación y el alivio que sobre todo el ser se respira. Y por si algo ayudaba, solo una persona de las ochenta y...tantas me dijo, lo hiciste bien, no sabía si decía la verdad, pero su abrazo fue tan fuerte que le creí. A ver si dijo la verdad...
Por ello, por más dolor o incomodidad que nos cause, nos hace mucha falta esas voces valientes, frontales y escasas que tienen el coraje de decirnos la pura verdad.

Será misterio el amor


Hace ya muchos años que la cuestión siguiente fue tratada. Hoy revisaba algunos informes y volví a chocar con la misma situación. Vale la pena tomarla, pues el emigma del amor, pese a toda ciencia o filosofía seguirá sin comprenderse a cabalidad.
Allí les va un ensayito sobre "El misterio del amor".
¿Hay alguna razón que tenga que ver con la estructura del inconsciente pulsión, para elegir a uno(a) u otro (a)? ¿Qué consideraciones merece tal inquietud?


Si la interrogación tuviera una respuesta asertiva y definitiva, habríamos solucionado un gran misterio de la existencia y de los vínculos humanos. ¿Pero sería igual la vida sin sus misterios? Así como los problemas pueden ser resueltos, los misterios no. Con ellos convivimos. Y los exploramos. En el tema que nos ocupa, eso es lo que hizo, hacia 1809, el gran escritor, ensayista, novelista, dramaturgo y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832). En ese año publicó su novela Las afinidades electivas (vigente y accesible hoy), que en 1996 los hermanos Paolo y Vittorio Taviani, inspirados directores italianos, llevaron al cine con Isabelle Hupert y Jean-Hughes Anglade. A través de la historia de cuatro personajes (un matrimonio más una mujer y un hombre que los visitan durante un verano1,) Goethe sugiere que los seres humanos, como los metales, muestran entre sí fenómenos de rechazo y atracción. Esto, para el escritor, está más allá de la voluntad, y sólo la hipocresía o los mandatos sociales mantienen unidas a personas que se rechazan, así como impiden la unión de otras que se atraen fuerte e inexorablemente.

"Sólo después de haberse puesto plenamente de acuerdo sobre lo conocido se puede avanzar de forma conjunta hacia lo desconocido", dice el Capitán, uno de los personajes, en un tramo de la obra. Afirma que se empieza por el reconocimiento de las similitudes o afinidades entre las personas y, desde allí, se avanza en el amplio e ignoto campo de las diferencias. En aquello que hace de cada uno un ser único, y de cada elección, un misterio. Quizá lo que llame la atención de algunas parejas ("¿cómo es posible que A esté con B?", "¿qué le vio C a D?") sea aquello que no concuerda con nuestras creencias, esquemas mentales o prejuicios acerca de lo que "debería" ser o de cómo se "debería" elegir. Quizás eso mismo nos impida comprender que, en tales uniones, hay una afinidad que no responde a lo conocido y observable, sino a lo desconocido, a lo que nos es inaccesible puesto que no somos ellos. En la mirada de Goethe, el amor-pasión (motor del romanticismo) está en esa zona misteriosa. Y cuando es impedido por imperativos de la moral reinante o de las creencias colectivas, sobreviene la melancolía, cuando no la tragedia.

En mi opinión, si redujéramos la explicación de las elecciones afectivas a causas como pulsiones, complejos, proyecciones e identificaciones, estaríamos reduciendo la dimensión del ser humano a la de una criatura guiada por determinismos (que, luego, tanto pueden ser biologicistas como psicologistas, historicistas, culturalistas, economicistas, religiosos o esotéricos). Es decir, una criatura sin libertad de elegir. Y de elegir trata, en fin, la libertad. ¿Por qué no convivir, insisto, con el misterio, por qué no aceptar que las uniones que no entran dentro de nuestros cánones son el fruto de la libertad de elección, asentada en lo más íntimo e intransferible de cada individuo, en aquello que lo hace ser él y no otro?

En Hablando de amor, obra iluminada por la lucidez y la sensibilidad de su autora, la escritora brasileña Marina Colasanti señala que hay conceptos colectivos y unánimes de lo que es la belleza, y esperamos que las elecciones afectivas se sostengan en esos conceptos (así como en nociones unánimes acerca de cómo deberían ser y elegirse las parejas). Pero, según Colasanti, "es la belleza secreta que existe en cada uno lo que decide la elección amorosa". Lo esencial: si dos personas se aman, si se hacen bien, si se acompañan en la profundización de su ser. El amor no es loco, dice Colasanti, nunca actúa sin motivos, aunque esos motivos "puedan permanecer ocultos ante nosotros". El amor, con las elecciones que motiva, no tiene secretos. Tiene misterios. Y también ellos lo hacen posible.

2009/11/24

Las estrellas tambien mueren


¿Hay algo estable, un ser que brille para siempre, una realidad viva que el poderoso y demoledor tiempo no pueda opacar, quizá una estrella eterna?

Es curioso pensar que todo lo que vemos en el cielo, desde la luna, hasta la más lejana constelación no es en realidad lo que vemos, pues cuando su luz nos llega, ya pertenecen al pasado. El sol que ahora vemos es como era hace ocho minutos, es decir, un sol del pasado. De la misma forma ocurre con las estrellas que observamos cada noche.Las estrellas como los hombres, nacen, se desarrollan y mueren, se apagan y dejan de enviarnos su luz mientras empezamos a percibir la luz de otras que van naciendo. De igual manera sucede con la fama y la vida de los hombres. Sin darnos cuenta van dejando de brillar. Decía Sófocles en su Edipo Rey: “Sólo para los dioses no hay vejez ni muerte jamás, todo lo demás lo destruye el omnipotente viento del tiempo”.

