2010/01/09

¿Por qué tajear la piel?


En la actualidad son muchos los problemas que presentan los adolescentes, cada vez sus emociones y sentimientos se ven expuestos de modo inesperado y poco descifrable. Lo cierto es que ellos buscan la manera de tener la atención de los adultos, como es normal.
En las escuelas es ya común, que mientras el maestro desarrolla la clase, las o los estudiantes están tajeandose el cuerpo, especialmente brazos y piernas. Al parecer este acto tiene para ellos más emoción y motivación que la clase de Historia, Matemática o Lenguaje. Ellos creen ver en su autoagreción una forma de desahogarse, y porqué no, de mostrar, a los otros, que existen y que están pasando angustias que nadie atiende ni entiende.


Susana Mauer y Noemí May, psicoanalistas nos explican este problema en las siguientes líneas:

Grité porque me salió mucha sangre. Se me fue la mano, por eso se enteró mi madre... Sólo me corto algunas veces, cuando no puedo más conmigo."
Zoe, de 15 años, empezó a rayarse la piel con la punta de un compás en el colegio. En la consulta psicoterapéutica refiere problemas de relación con sus padres y sus compañeros. Mantuvo ocultas tanto sus lesiones en los brazos como sus comportamientos bulímicos (vomitaba varias veces al día). Sólo se aliviaba por momentos, luego la inundaba el arrepentimiento. Una frustración amorosa fue el desencadenante de ambas expresiones de rechazo de sí misma.

Jugar con el filo de la navaja, como hace Zoe, hoy se ha convertido en una fuente de goce adolescente. Este impactante fenómeno denominado self cutting syndrome (autolesiones en la piel) es una práctica cada vez más frecuente entre los adolescentes, que consiste en rayarse los antebrazos compulsivamente con objetos punzantes, produciendo pequeñas incisiones superficiales, cercanas a las venas.

El contorno de las venas es explorado y tajeado en un acto riesgoso, que pone de relieve la intensidad emocional alterada de ciertos adolescentes. Este acto que requiere de un milimétrico control en la incisión resulta paradójico en relación con el descontrol impulsivo que le da origen. Con una actitud omnipotente, ostentan provocación y minimizan la exposición al peligro. Escenario del conflicto.


El cuerpo está marcado por la cultura como el terreno de operaciones concreto, tangible, de las búsquedas siempre conflictivas que hacen a la adolescencia. Un cuerpo cuya "imagen de perfección" hoy es sólo viable si está intervenido, más precisamente, tallado con bisturí. Ya la temprana adolescencia encarna este discurso, llegando a lastimar al propio cuerpo con gilletes, biromes, cutters , navajas.
Hay una innegable distancia entre escrituras como los grafitis en pupitres escolares o paredes públicas y aquellas que tienen como soporte el cuerpo. A diferencia del tatuaje, cuya imagen se ofrece a la vista o a la lectura en forma más explícita, las cicatrices de las lesiones de piel son fruto de un acto desesperado que esconde un pedido de ayuda.

La sociedad absorbe estos fenómenos con relativa indiferencia. Las tribus urbanas los han incorporado como rasgo de pertenencia. Así, se diluye su connotación patológica.
En la adolescencia, la piel tiene un protagonismo especial en el contacto con los otros. Es a la vez envoltura y presentación de sí, contexto de la seducción, de la sensualidad y de manifestaciones emocionales. Por otra parte, los límites y su transgresión resultan ser un foco de alta tensión en los vínculos parento-filiales. Si los contornos generacionales entre adultos y adolescentes se homologan, se entorpece el trabajo adolescente de conquista gradual de su autonomía. Y el límite, que en este caso es la piel, se convierte en el escenario del conflicto. En este contexto, la intervención parental constituye un punto de referencia y de confrontación.Y su inhibición, una fuente de posibles complicaciones.

El abordaje terapéutico se propone rescatar este fenómeno que transcurre en la piel, en el límite de lo psíquico y de lo social, para volverlo accesible al trabajo de elaboración en lugar de mudo desgarro.
Las autoras son psicoanalistas y escribieron el libro Desvelos de padres e hijos

Envidia

"Tengo envidia de tu sombra / porque está cerca de ti./ Y mira si es grande mi amor, / que cuando digo tu nombre / tengo envidia de mi voz", cantaba lastimosamente José Feliciano. Pero el poder de la envidia trasciende la ilusión romántica. La de Blancanieves, sin ir más lejos, más que una historia de amor, es un relato de venganza, traición y envidia. Y ni hablar de Cenicienta, cercada por mujeres tan carcomidas por la envidia que imponen un obstáculo tras otro en aras de impedir que la de los pies pequeños concurra al baile en el palacio. Y aun si el envenenamiento del genial Mozart por Salieri fuera fantasía pura, la envidia del italiano no es sino una reacción natural a la lotería de la vida: haber nacido en el momento y en el lugar equivocado, dotado con un talento enorme opacado por la genialidad indiscutible de un rival.

Retratada como destructiva, inhibitoria, inútil y dolorosa, la envidia es condenada como uno de los siete pecados capitales. Nadie duda del papel siniestro y abismal de la envidia en la existencia humana. Porque se la suele acusar de irracional, imprudente, viciosa, equivocada. Porque se la considera innata y arrasadora, y se la oculta tras las máscaras de la crítica amarga, la sátira, la injuria, la calumnia, la insinuación pérfida, la compasión fingida y hasta la adulación servil. Y porque se recae en ella, una y otra vez.

Definida como la aflicción vivida por un sujeto cuando siente que no posee algo que su rival sí posee, a propósito de ella Ivonne Bordelois nos enseña en Etimología de las pasiones que in-vidia (de video, vedere, de donde proviene el verbo ver) significa "la mirada penetrante y agresiva de un ojo que, movido por alguna forma de animosidad, antipatía, odio o rivalidad, se hinca enconadamente en el de su enemigo para perforarlo y destruirlo".

Tan compleja de representar en las artes plásticas como fáciles lo son la tristeza, la alegría o el temor, es casi imposible retratar a un personaje con una maestría tan excelsa que, con sólo observar el retrato, se logre percibir en ese rostro al envidioso. Tal vez porque el envidioso no se alimenta de las diferencias reales sino de lo que le devuelve su percepción subjetiva, en tanto y en cuanto sólo ve lo que confirma su envidia.

Pese a su fuerza corrosiva (o tal vez explicable, precisamente, por ella), es la última de las emociones que cualquiera admitiría no sólo ante los demás sino incluso ante sí mismo. El tabú que desalienta toda declaración abierta de envidia es universal, pues se está dispuesto a admitir cualquier otro defecto antes que a reconocer que se es envidioso. Y aun cuando uno es capaz de conceder "envidio tus triunfos" o "envidio tu auto", parecería que sólo nos permitimos confesar esa debilidad cuando las circunstancias y el vínculo con el envidiado, al menos en la versión oficial, excluye la posibilidad de una envidia genuina, destructiva. Genealogía

¿Cuáles son las condiciones que favorecen la aparición de la envidia?
Ya decía Aristóteles en Retórica que se envidia a un semejante, "el alfarero al alfarero". Porque es posible envidiar a un rival con el que se está en condiciones de competir, no a alguien tan inferior o tan superior que dicha asimetría vuelva imposible establecer una comparación. Y según reza el proverbio, "reina entre vecinos": el envidioso piensa que si su vecino se quiebra una pierna, él va a ser capaz de caminar mejor. En el plano discursivo, la envidia puede expresarse elogiando lo que es malo o, alternativamente, guardando silencio frente a lo bueno, porque todo aquel que elogia a otro, en su propio campo o en uno lindante, en principio se priva a sí mismo de dicho elogio (una de las razones por las cuales se acostumbra agradecer a los jurados de un concurso en el que, por su propia función, son excluidos de la nominación). Como en un sube y baja, todo elogio se pronuncia al costo de la propia reputación.