Hace apenas algunos meses, todos los medios de comunicación anunciaban la noticia de la muerte de una gran estrella: Michael Jackson, la estrella del Pop. Qué rápido pasa el tiempo, ya los medios no hacen referencia al gran artista que hizo bailar a tantos al ritmo de sus peculiares movimientos. Se dice que Jackson marcó una época, muchos crecieron con su música, con sus vídeos… y ahora ya no se habla más de él. Unos pocos días han sido suficientes para sustituirle en el escenario de la fama. Su historia personal se ha diluido como una gota en aquel vasto océano de personas, famosas y no famosas, que constituyen nuestra historia.
Así transcurren nuestros días, observamos cientos de luces que nos llegan del cielo hoy y que algún día se extinguirán. De forma análoga sucede con tantos personajes famosos de nuestros días. Hoy se nos presentan como grandes triunfadores, con miles de seguidores y en poco tiempo desaparecen del escenario público. Se van casi sin dejar rastro, dando paso a nuevas estrellas que deslumbrarán por algunos momentos a miles de personas.En este vaivén de luces y estrellas que se contempla en el cielo de nuestra vida, podemos preguntarnos si hay algo estable, un ser que brille para siempre, una realidad viva que el poderoso y demoledor tiempo no pueda opacar, quizá una estrella eterna.
En la historia se pueden contemplar personas que han puesto su esperanza en lo inmediato, en las luces intermitentes de su momento presente, personas que al final de su vida han sentido el vacío y la duda existencial de quien se enfrenta a la muerte desde su condición humana temporal.Sin embargo encontramos también personas que han decidido seguir a Dios, esa luz eterna, esa estrella perenne que cuanto más se mira más brilla. Personas que han sentido la satisfacción de saber que nada, ni el tiempo, ni la muerte pueden opacar aquello en lo que han creído y por lo que han vivido.Shakespeare en palabras de MacBeth decía: “La vida es sólo una sombra que transcurre, un pobre actor que orgulloso consume su turno sobre el escenario para jamás volver a ser oído.” Ya no veremos más a Michael Jackson en el escenario, sólo unas cuántas fotos y videos nos recordarán que algún día, cada vez más lejano, llegó a ser una brillante estrella. En su lugar irán apareciendo nuevas estrellas, nuevos personajes de doy, que empiezan sin tardar a emitir su efímera luz. Basta cambiar de canal en la televisión para percibirlo.
Qué hermoso es saber que existe Dios, esa verdad absoluta en la cual anclar nuestro efímero paso por la historia. Alguien que nos permite trascender el tiempo sin los límites del sepulcro, de la inexorable niebla del olvido. Un ser eterno que no nos deslumbra sólo por un instante, como un castillo de fuego que en segundos se desvanece y se torna humo. Una estrella que no se apaga y que desea seguir siendo un punto de referencia en el turbio cielo de nuestra vida.
Ese Dios, eterno, inmutable, siempre presente y siempre brillante, continúa iluminando los pasos de quienes un día hemos podido salir del círculo vicioso del momento presente. Ese breve momento presente que se vende como algo eterno y que parece ocultar a los ojos de los hombres, la tenaz realidad de la fugacidad del hombre. Realidad que ha llamado la atención de muchos pensadores en la historia, llevándoles a unir su corta vida a algo que no se desvanece con el inevitable paso de los días.
Autor: Víctor Alejandro Ramírez- de Virtudes y Valores

2009/11/08

El valor de las palabras y los gestos


Cómo tratamos…desde las aulas

Tratemos bien a los demás con nuestra palabra y gestos. Dónde radica esta gran verdad. Dios creó el mundo con la palabra. Veamos si no es constructiva. "Dios dijo: «Que se haga la luz», y la luz se hizo. Gran maravilla.

Con las palabras podemos crear, bendecir, decir bien de alguien y ponderar la conducta del otro en lugar de criticar o maltratar siempre. También con la palabra podemos destruir y difícilmente retractar y hacer olvidar. A veces, una palabra hiere más que una bofetada".

El día a día esta lleno de un sin número de formas de comunicación. La necesidad de trasmitir un mensaje es inevitable, pues la interrelación e interacción es el motor de la socialización. Lo normal es que dicho mensaje se haga llegar dentro de los parámetros y principios elementales de la comunicación como: respeto, la humildad, la verdad, etc. El caso es que más de las veces, también, se hace uso de formas inapropiadas como la grosería y los exabruptos.

Es hora de revalorar la importancia de las relaciones personales, a partir de los dichos y los gestos. Celebremos un acto en el que se reflexione sobre el buen trato y el valor de las palabras. Hacer una reflexión sobre la importancia de llamar a las personas por su nombre y no decirles "oye"; el valor del "buen día" a quien se cruza en un pasillo, o el pedir las cosas con un "por favor".

Debemos hablar sobre la palabra en la relación con el otro; la buena comunicación que crea comunidad y unidad; las palabras que hieren, ofenden o discriminan, y el valor de cumplir la palabra empeñada. "Si le prometo a mi profesor que voy a hacer la tarea, tengo que cumplir con lo que dije".

"En estos momentos de enorme agresividad y ofuscación, pensemos en parar el tormento y dedicar 15 minutos cada día a pensar el valor que tiene lo que decimos y cómo lo decimos". "No es lo mismo pedir permiso o decir «gracias» que no hacerlo. Las palabras tienen mucha fuerza, se pueden usar para el bien o para el mal", ello es claro.

Cuán importante es fomentar el “pensar antes de hablar ". Es cierto que muchas veces agredimos al otro con lo que sale de nuestra boca. Alguna vez decía a mis alumnas, quizá en una situación un tanto “arrebatada”..se han puesto a pensar por qué tenemos dos ojos, dos oídos, dos fosas nasales, etc. Y una sola boca… pensemos. Creo que es fundamental aprender a reflexionar antes de soltar una palabra fea. A veces, ese tiempo para pensar te ayuda a cambiar.

La clave está en abrir espacios para dialogar, intercambiar opiniones y escucharnos. El acto conversado la semana pasada, con las alumnas próximas a egresar de la secundaria, fue el primer paso de lo que pretendo convertir, en abril de 2010, en la escuela que fuere, en una jornada del buen trato, que alcance a todas las aulas de secundaria. Puede ser mi oniria pero sino es mi escuela por lo menos mi aula incluirá en su programación un día específico para trabajar este tema". Porque el buen trato, a parte de enseñarlo en casa se aprende en la escuela. Será un primer paso simple y grande a la vez.

2009/11/01

¿Quién es el hombre?

¿Quién es el hombre?, para querer yo explicarlo. Efectivamente, la pregunta y la respuesta hasta hace poco me resultaban absurdas, plantearlas, pues creía que ya todo estaba claro. Pero dada la vorágine de ideas e "ideotas", que muchos "peritos" quieren hacer revivir, tenemos que volver a ese temible cuestionamiento de antaño: de las antiguas civilizaciones, de remesón de filósofos, biólogos, físicos, científicos y antropólogos de todos los tiempos. Luminarias ideas y conocimientos nos dan, eso es innegable.

Antes, todos tenemos derecho a decir algo, por ello, les comparto que, tengo un ojo inquieto, el otro un poco cansado, dos timpanos de hierro, y una lámpara con luz tenue y, a veces, destellante, para ver en la oscuridad. No tengo la gracia de Desmond Morris, cuando nos tilda de monos, tampoco la delicadeza de Séneca, cuando nos dice elegantes, ni mucho menos la estilística de Sartre al reducirnos a una pasión inutil. Nada tengo que agradecerle a Freud, porque nos quitó la bondad y nos deformó, ni a Marco Aurelio, porque un día seré ceniza, más mi alma tendrá sentido.
Debo decirles que, en mi limitado conocimiento, el hombre, por el que tanto preguntamos, no tiene noción y definición exacta: El hombre es un gran misterio, y su grandeza radica en ser imagen y semajanza de su Creador, en palabras de San Agustín.
Pero sigamos, este el punto, fijaos en que extremo nos ponen los grandes pensadores y luminarias del planeta, porque usted oyó hablar de ellos en algún momento. Tenemos nociones para todos los gustos. Por favor, no se impaciente, mastique con calma, tranqulidad, tranquilidad, allí va, para:

Arthur Schopenhauer: el hombre es un animal capaz de prometer y engañar.
Thomas Hobbes: el hombre es el lobo del hombre.
Gottfried Wilhelm von Leibniz: el hombre es un pequeño dios.

Blaise Pascal: el hombre es una caña pensante.
Jean Jacques Rousseau: el hombre es un animal corrompido.

Jean Paul Charles Aymard Sartre: el hombre es una pasión inútil.
Heidegger: el hombre es un ser para la muerte.
Sigmund Freud: el hombre es un perverso polimorfo.

Leucipo Demócrito: el hombre es un microcosmos.
Protágoras de Abdera: el hombre es la medida de todas las cosas.
Karl Heinrich Marx : el hombre es un engranaje dela maquinaria del mundo.
Marco Aurelio: el hombre es un alma que arrastra consigo un cadáver.

Desmond Morris: el hombre es un mono vestido.

Séneca: el hombre es un animal limpio y elegante.

Oswald Spengler: el hombre es un animal de rapiña inventivo.

Aristóteles: el hombre es por naturaleza un animal político.

Mark Twain, quien decía que: el hombre es el único animal que se sonroja, o que tiene las razones para hacerlo.

Y William Shakespeare nos dice: “¿Qué obra de arte es el hombre?, ¡Cuán noble en raciocinio!, ¡Cuán infinitivo en facultades! En forma y movimiento, ¡cuán expresivo y admirable! En acción es como un ángel, en comprensión es como un dios. La belleza del mundo, el arquetipo de los seres, y para mí qué es esa quinta esencia del polvo... No me deleita el hombre…”

Nada de todo lo que nos dicen estos y otros pensadores es el hombre. Insisto el hombre es un gran misterio, resuelto o no, seguirá siendo un misterio que se dilucida a la luz de Dios, no hay más. Lo cierto es que hay miles de verdades en el libro de Génesis que, en todos los estudios, descubrimientos y libros de Antropología y Filosofía.