Por añadidura, el sentimiento de inferioridad es un factor esencial. El envidioso debe ser capaz de imaginarse la posibilidad de poseer el atributo deseado. Pero debe creer al mismo tiempo que ese atributo deseado está más allá de su poder y que jamás podrá ser alcanzado. Ese dispositivo imaginario se condensa mejor en un "podría haber sido mío" que en un "será mío", ya que lo deseado se encuentra próximo en la imaginación pero inalcanzable como predicción. El teórico social noruego Jon Elster sugiere que una princesa puede envidiar a una reina y las estrellas de cine a otras estrellas, pero la mayoría de los mortales no envidia ni a una ni a otras (o a lo sumo, las envidia débilmente).

La envidia, por otra parte, es una emoción que opera como en el tiro al blanco: sin un objetivo, sin una víctima, no se siente envidia. Su contrapartida puede ser la soledad del envidioso, quien no desea ser reconocido en su bajeza por el envidiado. Y hasta cualquier demostración de afecto o de amistad que éste pueda profesarle, a la espera de cierta reciprocidad y reconocimiento, puede resultar contraproducente: cuanto mayor es el afecto que se demuestra hacia el envidioso, mayor es su envidia.

Puesto que se carece de parámetros objetivos, no sociales, en el cálculo del propio valor se tiende a tomar a los otros como estándares. Cuanto más decepcionante es nuestro desempeño respecto del de nuestros pares, más disminuye la autoestima. En particular, cuando las comparaciones sociales no nos favorecen, se suele construir una imagen de sí en forma sesgada al servicio de la autoestima. Mediante este salto tramposo, se explica en parte cómo el dolor odioso de una comparación de la que se sale desfavorecido puede ser metamorfoseado en una emoción más soportable para la imagen de sí.

Tan unívoco es el mandato de ocultar(se) la envidia que suele ser reemplazada o transmutada en otras emociones. Con su talento para disfrazarse, la envidia tiene hermanastros tan tormentosos como ella misma: los celos, el resentimiento y la indignación. Malditos celos
La envidia y los celos tienen en común que una y otros suponen algo que le importa mucho a quien envidia o siente celos. Pero mientras que en la envidia se desea lo que no se posee (deseo de obtener o de lograr algo), en cambio en los celos se manifiesta un temor de perder lo poseído (¿acaso Serrat no cantaba "no hay nada más dulce que lo que nunca he tenido, / nada más amargo, que lo que perdí"?).

Las diferencias no terminan allí: la envidia es una relación en la cual el envidioso codicia algo presuntamente poseído o logrado por el envidiado, cuando en verdad la preocupación del envidioso es que sea el otro el poseedor de algo material o no que él no tiene. Los celos, en cambio, conforman una relación triádica que involucran al celoso, al rival y al ser amado ("Las estrellas, celosas, nos mirarán pasar", poetizaban Le Pera y Gardel). El motivo de preocupación del celoso no es el rival sino el amado, aquel cuyo amor (o afecto, o alta estima) se teme perder en la medida en que un rival (las más de las veces, imaginario) puede poner en peligro la relación privilegiada y exclusiva que el amante mantiene con el amado. La imaginación es tan esencial a los celos que Proust la compara con un historiador sin documentos, pues los elementos probatorios son exigidos recién una vez que se comprende haber caído en un error (piénsese si no en Otelo, que comprende tardíamente, ante el cadáver de la fiel Desdémona, la trampa que le ha tendido un Yago ahogado en la envidia).

Aunque no es un axioma. Tanto se juegan los mecanismos imaginarios del yo que la pérdida es menos humillante si se es abandonado por un rival percibido como superior o por quien parece merecer más esa relación: cuando Camilla abandonó a su marido, el señor Parker Bowles tal vez habrá sentido que, al fin y al cabo, no era tan humillante ser desplazado por el príncipe de Gales -sin entrar a discutir los (controvertidos) méritos de Carlos- como por un jefe de oficina pedestre. Y como prueba del papel de la autoestima, en ausencia incluso de todo glamour, se señala la asimetría subjetiva sentida cuando se es abandonado por otro y cuando se es abandonado sin la sospecha de un tercero, cuando el adiós se vive con dolor pero sin celos.

El filósofo Georg Simmel distinguió un fenómeno intermedio entre la envidia y los celos: el deseo envidioso de poseer algo o a alguien, no porque sea especialmente deseable para el sujeto, sino porque es de otros; reacción emocional que puede expresarse de dos formas que reniegan, una y otra, de lo deseado: una es renunciar al objeto ("ya no me importa"). La otra forma es la indiferencia (la célebre fábula de la zorra y las uvas) o hasta una aversión al objeto ("lo odio"). Y en una u otra de sus formas, sentir horror ante el mero pensamiento de que otro pueda poseerlo ("prefiero verlo destruido antes que otro lo posea"). Simmel advertía que quien se siente abismado en un deseo envidioso puede no desear poseer el logro codiciado, y en caso de que pudiese llegar a poseerlo, ni siquiera podría disfrutarlo, pero no soporta que otro lo disfrute. Envidia el yate de uno aunque sufra de mareos y la avioneta de otro aunque sienta vértigo.

El envidioso no tiene un interés genuino en que algo valioso en poder de otra persona le sea transferido a él, aun cuando querría ver al envidiado robado, desposeído, humillado o lastimado. Si lo que envidia es el prestigio, el talento o la belleza, puede cobijar el deseo de que el envidiado pierda ese prestigio, ese talento o esa belleza, a sabiendas de que lo perdido no será de nadie. En contrapartida, dado que el envidioso sobrevalora y hasta idealiza lo envidiado, enfrentado a un disvalor o a algo que le resulta indiferente, no poseerlo no erosiona su autoestima. Más aún, si otro se destaca en una habilidad o posee un objeto escasamente valorado por el envidioso, hasta puede provocar un sentimiento opuesto a la envidia: si un amigo es campeón de truco o en el juego de tejos, puedo sentirme orgullosa de él. E incluso voy a mirar con simpatía su colección de caracoles.
Cautivos del resentimiento
Prosiguiendo la línea trazada por Simmel, Melanie Klein observa en Envidia y gratitud que el envidioso persigue destruir a su víctima en su capacidad creadora y de goce, pues no puede soportar que un otro posea algo y él no lo posea. Intenta, entonces, denigrar y hasta destruir al otro para autoafirmarse en su narcisismo.

El resentimiento posee otra naturaleza. En las esclarecedoras páginas de Resentimiento y remordimiento, es caracterizado por el psicoanalista y escritor Luis Kancyper como "el amargo y enraizado recuerdo de una injuria particular", una suerte de rencor del cual nace el deseo de venganza. A diferencia de la envidia, que procura destruir al objeto, "el impulso resentido no persigue destruir al objeto sino castigarlo", nutriéndose del deseo de recuperar una realidad imposible en la ilusión de un tiempo circular. Pero como no puede destruir al objeto, lo tiene que preservar y controlar para poder continuar vengándose de una herida narcisista y de traumas injustamente padecidos de los que intenta vengarse.