En el salmo 8 encontramos un mensaje maravilloso. Dios se inclina sobre el hombre y le corona como si fuera su virrey: «lo coronaste de gloria y dignidad» (versículo 6). Es más, a esta criatura tan frágil le confía todo el universo para que pueda conocerlo y sustentarse (Cf. versículos 7-9).

Cuando contemplo el cielo,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado.

Qué es el hombre para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder.
Qué es el hombre
para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder.

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies.
Rebaños de ovejas y toros, y
hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
todo lo sometiste bajo sus pies.

¡Hermoso!

2009/10/26

¿Por qué nos santiguamos?


Una buena reflexión para los cristianos.

Es común ver a mucha gente realizar lo que llamamos “santiguarse”, es decir hacer la señal de la cruz, que es la señal del cristiano, es decir de aquel que cree en Jesús y en lo que Él nos ha revelado.Esta señal la hacemos cada vez que comenzamos una Oración, quizás al comienzo y al final del día, pero también vemos que muchos la realizan ante determinados momentos importantes que están por vivir, o antes de comenzar alguna actividad. Ahora, pregunto: ¿Saben realmente lo que están haciendo, saben lo que significa?El realizar esta acción no es otra cosa que invocar a Dios en su realidad, tal como nos la ha revelado Jesús y que además constituye el gran “misterio de nuestra fe” y lo que nos identifica.


¿Al realizar la señal de la cruz, sabemos y somos conscientes de que con este signo de la cruz sobre nuestro cuerpo, manifestamos nuestra fe en la obra redentora de Jesús?¿Al realizar la señal de la cruz, sabemos que este acto de fe en la Santísima Trinidad nos compromete no sólo a creer en ella, sino a tratar de vivir de acuerdo con su voluntad?¿Todos los que realizamos la señal de la cruz sobre nuestra persona, estamos de acuerdo en el compromiso que significa el creer en Dios y en su realidad más íntima y profunda, y que por lo tanto eso nos compromete de una manera especial en nuestra vida?
La señal de la cruz es la señal del cristiano, por lo tanto, al hacerla estamos identificándonos con Cristo, con su vida, sus palabras y sus enseñanzas, y debemos tratar de vivir de acuerdo con ello. ¿Somos conscientes de eso?Me pregunto si muchas veces quienes nos proclamamos cristianos no estamos realizando gestos (como el de la señal de la cruz) por una simple costumbre, a veces con una gran mezcla de “superstición”, quizás creyendo que la “protección” del Señor es casi como algo “mágico” que nos vendrá sólo por un simple gesto que podamos realizar, y nos olvidamos que nuestro seguimiento de Jesús implica un compromiso de toda nuestra vida y que por lo tanto nuestros actos deben reflejar esa fe que tenemos siguiendo el camino que Él nos ha señalado.


El realizar el gesto de la señal de la cruz, sin dudas que no es suficiente si no va acompañado de otros gestos que tiene que ver con nuestra condición de creyentes. Gestos de acercamiento al que sufre, gestos de amor con quien está necesitado, gestos que signifique respeto a la vida de los demás, ya que Jesús nos enseñó que para ser sus discípulos y que así los demás puedan identificarnos como seguidores suyos, debemos “amarnos los unos a los otros”, y no quedarnos “simplemente tranquilos” porque realizamos determinados gestos, pero que sin el compromiso con los demás, quedarán vacíos.


Autor: Padre Oscar Pezzarini

2009/10/14

¿Quién manda a quién ?




Es verdad que hoy en día tenemos abundante lectura de lo que ha de hacer, pero poca encontraremos de lo que no ha de hacer un jefe, directivo, gerente, etc. todo aquel que mande. ¿Qué es lo que no se ha de hacer en un puesto de mando, ojo en el puesto? difícil pregunta de responder, para usted y para mí. No digo que sean los mejores nortes, pero algo percibí:


-Demostrar favoritismos: malo, malo, malo. No olvides que las personas tenemos la percepción muy desarrollada en los agravios comparativos, sobre todo si son agravios. Es claro que cualquier diferencia de trato generará, sin duda, un malestar difícil de suavizar y qué difícil. Pues también llevan razón, como no sentirse mal si te inclinas por unos y no por otros. Las preferencias dañan las relaciones humanas. El trato debe ser igual para todos. ¿por qué las diferencias?...


-Autoexigirse menos que se exige a los otros. Como no, sí, es complicado querer pedir lo que no puedes dar. Imagina un jefe que exige puntualidad y llega cada día tarde. Este tipo de jefes sólo manda con autoritarismos. Como no hay de donde sostenerse. Me pasó, y me fue de mala gana, entonces aprendí que nadie responde si tú no eres el primero. Es clave el ejemplo, sin ello no pidas nada.


-Dejar de formarse: sin caer en la "diplomitis" toda persona responsable de un equipo ha de estar al día en las nuevas técnicas, no olvidar que estamos en un puesto donde se tiene que prosperar. Es verdad que cuesta, es una inversión de toda índole: tiempo, dinero, esfuerzo, pero sin formación no se va a ninguna parte, sino a la mediocridad. El trabajo de cada día forma mucho, tanto o más que la formación teórica, bla, bla, bla, ya no ayuda. Lo mejor es combinar ambas en un constante feed back.


-Pensar que la culpa es de los otros. Aceptar nuestras imperfecciones nos molesta, y aquien no, si es el jefe se enfurece peor, es que como es el jefe, cree equivocadamente que está libre de error . Un jefe se ha de cuestionar los propios errores y aceptar la autocrítica y tambipen la crítica. Pero con hidalgía, con humildad. Es de humanos reconocer que tenemos limitaciones. Aprendemos en el camino, en la experiencia, en el libro, en la interacción se APRENDE. Siempre habrá alguien que esta más preparado que yo, reconózcalo. Haciéndolo mejorará.


-Ser blando es sinónimo de incompetente. Hacer y decir lo que se tenga que hacer con firmeza y ganas de enseñar y ayudar es recibido con agrado. La forma blanda de actuar y mandar es propia de las personas inseguras. Se trasluce cierto temor y desconocimiento. Los jefes blandos generan colaboradores sin autoexigencia.


-Amonestar culpando. No se ha de pasar la factura de lo que está mal hecho. Ni el "memo" por la falta cometida, ni el espanto con el rostro colorido. Ni buscar el motivo para desprestigiarlo. El colaborador ha de tener la oportunidad de explicarse y seguidamente se le han de hacer ver las consecuencias de su actuación incorrecta, marcando una nueva línea de colaboración hacia el futuro con el correspondiente seguimiento. Se conversa con altura y respeto, pero sobretodo ayudando, al final crece el jefe y su subordinado.


-Criticar y/o sobreproteger. Tanto la crítica como la sobreprotección exagerada anula a las personas. No permite que crezcan, no la motiva, ni la despierta, al contrario, la hace gente insegura, faltos de iniciativa. Estos colaboradores nunca asumen responsabilidades por temor a lo que se pueda decir de su obrar y/o esperan que otros obren por ellos.


-Dar confianza. En equitativa medida. No es imprescindible dar mucha confianza para que los colaboradores se sientan reconocidos socialmente, al margen del trabajo. Pues, el reconocimiento es por añadidura, Para dar más, siempre se está a tiempo. Quitarla es más difícil y problemático. Crea asperezas. La confianza excesiva mata a veces la lealtad y el respeto.


-Navegar al viento de los trabajadores pendientes. Un jefe ha de saber en todo momento qué es lo que tiene pendiente, diferenciando lo urgente de lo importante. Hay cosas que apremian. Es básico tener el trabajo planificado. No hacerlo es ir al fracaso seguro.


-Querer hacerlo todo personalmente. Porque cree en su autosuficiencia, en pensar que solo yo tengo que hacer y solucionar todo. Que nadie más funciona como yo, que nadie lo haría mejor que yo. Los demás no pueden. Pues no, la delegación bien administrada y controlada es una de las piezas claves del puzzle del éxito. El otro también puede, solo dale la oportunidad para que muestre que es de mucha ayuda, así dos harán lo mejor.


Para finalizar, recuerda que quien manda mal no manda aunque mande.

2009/09/14

EN BUSCA DEL CAMBIO



COMPROMISO DEL CRISTIANO: EL CAMBIO

Quienes nos llamamos discípulos de Jesús necesitamos cambiar de mentalidad ante las enseñanzas sorprendentes del Maestro. Santiago nos propone a los cristianos un programa espiritual que implica un cambio en el estilo de vida que llevamos.

1. Cambiar la actitud. Según el libro de la Sabiduría, el impío piensa que el justo es un fastidio para él, porque es la conciencia crítica de su obrar; en lugar de admirarle e imitarle, como debería, prefiere someterle a prueba; incluso a la prueba de la muerte, saltándose las leyes humanas y divinas, para ver si el Dios en quien confía le protege y le salva. El justo, el fiel, el santo ha de ser admirado y propuesto como modelo digno de imitación. Es verdad que el hombre fiel es un reclamo a la conciencia, pero esto debe ser causa de alegría y de gratitud. ¿Por qué no acudir a Dios con la confianza del justo en lugar de ponerle a prueba incluso con la muerte?

2. Cambiar la mentalidad. No nos entra en la cabeza el que el Maestro tenga que pasar por el túnel del sufrimiento, que para ser el primero se haya de ser el servidor de todos, que en las nuevas categorías del Reino de Cristo el niño ocupe un lugar primordial. Se han de convencer vitalmente que el servir no es un favor que se hace alguna vez, sino el estilo habitual de ser cristiano y de vivir en cristiano.
Pero si quieren ser discípulos de Cristo tienen que cambiar. Han de aceptar que el sufrimiento es camino de redención para Jesucristo y lo sigue siendo para los cristianos. Deberán olvidar que el niño es algo que no cuenta en la reunión de los mayores, para llegar a la certeza de que acoger a quien no cuenta, al marginado, al débil, al necesitado es acoger a Cristo y mediante Cristo al mismo Padre celestial. El trato y la compañía de Jesús, por un lado, y la acción del Espíritu, por otro, realizarán el milagro.

3. Cambiar de vida.

Sólo cuando se haya logrado la nueva configuración existencial, "la sabiduría que viene de arriba, que es pura, pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía" guiará el obrar humano y cada uno de sus actos. Sin esta configuración que requiere gracia, esfuerzo y tiempo, las viejas estructuras seguirán vigentes y con ellas actuar conducido por las contiendas, las codicias, los deseos de placeres, las envidias. Cambiar la vida es la gran tarea del cristiano, llevada a cabo con constancia y entusiasmo.
Si cambiar el modo de pensar es difícil, mucho más lo es el cambio de vida. El Bautismo y la Eucaristía reestructuran al hombre por dentro, le infunden un nuevo modo de ser y un principio nuevo de actuación. En ello está la base del cambio de vida, pero este cambio requiere gracia de Dios, trabajo humano, tiempo para que las nuevas estructuras sean vitalmente asimiladas y configuren día tras día, acción tras acción, el comportamiento humano.