"Después... ¿qué importa el después? / Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado, / eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado / como un pájaro sin luz", revelaba Homero Expósito, con belleza impar, una de las facetas más demoledoras de la condición humana. El peligro es que si el sujeto se queda detenido con su resentimiento a cuestas, el tiempo de ese pasado vivido como injusto anega las tres dimensiones del tiempo: el presente permanece obturado por la memoria del rencor (cerrándolo con sus frustraciones resignificadas y reactivadas una y otra vez) y el futuro obliterado, obstruido, por la pasión de la venganza.
¿La indignación dignifica?
Con el fin de poder ser aceptada por los demás y por nosotros mismos, la envidia suele mutar en otras figuras más decorosas. Puede, entre otras, metamorfosearse en indignación. Pero conviene distinguirlas: cuando la superioridad de un rival, medida según estándares objetivos, es dolorosa pero se reconoce como justa, la envidia suele enmascararse tras la retórica de la reivindicación ante una injusticia. En contraste, toda vez que sentimos que, objetivamente, nuestra desventaja es tan inmerecida como injusta la ventaja del rival, no provocará envidia sino indignación. En otras palabras, una vez que los sentimientos hostiles son legitimados, la envidia residual se transmuta en indignación, sentimiento más apropiado y aceptable para el yo privado y público. Si mi rendimiento laboral es claramente superior al de mi compañera y pese a todo, la ascienden a ella porque es la favorita del jefe, la envidia por su ascenso se trastocará en indignación. Y de allí a la autocompasión media un solo paso, ya que apiadarse de uno mismo puede ser un remedio eficaz a la hora de eliminar toda comparación envidiosa que amenace la autoestima.
Metamorfosis
Si nos sentimos inferiores por una comparación poco ventajosa, ¿por qué no terminar por rendirnos a esta realidad? ¿Por qué no sentirnos felices por la superioridad del otro y, tomándolo como modelo, inspirarnos en él? Ese pasaje se prefigura en el lenguaje. Bordelois observa que el prefijo in- de in-vidia es ambivalente, pues puede significar tanto hostilidad como también "encerrar un secreto homenaje: en el fondo, la envidia es la mensajera nocturna de la admiración". Incluso Kierkegaard, quien consideraba la estupidez y la envidia como las dos grandes fuerzas de la sociedad, observó que "la envidia es admiración oculta. Un admirador que siente que la devoción no lo puede hacer feliz elegirá transformarse en un envidioso de lo que admira".

El envidioso es impulsado por una inferioridad presuntamente inmerecida, escudado en que esa situación subalterna no refleja su verdadero valor. Pero una vez que el objeto de la envidia es percibido claramente como superior al envidioso, ese mecanismo de defensa ya no funciona y, una vez eclipsada la hostilidad, la envidia puede ceder su lugar a la admiración. La diferencia entre una y otra es la que hay entre los antagonistas en una competencia (Federer versus Nadal) y los espectadores desinteresados que contemplan el torneo, capaces de admirar a los antagonistas sin envidia.

Otra de sus metamorfosis se produce cuando la envidia, devenida primero admiración, logra transmutarse en emulación -el deseo de evitar e incluso superar las acciones ajenas-. Por tortuoso que fuera el camino, el sujeto alcanza una emoción al servicio del yo pues, quien busca hacer lo que otro hizo, ya no vive cautivo de su odio. Y si bien la emulación requiere un rival, un competidor, éste no tiene que ser visto como un enemigo, y hasta puede tratarse de un amigo cuyo ejemplo estimula el talento propio.

Pero cuando los sentimientos de admiración y emulación fracasan, la envidia se metamorfosea en vergüenza. Mientras que la primera se bifurca entre el yo y el sujeto envidiado, la vergüenza nace en un yo defectuoso que concentra su atención en sí mismo, sin la presencia necesaria de una comparación subjetiva desfavorecedora. En particular, la vergüenza emana de tres fuentes: la vergüenza de sentir envidia y su sentido de inferioridad concomitante, la vergüenza de darse cuenta de que uno es culpable de su propia inferioridad y la vergüenza de sentir vergüenza. Nos resistimos a admitir su existencia porque socialmente es censurada y porque reconocer la propia envidia significa admitir, a fin de cuentas, nuestra condición paupérrima.

Así como la admiración y la emulación constituyen una salida socialmente aceptable a la envidia, y la vergüenza supone una dosis de sinceramiento, en el otro extremo del espectro moral se descubre un sentimiento tan abyecto que ni siquiera, en nuestro idioma, contamos con un término para designarlo. Schadenfreude es una palabra del idioma alemán que designa el sentimiento oculto de regocijo ante el sufrimiento o la infelicidad de otro. Políticamente correctos
La antigua, rastrera e inequívoca palabra "envidia", que designa un proceso secreto y silencioso no siempre verificable, suele ocultarse tras la fachada más decorosa y políticamente correcta del "conflicto", conducta abierta y práctica socialmente aceptada. ¿Cuál es la diferencia que desautoriza a una y legitima al otro? Mientras que toda vez que aludo a la envidia debo aceptar que uno de los contrincantes es consciente de su inferioridad frente al otro, en cambio, cuando me dirijo a dos o más personas o grupos en conflicto, no necesito determinar quién es inferior.

Quizá fue la predilección de los sociólogos por los fenómenos observables la que condujo a la sustitución de la envidia por el concepto de "conflicto", empobreciendo numerosos aspectos de las relaciones sociales y humanas explicables en términos de envidia -una emoción muy primaria- pero no de conflicto. Se ha dicho, no obstante, que la sociología de la envidia pasa por alto que, entre el envidioso y el envidiado, no tiene por qué haber conflicto: lo irritante para el envidioso y lo que aumenta su envidia es su incapacidad para provocar un conflicto abierto con el objeto de su envidia. Furia inmortal

Para distinguir la envidia justificable de la que no lo es, se distinguió entre la envidia a secas y la envidia "sana". Yo puedo envidiar sanamente el talento musical de una amiga, y ni remotamente deseo que pierda ese talento. Y en muchos otros casos de envidia "sana", las acciones del sujeto se dirigen a asegurar lo deseado para sí mismo, más que a minar al rival. Esas actitudes probarían la posibilidad de sentir una envidia exenta de connotaciones negativas.

A fin de cuentas, si nos detenemos en sus aspectos más benévolos, podemos tender sobre todas estas emociones indignas un manto de piedad: los celos son un mecanismo afectivo para preservar relaciones excepcionales y la indignación restablece momentáneamente la imagen del yo. Una envidia moderada ofrece una salida a la depresión, una ocasión para crecer y cierta esperanza en superar los obstáculos. Y hasta la envidia destructiva puede ser metamorfoseada en una competencia honorable y constructiva. No sólo eso: se ha dicho que la envidia conduce, en el espacio macrosocial, a un reclamo de justicia, a un igual tratamiento para todos: si uno no puede ser el favorito, nadie lo será. Un club de fans, por poner un ejemplo elemental, expresaría una acción común basada en que nadie puede tener al ídolo. Y hasta la solidaridad en la que se renuncia a un bien para que pueda ser compartido con otros ha sido vista como el efecto de una mutación forzada de la hostilidad original.

Por su historial deplorable, la envidia es una de las emociones más silenciadas de la condición humana. Y si se la desea analizar en su abismal profundidad, como se examina, en una suerte de vivisección existencial, un órgano con un escalpelo, se descubre que cuanto más oculta, más fascinante. El novelista Laurence Sterne ironizó cáusticamente que "la muerte cierra tras de sí la puerta de la envidia y abre la de la fama". Y mucho antes Aristóteles había sentenciado, a modo de consuelo escatológico, que los muertos ya no son nuestros rivales. Hasta solemos consagrarles todos los honores escatimados en vida mientras silenciamos sus vicios y miserias. Pero nada de lo pavoroso parece ajeno a lo humano. ¿Acaso la envidia de los muertos, rondando como espectros, no puede continuar acechando el reino de los vivos, perseguidos en la intimidad de su conciencia por esa furia inmortal que triunfa sobre el tiempo y la finitud?