EL CRISTIANO DEBE ASPIRAR AL CAMBIO

1. Cambiar desde Dios. La cultura en la que vivimos y la mentalidad de nuestros contemporáneos está hecha al cambio. Se cambia más fácilmente que antes de trabajo, de ordenador, de coche, de casa, de país... Se cambian también los modos de pensar y vivir, los valores de comportamiento, y hasta la misma religión. El cambio está a la orden del día, y quien no cambia, pronto pasa a formar parte de los retros.
El cambio, al contrario, es propio de los progresos, que parece que lo llevan en el DNA. Pero, ¡claro!, no todo cambio es bueno para el hombre. Ni todo cambio indica progreso. Hay cambios que son una desgracia: que lo cuenten si no tantos emigrantes, obligados por la necesidad a dejar sus patrias; que lo digan tantas jovencitas obligadas a vender su cuerpo en el supermercado de la prostitución; que lo griten tantos niños obligados a trabajar en condiciones inhumanas o raptados para comerciar con sus órganos. ¡Esos cambios gritan al cielo!

El cambio al que la liturgia nos invita es el cambio desde Dios. Es decir, aquel cambio que Dios quiere y espera del hombre para que sea más hombre, para que viva mejor y más plenamente su dignidad humana. El cambio que Dios quiere es el de la injusticia a la justicia, del abuso al servicio de los demás, de la infidelidad a la fidelidad, del odio al amor, de la venganza al perdón, de la cultura de muerte a la cultura de la vida, del pecado a la gracia y a la santidad.

2. Tu proyecto de vida. Con sublime o minúscula claridad, todo hombre se bosqueja un propio proyecto de vida. Qué quiere ser, qué quiere hacer, a qué valores no puede dimitir, de qué medios servirse. Pienso que todo cristiano debería tener un pequeño proyecto o programa de vida en su condición precisamente de cristiano. Qué voy a hacer por Cristo y por mis hermanos. Qué valores voy a proponer a mis hijos. Por qué valores voy a luchar en mi vida personal, familiar, social.

Cuánto tiempo voy a dedicar a mi misión de apóstol de Jesucristo dentro de mi comunidad parroquial, diocesana, dentro del movimiento al que pertenezco. Qué iniciativa, pequeña o grande, voy a proponer para fomentar el sentido de Dios, para promover las vocaciones al sacerdocio o a la vida consagrada, para visitar y atender a los enfermos o a los que viven solos en mi barrio, en mi parroquia. No es necesario que sea un programa grande, completo. Haz un pequeño proyecto para un año. Un proyecto que te ayude a crecer en tu vida espiritual: dedicar, por ejemplo, un tiempo diario a la oración, o confesarte con más frecuencia y regularidad, o luchar con más decisión y energía contra el vicio del alcohol o de la droga blanda. Un proyecto que te mantenga activo en tu misión eclesial: dar catequesis, formar parte del coro parroquial, prestar más atención a la educación espiritual y moral de tus hijos. Al final del día, o al menos de la semana, reflexiona un poco sobre cómo lo has cumplido. ¡Cuánto bien puede hacer un pequeño proyecto!

2009/08/01

CINCO MINUTOS MÁS - LA RENUNCIA COMO CLAVE DEL ÉXITO


¡Cinco minutos más! Si pudiéramos conocer las diez frases más pronunciadas por los seres humanos al despertar, seguramente esta sería una de ellas. El inicio de un nuevo día es para algunos una pelea despiadada en la cama hasta poder dar finalmente el Knock out a la almohada y lograr levantarse.



“Dios creó el tiempo y el hombre la prisa”. Desde que entramos a este mundo contamos con un cronómetro que marca el inicio de la carrera de la vida en la que todos competimos, pero igualmente también este reloj nos marcará algún día su fin.

Nueve son los meses que tardamos en llegar a este planeta, pero basta sólo un segundo para salir de él. Italia ha vivido durante las últimas semanas uno de los peores terremotos de su historia. Más de trescientos muertos en tan sólo un instante. Bajo los escombros de varias ciudades de la zona de Abruzzo yacen para siempre todo tipo de objetos: computadoras, celulares, cajas de seguridad y uno que otro título de doctorado. Muchas son las historias en esta zona de Italia. Pocos los que las quieren recordar. Los bares y discotecas que antes sufrían de una explosión demográfica, ahora han quedado solitarios. Por el contrario, lugares como las iglesias contemplan el regreso de sus hijos con innumerables filas en los confesionarios. Y es que en realidad existe otro tipo de terremotos que sacuden fuertemente nuestra sociedad. Terremotos que sacuden el egoísmo o el orgullo, que tienen su epicentro en el corazón del hombre.

¿Cuánto vale un segundo? Quizás esto nos lo podría responder un velocista que haya ganado la medalla de plata. Muchas personas se quejan de no tener el tiempo suficiente. Pero ciertamente tenemos tiempo suficiente, si lo aprovechamos bien. A lo largo del tiempo, los seres humanos han empleado en peor o mejor manera su tiempo. Algunos de ellos durante su vida han iniciado grandes proyectos. Algunos incluso han hecho grandes descubrimientos a pesar de contar con poco tiempo. Buscaban la forma de aprovecharlo al máximo, algunos se desvelaban, y otros buscaban una mejor forma de organización personal. Ciertamente a nosotros quizás no nos toque inventar la luz eléctrica o el teléfono pero sí descubrir el valor de vivir con intensidad la vida.

Si fuera posible comprar el tiempo, seguramente habrían largas colas por adquirirlo. Quizás Dios sería el primero en querer comprar un minuto de nuestro tiempo para poder hablar con nosotros. No perdamos los mejores años de nuestra vida. Gastémoslos en aquello que nos haga más humanos como el hacer felices a los demás o el convivir con la familia.
La vida es corta y existe un mundo grande por conquistar. Ahora, como cada mañana, suena de nuevo el despertador en tu vida, quizás sea el mejor momento para despertar.

LA RENUNCIA COMO CLAVE DEL ÉXITO
La gente exitosa siempre nos produce admiración. En el fondo, todos quisiéramos ser triunfadores en la vida, ser los mejores en nuestro campo de interés, alcanzar éxito y reconocimiento por lo que hacemos. Sin embargo, varios años de vida, la experiencia de nuestros límites y alguno que otro fracaso nos hacen ver que no basta el deseo de alcanzar la meta. Se requiere más. ¿Qué han hecho los grandes campeones y las personas exitosas para alcanzar lo que han logrado? Un denominador común de todos ellos, además de un constatable talento individual, es el hecho de saber renunciar.

Recuerdo un chico que estudiaba con nosotros en la universidad. Era alto, apuesto y corpulento. Aún así, nunca le vimos en las fiestas. Formaba parte del equipo de natación de la universidad, que era el mejor equipo del país. Ostentaba el decimotercero mejor tiempo en los 100 metros libres en el mundo. A todos llamaba la atención su dieta, que era muy restringida en cantidades y concentrada en alimentos que no le hicieran perder ventajas a la hora de la competición. Era igualmente sacrificado era su horario. Cuando llegábamos a la universidad a las siete de la mañana, él ya llevaba una hora de entrenamiento en la piscina y terminaba una hora más tarde. Después de asistir a clases, volvía a la piscina a las doce. Comía, estudiaba y terminaba el día con otro par de horas de entrenamiento por la tarde. A cada rato le veíamos en el periódico. Ganó premios y medallas e incluso cumplió su sueño de representar a su país en las Olimpiadas.

La búsqueda de un objetivo implicará siempre una renuncia. ¿Quieres llegar a ser un millonario? Tendrás que estudiar, esforzarte, trabajar mucho, tomar decisiones arriesgadas y hasta sacrificar tiempos normalmente reservados al descanso y a la diversión. ¿Quieres jugar un mundial de fútbol? No lo lograrás jamás si no te entrenas, si no potencias tus talentos futbolísticos, si no cuidas tu alimentación y tu condición física y si no estás dispuesto a renunciar a otras actividades que pudieran interferir con tu carrera deportiva. ¿Te gusta una chica? Conquistarla significará hacer lo que a ella le gusta, dedicarle buena parte de tu tiempo e interés y dejar de salir con otras chicas, incluidas tus amigas. ¿Pensabas realmente poder lograr algo en la vida sin renuncia?

Todos los seres humanos anhelan profundamente la felicidad. Seguramente, también tú. Pregúntate: ¿vives como quien busca sinceramente ser feliz? Muchos piensan que sí. Sin embargo, al mismo tiempo no renuncian nunca a nada y se conceden todo. Ese modo de vivir evidencia un egoísmo desmedido, que conduce a la soledad y a encerrarse en uno mismo despreciando a los demás. Cuesta pensar que alguien pueda desear eso para sí. Feliz, más bien, es el hombre abierto, alegre, reflexivo, libre, esforzado, rodeado de amigos, comprometido en la conquista de sus metas y en el bien del mundo y de las personas que le rodean. Nada de esto se obtiene sin antes haber aprendido la renuncia.

Llave del éxito es la renuncia. No importa el tipo de meta que te hayas propuesto: material, deportiva, económica, afectiva, intelectual, incluso espiritual. Sea cual sea, quererla no bastará. Hay que trabajar por ella aplicando los medios necesarios. Un medio imprescindible es la renuncia. Aplícala con paciencia y decisión, y con ella alcanzarás los éxitos que buscas, tus metas y tu misma felicidad.



2009/06/21

Ancestral figura del Padre


Junio es el mes elegido por muchos países para festejar el Día del Padre. La mayoría -como la Argentina, Colombia, Cuba, Ecuador, México y Paraguay- lo fija el tercer domingo de junio; en otros, como en Chile o Austria, la fecha cae el segundo domingo. El resto de los países lo distribuye a lo largo del año.