Autor: Diana Cohen Agrest
El autor de esta segunda parte del tema "Envidia", tiene mucho de acierto, por ello creo conveniente tomarlo. El consejo no es del todo sano, pero desde luego con algo de comicidad ayuda a paliar este sentimiento tan incrustado en la humanidad.
Estrategias contra un envidioso
1) Rebajarás tus éxitos. Le harás saber todo el tiempo que te va mal y buscarás su solidaridad en la mala.
2) Le darás a entender que él está por encima de vos en carácter y en talento, y que lo admirás sin desmayos.
3) Sugerirás con el cuerpo y la palabra que él es tu jefe y vos, su subordinado.
4) Exagerarás tu autocrítica: literalmente, despedazarás tus propios logros, relativizarás tu pericia y adjudicarás todo el tiempo tus aciertos a la suerte.
5) Profetizarás tus inminentes fracasos una y otra vez.
6) Estarás muy atento a lo que el envidioso haga y saludarás la mínima acción positiva. No sólo le celebrarás los goles; también le festejarás los laterales y los córners.
7) Te comunicarás con él por medio de la lástima, destruirás a sus enemigos y buscarás su complicidad para hablar mal de terceros. Como se sabe, nada cohesiona tanto como el odio. El odio es más fiel que el amor.
8) Le dirás de vez en cuando que lo envidiás. Pero que lo envidiás sanamente.
9) Lo acostumbrarás a ser vulnerable al elogio. Y lo elogiarás siempre.
10) Nunca bajarás la guardia: al envidioso la envidia le brota espontáneamente, y podés pasarla mal.
11) Te alejarás lentamente y nunca le darás la espalda. Y lo más difícil de todo: no te contagies. La sustancia del envidioso es altamente contaminante.
12) Un envidioso construye una cadena de envidias. En un grupo, un envidioso es como una manzana podrida. La envidia es una lepra que no se cura. Y por favor: no le envidies nada al envidioso. Es un pobre infeliz. Y lo sabe.

Estas doce instrucciones humorísticas no sirven más que para introducirnos con cierta sorna en uno de los temas más viejos y profundos de la historia de la Humanidad. Una vez más le encargamos a la ensayista y doctora en Filosofía Diana Cohen Agrest la producción de tapa de esta semana. Ella articula en serio lo que yo escribo en broma. Y lo hace apelando a filósofos como Georg Simmel, pensadores como Ian Suttie y Victor Frankl, escritores como Laurence Sterne, psicoanalistas como Melanie Klein y Luis Kancyper, lingüistas como Ivonne Bordelois y antropólogos como R. Karstens. Cohen Agrest piensa también por su cuenta y recorre la vida antigua y moderna, lo culto y lo popular: va desde la Biblia hasta la Antigua Grecia; desde el mundo del tenis hasta los tangos de Gardel y Le Pera.

Todo sentimiento humano es cultura. Y la envidia, como tantas otras formas del odio y el resentimiento, ha movido el mundo desde el principio de los tiempos. Victor Hugo creía que la envidia era una declaración de inferioridad y Leonardo da Vinci, que era mil veces más terrible que el hambre "Porque es hambre espiritual". Schopenhauer también se ocupó del asunto: "La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás muestra cuánto se aburren".
Por Jorge Fernández Díaz

2010/01/06

Incentivar la lectura


Me cuentan que en un programa de televisión una chica ha dicho que se lleva muy bien con su madre y que sigue sus consejos. El presentador del programa le pregunta cuál es el último consejo que le ha dado la madre, y la chica responde: «Lee un libro».Quizá alguien quisiera saber qué libro. Esto me parece mucho menos importante que este «lee un libro». Y creo que tal vez la chica no tenía la costumbre de leer; quién sabe si había leído algún libro alguna vez. Una encuesta decía, hace ya años, que en el 49% de los hogares de Barcelona solo podían encontrarse los libros de la escuela.
Ninguno que hubiera sido elegido por gusto o por interés. Espero que la situación haya mejorado.El caso del que hablo me permite imaginar que el consejo de la madre era genérico. Sencillamente, recomendaba a la chica que hiciera ese experimento: leer un libro. Cualquier libro, para saber qué resultados daba la novedad.
Si prescindimos de grandes y concretos best-sellers que impulsan y condicionan la compra de libros a los lectores –no lo digo como crítica, pueden ser buenas lecturas–, lo interesante es qué libro, entre tantos miles, elige un lector y por qué. A veces, alguien entra en una librería y pide un título determinado. Se lo ha recomendado un amigo, ha leído en el periódico una crítica o la información de que ha salido un nuevo libro de un autor que ya conoce.Pero pienso en el ciudadano que se mueve por una librería sin referencias. Que va paseando lentamente entre los mostradores, mira y remira, coge un volumen porque el título le atrae, o quizá la ilustración, y lee lo que dice el texto de la contraportada, o la nota biográfica del autor. Y luego deja el volumen donde estaba y, un poco más allá, se detiene ante otro tomo y también lo examina. A menudo he visto a futuros clientes dubitativos, y lo entiendo.
¿Por qué este libro y no ese?«Lee un libro», ha aconsejado la madre a la hija. Los escritores tenemos que maravillarnos de que, entre tantos miles de libros, un visitante de la librería decida comprar el nuestro. Visitar una librería es, para los autores, un ejercicio de modestia. Además, es un reducto de democracia. Cada comprador elige –vota– lo que quiere.La madre de esa chica tenía razón. Compra un libro, da igual; tú misma. El caso es leer. Plinio el Viejo dijo hace mucho tiempo: «No hay ningún libro tan malo que no tenga algo útil».

Para ver cumplido un propósito debes hacer tuyo el compromiso

ketell Berthois

En China, cuando se acerca fin de año, las familias dedican días a limpiar a fondo sus hogares. No se puede entrar en el nuevo año con la casa sucia. En todos los países, fin de año marca una frontera psicológica. Año nuevo es un trampolín de buenos propósitos, como dejar de fumar, adelgazar o buscar trabajo. Desde una cima imaginaria, visionamos con facilidad un valle con los caminos hacia esas metas.
Pero, ¿dónde queda luego tanta buena intención? Katell Berthois acompaña a las personas en su camino hacia los objetivos profesionales o personales que se han fijado.
–¿Por qué el año nuevo impulsa tantos objetivos?–Igual que es momento de cierres contables, lo es de balances. Eso invita a hacer una reflexión, que habitualmente no hacemos, sobre el año que acaba y lo que se quiere lograr en el próximo.–Encontrar trabajo, por ejemplo.–Sí, en tiempo de crisis, este es sin duda uno de los propósitos más comunes. Por ejemplo, para personas mayores de 40 años, algunos, incluso, altos cargos acostumbrados a entrevistar a candidatos, no a ser los entrevistados, y con una visión restringida de sus posibilidades.
–¿Cuál es su trabajo en ese caso?–Abrir posibilidades donde la gente no las ve. Si amplías el campo de visión, amplías la capacidad de acción de la persona. Para ello, primero hay que trabajar bien la parte emocional, donde se predispone la acción. Alguien sin trabajo, o víctima de un ERE, puede tener la autoestima muy baja, aunque no siempre lo parece.
–¿Qué requiere un buen propósito?–Debe ser desafiante, aunque realista, concreto y formulado en positivo. No es lo mismo querer dejar de ser pobre que proponerse ganar 3.500 euros al mes.
–¿Dónde nos encallamos?–A veces, vemos un solo medio para conseguirlo, cuando puede haber más. Queremos estar en forma y nos apuntamos al gimnasio, pero no vamos. Otras, nos autolimitamos: me apunto a inglés, pero me considero una negada para los idiomas. Y también sucede que a muchos de nuestros propósitos les falta una motivación interna real.
–¿Cómo podemos distinguirla?–Reflexionando sobre el para qué voy a hacer tal esfuerzo. El objetivo tiene que tener sentido para ti. Solo así puedes hacer tuyo el compromiso de llegar hasta el final, prescindiendo de las presiones sociales o de nuestro entorno. Esta es una de las claves para ver cumplido un propósito, aunque estar comprometido no garantiza el éxito.
–¿Qué más se requiere?–Aceptar que todo cambio supone acción y eso puede representar un esfuerzo, adaptación a nuevas costumbres, incomodidad...
–¿Algún consejo para el 2010?–Disfrutar del camino hacia los objetivos. Aunque no se alcancen, esos caminos van abriendo otros y así, siempre evolucionamos.

Llevamos 50 años sin Camus


Llevamos 50 años sin Camus, pero también 50 años en los que la obra de Camus ha multiplicado su presencia por la renovada actualidad de su mensaje, ya que los acontecimientos de las últimas décadas nos siguen confirmando que la historia es hija bastarda de la violencia, pero también hemos visto el triunfo del hombre rebelde con la caída del Muro de Berlín y algunos otros muros por el efecto dominó de las energías liberadoras. Pero cuando caían unos muros se levantaban otros, con cementos de odios por razones étnicas, religiosas y económicas y sentimientos racistas.
El mundo está cruzado como una piel de cebra, pero lo que en la cebra es belleza y adorno en la humanidad son tatuajes para la violencia. Y no solo hablo de Israel y de Palestina.En Francia han calificado este 2010 como el Año Camus, ya que se cumplen 50 años de su absurda muerte. Fue en este mes de enero, exactamente el día 4. Había pasado las Navidades en la casa que había comprado en Lourmarin, unos meses después de recibir el Premio Nobel, con su esposa, Francine, y sus hijos gemelos, Jean y Catherine.
Tenía el billete de regreso a París en tren con la familia, pero se encontró con su editor y amigo Michel Gallimard, que se había comprado un flamante Facel Vega y le convenció para que viajara con él. Conducía Gallimard; a su lado, Albert Camus; detrás, la esposa y una hija del editor. Circulaban por una recta sin sobresaltos, de pronto el coche dio un bandazo, se salió de la carretera para estrellarse contra un plátano, donde rebotó para ir a partirse en dos contra otro árbol. Camus murió inmediatamente, Gallimard cinco días después, las dos del asiento de atrás se salvaron. Camus había escrito muchas reflexiones sobre el absurdo y situaba la muerte en accidente de automóvil como uno de los ejemplos típicos del absurdo. Tenía 47 años y hacía poco más de dos que había obtenido el Nobel de Literatura.En el título de este artículo he calificado el corazón de Camus como inteligente. Tomando el corazón como base de los sentimientos en el sentido de la mitología histórica, que situaba en el corazón la residencia de las emociones, antes de que la ciencia los llevara al cerebro. Toda la obra de Camus, desde El extranjero a La peste, desde El mito de Sísifo a El hombre rebelde pasando por Los justos, nos habla a la piel y a la sangre, se dirige a los pulmones por los que respira la condición humana. La obra de Camus es un permanente y emotivo diálogo sobre la dicha y el absurdo que la rompe, y a pesar de todo encuentra que en el hombre hay más razones para la esperanza que para el desprecio. Para Sartre, el hombre es una pasión inútil. Para Camus, es una pasión vital, metiendo la rebelión entre las pasiones vitales.
El presidente Sarkozy, que sabe leer el viento de la historia por el vuelo de los pájaros, ha manifestado su voluntad de trasladar los restos de Camus al Panteón de los hombres ilustres de Francia, para que descansen al lado de los de Zola, madame Curie, Victor Hugo o su admirado André Malraux. A Sarkozy le encantaría presidir ese traslado, sería una bella estampa al lado de Carla Bruni. Ha surgido un inconveniente: Jean, el hijo de Camus, creyendo interpretar la voluntad de su padre, ha dicho no, aunque su hermana gemela, Catherine, parece que duda. Veremos por dónde circula ese propósito. De momento, al mundo intelectual que rodea el pensamiento de Camus, como Jean Daniel, no le seduce la idea.En el pensamiento de Camus, el hecho de rebelarse por parte de los oprimidos es ya es un signo que define la condición humana y apuesta por los derechos del hombre. Podíamos ver esa idea en el Yes, we can de Barack Obama, que pone en movimiento una amplia voluntad colectiva.
Hasta ahora ha logrado lo imposible: que un negro llegara a la Casa Blanca. A partir de ahí se le presenta otra apuesta sumamente difícil: lograr convertir lo posible en realidad. Conseguir un mundo multipolar, una convivencia pluricultural, articular la libertad y la justicia, un desarrollo respetuoso con el medioambiente y la paz en los focos de guerra, y en concreto Afganistán e Irak. Estas son las grandes dificultades para poner en marcha lo posible.El pensamiento camusiano del hombre rebelde está necesariamente vivo entre nosotros. El hombre se rebela contra la tiranía del amo. Es la rebelión constante del espíritu que mueve al hombre a ser crítico, humanista y emancipador.
Luchar contra la tiranía en nombre de la libertad. En su libro El hombre rebelde dejaba claro que entre sus denuncias estaban los gulag, los campos de concentración de Stalin y otros comunismos. Ese libro desató la famosa polémica con Sartre y con otros miembros de la intelectualidad francesa filocomunista. Para Sartre, con la denuncia de los campos de concentración de la Unión Soviética –que negó en varios de sus escritos– se hacía el juego a la derecha.Hay muchas analogías hoy para continuar ese debate. La justicia sin libertad es dictadura, y la libertad sin justicia es la ley del más fuerte.
Tomado del diario "El Periódico".

El tiempo vuela... ¿o es sólo una percepción de nuestro cerebro?


The New York Times

NUEVA YORK.- La pregunta más alarmante la mañana de Año Nuevo -"¿Qué hice ayer a la noche?"- puede parecer benigna comparada con "¿Qué hice exactamente todo el año pasado?" o "¿Ya pasó una década?".
Sí. En algún lugar, alguien debe haber presionado el botón de avance rápido. El tiempo pasa, lento o rápido, pero en enero parece que voló y dejó conversaciones pendientes, relaciones no resueltas, malos hábitos sin modificar y objetivos sin alcanzar.
"Muchos piensan en objetivos y, si no los alcanzaron, entonces de pronto piensan que fue apenas ayer cuando se los fijaron", dijo Gal Zauberman, profesor asociado de marketing en la Wharton School of Business.

Aun así, la sensación de que el tiempo pasa varía "según aquello en lo que se piense y cómo se piense". De hecho, los científicos no están seguros de cómo el cerebro sigue el tiempo. Una teoría es que posee un conjunto de células especializadas en contar los intervalos de tiempo; otra es que una gran cantidad de procesos neurales actúan como un reloj interno.
De cualquier forma, los estudios hallaron que ese marcapasos biológico no puede interpretar demasiado bien los intervalos más prolongados. El tiempo parece pasar más lento durante una tarde sin actividad y acelerarse cuando el cerebro está ante una tarea desafiante. Los estimulantes, incluida la cafeína, tienden a hacer que las personas sientan que pasa más rápido; los trabajos complejos, como calcular impuestos, parecen demandar más tiempo que el que ocupan en realidad.

Y las experiencias emocionales, como una separación, un ascenso o un viaje al exterior, tienden a percibirse más próximos en el tiempo de lo que realmente están. Algunos psicólogos dicen que los resultados de las investigaciones respaldan la observación del filósofo Martin Heidegger de que el tiempo "persiste sólo como una consecuencia de los acontecimientos que ocurren en él".

Ahora, los científicos están hallando evidencias de que lo opuesto también sería cierto: si se recuerdan muy pocos acontecimientos, entonces la percepción del tiempo no dura; el cerebro comprime los intervalos pasados. Subestimar lo transcurrido.

En un estudio publicado en la revista Psychological Science , el equipo de Zauberman puso a prueba la memoria de estudiantes universitarios con varios acontecimientos de interés público, como la designación del director de la Reserva Federal (33 meses antes del estudio) o la decisión de la cantante Britney Spears de afeitarse la cabeza (20 meses atrás). En general, los estudiantes subestimaron en 3 meses cuánto tiempo había pasado desde aquellos acontecimientos.

Eso no fue demasiado sorpresivo. En un experimento clásico, un explorador francés llamado Michel Siffre vivió en una cueva durante 2 meses, lejos de los ritmos de noche-día y de relojes fabricados por el hombre. Volvió a la civilización convencido de que había estado aislado durante apenas 25 días. Cuando se lo deja funcionar por sí solo, el cerebro tiende a comprimir el tiempo.
Pero la forma en que establece la temporalidad relativa de los acontecimientos depende de la memoria. De hecho, los participantes del estudio recordaron situaciones asociadas con el acontecimiento original, como la complicada vida amorosa de la cantante o la intervención de Ben Bernanke en la economía estadounidense, que hasta parecían haber ocurrido hacía mucho más tiempo.
En una serie de experimentos, el equipo puso a prueba los recuerdos personales y de fragmentos de películas observados en el laboratorio. El patrón se mantuvo: cuantas más situaciones asociadas recordaban, más lejos parecía el acontecimiento original. "A las personas les cuesta comprender el paso del tiempo -dijo Zauberman- y para poder hacerlo, se une a algo que comprenden", como es el desdoblamiento de los acontecimientos.