La literatura no ha sido ajena al reconocimiento de la figura paterna. Desde los inicios de la cultura occidental, en una obra fundante de la forma en que se piensan las relaciones entre padres e hijos como es Edipo Rey (de la que surge el famoso "complejo de Edipo" y la idea de que en todo niño existe una atracción sexual inconsciente por la madre y un sentimiento de odio -también inconsciente- hacia el padre), hasta el poema gauchesco más famoso del siglo XIX, el Martín Fierro -que asegura en un par de versos citados en múltiples pósters y señaladores que "Un padre que da consejos / más que padre es un amigo"-, la literatura ha ido cristalizando caracterizaciones de la imagen del padre tal como el imaginario colectivo se las fue dictando. Los abordajes al vínculo suelen partir de emociones fuertes. En el extremo negativo, se encuentra paradigmáticamente la Carta al Padre, de Kafka. En ese texto -que, como explicamos en la descripción de la obra, no puede considerarse autobiográfico con todas las letras- aparecen el reproche, las acusaciones, la venganza verbal ahora que el escritor se encuentra en condiciones de tomar él mismo la palabra:
"Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación." (...)"Si comenzaba a hacer algo que no fuera de tu gusto y tú me amenazabas con el fracaso, el respeto por tu opinión era tan grande en mí, que el fracaso, aunque fuese mucho más tarde, era irremediable. Perdí la confianza en mis actos. Yo era inconstante, indeciso. A medida que fui creciendo aumentó el material que podías señalar como testimonio de mi inutilidad; poco a poco, en ciertos aspectos, comenzaste a tener razón."
Pero también hay quienes evocan la figura del padre del modo opuesto: con gran apego y agradecimiento, valorando lo que el autor comprueba como herencia en su propia vida, en sus propias elecciones y en sus propios gestos. Así, Borges, en el texto "Posesión del ayer" decía:
"Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. Cuando quiero escandir versos de Swinburne, lo hago, me dicen, con su voz. Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos".

Por su parte, en El viaje sedentario, el escritor mexicano Gonzalo Celorio repasa los últimos años de su padre y encuentra en ellos muchas razones para explicarse quién es él mismo hoy en día. La historia del padre también aparece como un refuerzo de su identidad:
"Cuando ya no tenía otra ocupación que la de inventar, papá se procuró una retahíla de comodidades que le consentían quedarse sentado en su escritorio. No existía entonces la pastilla disolvente que puede llevarse a cualquier parte si usted padece agruras. Papá inventó un salero en forma de pluma que, al ser girada, dejaba al descubierto unas perforaciones por donde se vaciaba, sobre un simple vaso de agua, su contenido efervescente, útil para usted que va de aquí para allá y ni manera de andar cargando con el frascote de Picto. Pero papá jamás salía de casa y su invención no tenía otro objeto que la permanencia en su escritorio cuando lo asaltaban las agruras.

Tanto cuento para decir solamente que soy hijo de papá; que amo los enseres del escritorio -los papeles y los lápices y sobre todo las gomas de borrar- tanto o más que la escritura; que acaso, sin saberlo, escribo lo que ya escribieron otros; en fin, que estar sentado en mi escritorio (aval de mi acidia y mi jubilación, tan prematura como mi nostalgia) justifica mi vida. Escribir es una manera de quedarse en casa: tener la sal de uvas a la mano para aliviar la acidez sin necesidad de levantarse."

Finalmente, el crítico literario Alberto Giordano, en Una posibilidad de vida. Escrituras íntimas, recuerda (mientras piensa capítulo tras capítulo la forma en que los autores construyen sus autobiografías):

"Una tarde muy triste, para consolarme, y también para disculparme por haber tenido que dejarlo solo en la clínica en la que estaba internado, traté de recordar y escribir la imagen de papá que me parecía más feliz, la que mi memoria podía ofrecer como prueba de qué, al fin de cuentas, nos quisimos y compartimos, del modo equívoco en que pueden compartir algo de sus vidas un padre y un hijo, momentos dichosos. En una de las mesas del bar del aeropuerto de Córdoba, mientras esperaba el avión que me devolvería a Rosario, sobre unas servilletas que después guardé dentro de un libro y al final perdí, escribí que si alguien me preguntaba en ese momento cuál era la imagen de papá que más me gustaba recordar mi respuesta inmediata habría sido: la imagen de papá esperándome en la plataforma de llegada de una estación de ómnibus, o mejor, la imagen de papá en el momento en que me reconoce entre los pasajeros que descienden. Puede ser en Buenos Aires o en Córdoba, en Tucumán, incluso en Rufino, el ómnibus ya se detuvo y desde la fila de los ansiosos que apuramos la llegada descubro a papá entre los que esperan. Todavía no me ve y está alerta, en una anticipación de todo el cuerpo que se prepara para la alegría de los besos y los abrazos. Ahora sí, me descubre, y viene a mi encuentro. Se mueve con una mezcla de dureza y plasticidad que, sin proponérselo, resulta elegante, como si en el presente del cariño algo del pudor y la timidez originarios se ablandara con la visión de la llegada del hijo. Sonríe, con entusiasmo, con generosidad, y la cara, que ya era encantadora en la espera, ahora resplandece. Aquí no hay dudas, la fuerza de esta imagen suspende la cantinela familiar de los olvidos y los resentimientos. Acabo de llegar y, sin decir nada y sin saberlo, papá me da lo mejor que un padre le puede dar a un hijo: la certidumbre de que es bienvenido."

Todas estas nos parecieron logradas evocaciones de una figura seguramente central para la vida de cada uno de nosotros. ¿Conocen ustedes otros textos que toquen el tema de forma interesante? Pueden enviarnos textos ajenos y textos propios sobre la relación padre e hijo aquí...