En un estudio previo, el mismo equipo había identificado una dinámica similar en el juicio individual de los intervalos que duran sólo unos momentos. Los estímulos relativamente infrecuentes, como los destellos o los tonos, tienden a acelerar el marcapasos interior del cerebro. Eso, por ejemplo, explica por qué parece que los hijos de los demás crecen mucho más rápido que los propios, a los que vemos todos los días. El cerebro tiene más control sobre su propia percepción del paso del tiempo de lo que la gente piensa.

El nuevo estudio sugiere que concentrarse en objetivos o desafíos que ocurrieron durante el año le daría al cerebro la oportunidad de completar el año pasado con recuerdos y el tiempo percibido. La mente es perfectamente capaz de interpretar un año, o una década, que pasó en avance rápido, como algo más que una pérdida de oportunidades de crecimiento.

2010/01/03

Los manipuladores


Hay quienes son manipulados una y otra vez, quienes repiten relaciones con distintos manipuladores -la madre, una amiga, una pareja, un jefe-. "Son personas que ofrecen siempre la fruta que el manipulador desea", explica Graciela Chiale, socióloga y autora junto a la psicóloga Gloria Husmann del libro Vidas sometidas (Del Nuevo Extremo).

Las especialistas sostienen que existe un patrón de personalidad de la víctima que está asociado a su vulnerabilidad. De alguna manera, los sometidos también necesitan lo que el manipulador les da, porque tienen miedo, la autoestima baja y creen que deben esforzarse para ser aceptados y dignos de ser amados.

También, explican, hay características típicas en quienes manipulan. Cuando se trata de una relación afectiva, es muy difícil detectarlo antes de que se produzca el entrampamiento. "Hay que tener el ojo muy avezado para poder leer los antecedentes del manipulador", dice Husmann. "Una de las pautas es la victimización -prosigue-. Son personas que siempre han sido «pobrecitos», o que vienen de relaciones en las que no tuvieron suerte."
Para someter a su víctima, "el manipulador teje una telaraña -afirma Husmann-: En la primera etapa la seduce, y después la aísla de los terceros que puedan señalarle algo de lo que sucede. Además, la descalifica y culpa. De esta forma le quita la energía que necesita para evadirse de la situación, la mantiene bajo un fuerte control y amenaza".

Así, las víctimas llegan a dudar de sí mismas y piensan que exageran: "¿No seré yo la que se imagina todo esto?". Al no tener contacto con quienes podrían ayudarlos a ver lo que ocurre, porque ya han sido aisladas, entran en una vorágine de desencantos y dudas", dice Chiale.
Las mujeres también manipulan, pero desarrollaron formas más sutiles de hacerlo, y es más común que sean los hombres quienes manipulan. Esto se apoya en una sociedad que lo convalida. Porque tienen el poder económico, o por una cuestión cultural -"el hombre manda"-.

El manipulador emplea la distorsión de la comunicación, o la falta de ésta. Niega lo que la víctima le dijo, o le hace creer que entendió mal. Cuando entiende en un sentido, le dice que es en otro, y siempre lo hace en su contra. Es común que exprese frases como "vos sabes lo que hiciste"; "te dije, cualquiera se hubiera dado cuenta"; "yo no entiendo, y decís que sos tan inteligente" o "cómo podés hacer una pavada así".

Según Husmann, la víctima es una gran ingenua, con mucho de omnipotente, que cree que si se explica mejor será comprendida. Protesta por lo que tiene que hacer, pero, aun a desgano, acata. No puede tener un "no" asertivo. La persona manipulada generalmente presenta síntomas psicosomáticos, advierte Chiale. "Deambula por los consultorios en busca de diferentes soluciones, sin darse cuenta del verdadero origen de su problema."

Muchas investigaciones concluyeron que las personas sometidas a situaciones de estrés por tiempo prolongado pueden sufrir enfermedades de distinto tipo, incluso de gravedad.
"La manipulación es una epidemia social", aseguran. "Existe una aceptación de estas conductas nocivas en el entorno general", dice Chiale. Y agrega que la manipulación también suele presentarse en el ámbito laboral, porque se la asocia al éxito. "Parecería que quien manipula detenta poder; de ahí que sean frecuentes frases como «lo dio vuelta» o «lo manejó»."

Para Husmann, la manipulación ya no es cuestionada, sino valorada: "Vemos programas de televisión donde se producen situaciones en las que se trata de lograr el enfrentamiento; ya no se respeta la voluntad, ni el estado de ánimo individual".
La persona manipulada tiene tres opciones frente a esta situación: se adapta, migra o muere. No se trata de la adaptación "saludable" que todo ser vivo tiene, sino de una sobreadaptación. Acepta cualquier cosa, aun en contra de su beneficio y de su naturaleza. Son las personas que siempre están dispuestas a hacer de todo con tal de ser queridas. Se van amoldando, y se dan cuenta cuando ya están inmersas en la situación.

Migrar requiere un arduo proceso interno para no caer en manos de otro manipulador. Cuando el distanciamiento físico no es posible por el tipo de vínculo, como en la relación madre-hija, la solución es huir del campo de batalla donde se enfrentan. La víctima debe correrse de esa "sobreadaptación". Eso genera en el manipulador desconcierto y enojo, pero con el tiempo suelen aceptar el cambio. Es probable que el manipulador intente seducir a su víctima para recuperarla y, en ocasiones, dejarla más tarde, ya que por sus características narcisistas no soportaría que lo abandonasen. Entonces, es común que busque otra persona para someter. Puede que haga grandes esfuerzos para cambiar, pero por lo general no consigue un cambio auténtico porque, en el fondo, siente que no está mal lo que hace: "Si yo te hice esto es porque vos...", se justifican.

El quiebre de la relación, puede llegar a través de terapias o de personas que ayuden. Otras veces ocurre a raíz de enfermedades, o por la explosión violenta de la propia víctima, producida por la violencia exacerbada del manipulador. Puede apartarse también cuando siente que llegaría a matar.

Pero la víctima, dicen las autoras, tiene que vencer a su propio depredador interno, que la sabotea, porque sólo así puede vencer al depredador externo. Manipulado y manipulador tienen la misma carencia con diferentes formas de resolución, según con quién se hayan identificado en la infancia: "El manipulador que por primera vez obtiene el éxito por doblegar a alguien, y el manipulado al que al portarse bien le hacen un mimo. Los dos lo incorporan como patrón", asegura Chiale.

El manipulador adopta distintos disfraces; los más comunes son: el seductor, que hace estragos con las parejas; el culto, que menciona nombres de libros o películas y pretende hacer quedar al otro como ignorante; el autoritario, que es el más fácil de detectar; el simpático, que hace sentir mal y después dice que es broma, y los que utilizan la enfermedad.

Es cierto, explica Hussman, que existe una corresponsabilidad por parte de la víctima porque abrió la puerta para que entrara el manipulador. El miedo de perder la estabilidad económica, es uno de los problemas principales: "Te vas a morir de hambre, te van a comer los piojos", es de las frases que más repiten. "Hay casos paradigmáticos de mujeres de muy buen pasar económico que soportan maltrato físico y no pueden salir de ese círculo porque no quieren perder esa posición", dice.

Por lo general, el manipulador proyecta una imagen que no coincide con la realidad. Por eso, cuando la víctima se anima a contarle a la familia o a los amigos, ellos se sorprenden; es común que le digan "pero si te adora...", "si es divino...". Las madres suelen decirles a sus hijas: "Perfecto no hay nadie; siempre hay que aguantar algo". Y esas respuestas confunden más.
¿Qué hacer para terminar con estas relaciones enfermas? Las especialistas dicen que la víctima debe tomar conciencia de su corresponsabilidad, lo que implica reconocer su propia vulnerabilidad para no caer en manos de otro manipulador. Fortalecer la autoestima y la inseguridad, e identificar concesiones y negaciones recurrentes como errores propios. Tomar conciencia de las cosas que puede enfrentar sola para pasar del miedo que paraliza al miedo que cuida.

Lo importante es saber que las trampas que se abren para que entre el enemigo pueden cerrarse.

Cómo reconocer los signos para no caer en la trampa
  • Las personas vulnerables Son sobreadaptadas.
  • Sienten miedo de ofender, desagradar, herir al otro.
  • Tienen temor de dejar de ser amadas.
  • Adoptan una actitud de sumisión por miedo al rechazo.
  • Sienten que se desmoronan anímicamente con facilidad.
  • Su temor a equivocarse se manifiesta en una indecisión crónica.
  • No confían en sí mismas. Están pendientes de la aprobación de las personas de su entorno.
  • Son excesivamente confiadas en las capacidades de los otros.
  • Les cuesta mucho negarse a una petición.
  • Son excesivamente autocríticas; tienden a culpabilizarse.
  • Viven en un estado crónico de insatisfacción consigo mismas.
  • Suelen ser detallistas y proclives a un excesivo perfeccionismo.
  • Tienen dificultades para poner límites.

Las personas que manipulan

  • Pueden ser sutiles o francamente impositivas.
  • Apelan a la descalificación, la culpa, la vergüenza y el miedo.
  • Recurren al silencio, la distorsión o la negación de la comunicación.
  • La agresión encubierta está contenida en su conducta.
  • En casos extremos pueden llegar incluso a la violencia física.

Tomado de La Nación.

Escribir, acto saludable

Casi sin saberlo, Susana calma su ansiedad mientras escribe la lista del supermercado. Pablo aminora la marcha de su obsesión cuando apunta las tareas pendientes. Renata escribe sobre sus desvelos y vence el insomnio. Borges pudo volver a dormir cuando publicó Funes el memorioso . Carlos avanza en su cuento sobre el cáncer que creyó imbatible. Cuando Isabel Allende publicó Paula , comenzó a calmar el dolor por la enfermedad terminal de su hija. La actriz María Valenzuela "sorteó la locura" cuando empezó a anotar en un cuaderno cada paso de la milagrosa recuperación de Malena. El mundo pudo conocer el diario íntimo de Anna Frank. Hoy Lucía tiene un blog donde describe su "amistad de barro y cristal" con la anorexia.

Como la de ellos, miles de historias de ilustres y desconocidos se convierten en fiel testimonio de este ejercicio sanador que gana adeptos en el mundo. En las últimas décadas, distintas investigaciones científicas destacan el valor de la escritura como herramienta terapéutica. No es necesario conocer de reglas o técnicas narrativas. Sólo hace falta una lápiz, un papel y animarse.

"A través de la escritura, las personas atravesadas por situaciones de estrés logran mejorar su bienestar psicológico y físico", anticipa Mónica Bruder, doctora en Psicología y experta en cuestiones de escritura terapéutica. "Cuando escribimos, liberamos lo que llevamos dentro -explica Bruder-. Hay un desbloqueo emocional intenso, en el que se comprometen el pensamiento, la emoción y la palabra escrita. Así, descubrimos lo inconsciente, revertimos miedos, descubrimos las causas de tantos dolores, sufrimiento y limitaciones."

¿Por qué necesitó el hombre escribir ya desde la era de las cavernas? ¿Qué recurso o impulso natural lo llevó a explorar e inventar sistemas gráficos?
Un paso decisivo en la evolución del Homo sapiens fue la adquisición de un vínculo entre el pensamiento y los símbolos materiales. La actividad gráfica puede entenderse entonces como una extensión de las facultades cognitivas del ser humano. Parecería imperiosa la necesidad de escribir desde tiempos primitivos.

En un principio no hubo letras, alfabetos ni palabras; había imágenes, dibujos, formas, aparentemente sin sentido, pero indudablemente con una significación. El hombre quería decir algo y necesitaba decirlo por escrito.
Esta idea evolucionó en silencio con la humanidad y hoy es posible certificarlo. Podemos decir que cuando se escribe se "descubre" y en la expresión se devela un "algo" que nos da bienestar.

Intentemos hacer este ejercicio. Imaginemos la siguiente escena, como si fuera una película: un hombre, sentado frente a la mesa, escribe. En ese momento mágico, se fugan del cuerpo la razón y las emociones. La razón la abraza, la contiene. La emoción se resiste, pero la necesita. Se necesitan como opuestos que se atraen. El abrazo corona al hombre, que busca, y en un momento fecundo encuentra y escribe. Las palabras vuelan sobre la hoja, mariposas de todos colores cargan letras de todo tipo. La idea se imprime. Se define el sentimiento, eso que el hombre necesitaba decir. ¿Qué escribió?, ¿qué dijo? Esa es otra película, otro ejercicio. Más adelante.

"El pensamiento es más lento que la emoción -explica Bruder-; así como escribir es más lento que pensar. En este cruce de tiempos del sentir-pensar-escribir, la razón libera las palabras necesarias. Así es como la escritura, el cerebro y el sistema inmunológico se triangulan en busca del bienestar."

Juan ya no grita cuando pelea con su mujer, le deja mensajes pegados en la alacena. "Aprendí a escribir lo que no podía decir, y tomo menos remedios para la presión", confiesa, orgulloso, su fórmula, ahora no tan secreta, para seguir casado. "Fue el consejo más sano que recibí de una amiga tan cabrona como yo -detalla Juan-. Ya cansado de discutir en vano, por consejo de su amiga, Juan escribe y se relaja. "Es que cuando te detenés a escribir se empieza a relajar ese impulso que parece arrasarlo todo." Cuando Juan deja mensajes en la alacena, calma su ansiedad, su enojo, dice lo que siente. Con lo que escribe: "Estoy enojado", "vuelvo tarde", "perdoname", "me equivoqué", lo que sea. Juan ya no grita, pero tampoco calla. Escribe, dice, sana.

Por un lado, está lo sanador del acto puro de escribir ("el abrazo de la razón y la emoción", del que hablábamos hace un instante). Por otro, aún más saludable y beneficioso, aparece el contenido, el mensaje que trae lo que uno escribe ("eso que el hombre de la película quería decir", y dijo, pero todavía no sabemos).
Así, lo que podríamos llamar "acto" y "producción" irrumpen en la hoja como dos momentos esenciales.

Hay evidencia fisiológica en el "acto". La escritura puede reducir la tensión arterial e incrementa el nivel de linfocitos circulantes en el torrente sanguíneo; es decir que aumentan las células responsables de la respuesta inmunitaria.

En 1999, un estudio de la Revista de la Asociación Médica Americana, de EE.UU., fue el primero en examinar los efectos de la escritura en enfermos. Los investigadores encontraron que los pacientes con asma que habían escrito sobre experiencias tales como accidentes automovilísticos, abuso físico, divorcio o sexualidad habían logrado mejorar su función pulmonar en promedio en un 19 por ciento. Por otra parte, en pacientes con artritis reumatoidea los síntomas mejoraron en un 28 por ciento.

En la "producción", en materia psicológica, la escritura fuerza al hombre a romper con la tormenta de pensamientos ocultos y recurrentes y lo ayuda a concretar lo que siente. Al conocer, disminuye la incertidumbre, toma conciencia, descubre, libera, comienza a sanar.
¿Qué escribió el hombre de la película? Sólo él lo sabe. Tal vez necesite compartirlo; tal vez no. ¿Cuál sería el argumento de la película que hoy escribiríamos cada uno de nosotros? En primera persona.

Mónica Bruder tuvo la suerte de estudiar y trabajar con James Pennebaker, profesor en la Universidad de Texas y pionero en este campo de estudio; él desarrolló con sus colaboradores distintas técnicas de escritura terapéutica que se vienen utilizando en la investigación clínica.
Pennebaker propone escribir, en primera persona, la situación más traumática que nos haya tocado vivir. Así, comienza la catarsis, el desahogo.

Pennebaker comparte con cientos de profesionales de la salud que "la descarga de las emociones mediante los gritos, el llanto, la risa u otros medios puede mejorar de manera permanente la salud psicológica y física. Es importante que los individuos expresen libremente sus emociones. Guardarse de manera activa los sentimientos puede ser estresante".

"La muerte de un ser querido, el divorcio, la pérdida de trabajo, las enfermedades terminales y otras crónicas, como el asma y la diabetes, suelen ser los eventos traumáticos más recurrentes en la clínica", detalla Bruder.

Cada día, más escuelas de salud mental coinciden con la idea de que una enfermedad física guarda estrecha relación con lo psicológico. Es en este escenario donde la por entonces cuestionada pareja "cuerpo-mente" parece coincidir en un baile armonioso al compás del lápiz. "Con la escritura terapéutica regulamos los procesos mentales, avivamos la actividad creativa y se amplían las posibilidades de hacer productiva la actividad neuronal", señala Bruder. Con las neuronas trabajando a favor del bienestar, el cerebro le ofrece al organismo la energía necesaria para sobrevivir.

La propia Mónica Bruder vivió en carne propia la experiencia más simple y sorpresiva: "Tenía que dar una conferencia en un hospital. Era inevitable que me encontrase en el lugar con alguien con quien estaba profundamente enojada después de una situación límite. Me broté. Faltaban horas para la conferencia y el sarpullido era algo cada vez más rojo e insoportable. Empecé a escribir en papelitos todo lo que no le debería haber dicho a quien provocó mi alergia. A la mañana siguiente, ya no había comezón ni rastros".
Confesiones a la carta
Así como hoy podemos jugar con la idea de que todo empezó en las cavernas, se registra que desde el Renacimiento muchas personas tomaron el hábito de escribir diarios personales, cartas de amor, experiencias reales o imaginarias. Sin embargo, recién en los últimos 20 años los expertos han comprobado que las personas que escriben acerca de sus experiencias más dolorosas no sólo se sienten mejor, sino que visitan al doctor con menos frecuencia e incluso tienen respuestas inmunológicas más fuertes. Escribir en primera persona parece ser el acto más puro de escritura terapéutica.

Diarios íntimos que devinieron en blogs. Cartas que hoy viajan en e-mails. Libros, autobiografías que siguen apareciendo como ofertas de autoayuda tanto para quien las escribe como para quien las lee.

Los seres humanos han sido capaces de producir grandes obras literarias en momentos conflictivos de su vida. La mayoría de los escritores de profesión, y también los aficionados, parten de sus propias experiencias traumáticas o dolorosas.

Imre Kertész, premio Nobel de Literatura 2002, y sobreviviente de los campos nazis, declaró -en un artículo publicado en LA NACION- cuando obtuvo su premio máximo: "No poseo otra identidad que el escribir. La escritura nos permite tomar conciencia de que no tenemos que ver con nosotros mismos. El hombre actual tiende a olvidar".

Todos conocemos el valor de la obra de Ana Frank. Los diarios íntimos de aquella adolescente judía, víctima del régimen nazi, que vivió escondida con su familia y otras personas en la parte trasera de una oficina. "Por eso, al final siempre vuelvo a mi diario: es mi punto de partida y mi destino (...) Le prometeré que, a pesar de todo, perseveraré, que me abriré mi propio camino y me tragaré mis lágrimas", escribió en una de sus páginas.

Claro está que la escritura es una herramienta perfecta para las almas con intenciones de resiliencia. Así como los relatos durante y después del Holocausto, los argentinos debemos hacernos cargo de tantos escritos terapéuticos que dejaron muchos sobrevivientes y tantos muertos durante el Proceso militar.
La memoria es otro efecto positivo y fundamental de la escritura terapéutica. Quien escribe adquiere y recuerda información. Cuando uno escribe permite que esa información permanezca viva y latente.

"La mía es una vida de mierda. En realidad, yo escribo porque si no estaría en el Moyano. En una silla. Hamacándome", decía quien perdió a su madre en un accidente cuando tenía sólo 8 años. Creció enojada por haber perdido el arrope más seguro. Cuando tenía 20, nació su hija Verónica. Desde ese día, empezó a escribir un libro que, seis años después, la haría famosa.
"Que me tenga, que me tenga mucho. Que se llene de mí. Que me respire. Que me toque. Que me obligue a quererla con toda mi alma y mi cuerpo también. Que me diga «mamita no te vayas». Que me lo diga para que yo me quede", escribió Poldy Bird en Cuentos para Verónica, el segundo libro más vendido después del Martín Fierro.

Poldy quedó viuda a los 36 años. Los libros que siguió escribiendo la mantuvieron en pie. En octubre de 2008, Verónica murió en forma súbita. Fue un ataque cerebral. Entonces Poldy escribió: "Todo lo alumbra su nombre. Porque ella usaba zapatitos de charol con medias blancas...". La vida es cuento
Así como Pennebaker propone escribir en primera persona para superar situaciones traumáticas y alcanzar el bienestar psicológico, la doctora Mónica Bruder propone dar un paso más allá. Escribir un cuento con final feliz puede convertirse en una receta terapéutica más creativa, más beneficiosa.

"Se entiende por cuento terapéutico todo cuento escrito por un sujeto a partir de la situación traumática más dolorosa que haya vivido y cuyo conflicto concluye con final «feliz» o positivo; la situación traumática vivida en el pasado se resuelve positivamente en el cuento", define Bruder.
En todo cuento terapéutico hay un conflicto que se resuelve. La escritura de un cuento terapéutico puede ser comparada con las etapas de un tratamiento psicológico. Cuando uno busca ayuda terapéutica tiene un motivo de consulta, se establece un camino para enfrentar el conflicto y se llega o se debería llegar a una elaboración de esa "cuestión o inquietud" que nos llevó a la terapia. Cuando se escribe un cuento terapéutico hay una introducción, un conflicto, una resolución.

"Los personajes del cuento representan al autor de dicho cuento -explica Bruder-. Los diferentes personajes son los distintos aspectos de ese Yo que escribe. Este juego de persona/personaje ayudaría a provocar este cambio en el bienestar de los sujetos."
Cuando se escribe en tercera persona, suelen aparecer temas que nunca pudieron ser abordados con anterioridad por quien escribe. Poner el nudo del conflicto en la ropa de otro personaje no es lo mismo que cargar con ese traje gris y pesado.

"El conflicto que se resuelve en el cuento terapéutico se presenta como una fotografía, como una condensación de lo vivido traumáticamente por el sujeto y que termina finalmente", asegura Bruder, quien está convencida de que "el cuento terapéutico es afecto".
"Al señalar que el cuento es afecto -explica-, se incluyen tanto los afectos positivos como los negativos. Siguiendo las líneas de investigación actuales de la psicología salugénica, centrada en la salud y no en la enfermedad, se considera que el final feliz o positivo le permite al sujeto creador de ese cuento conectarse con los aspectos más saludables de su persona."
¿Qué película escribiríamos hoy sobre nuestra vida? ¿Qué cuento? ¿Qué blog, qué diario, qué frase, qué idea? Lápiz y papel siempre a mano. Una palabra escrita puede bastar para sanarnos.

Ejemplos:
A los pocos meses de casarse, Paula, la hija de la escritora Isabel Allende, ingresó de urgencia en el Hospital Clínico de Madrid en estado de coma irreversible. Su madre vivió el calvario junto a ella. Allende escribió la novela Paula para liberar su eterno dolor, sus angustias y sus miedos: "Escucha, mamá [...]. Vengo a pedirte ayuda..., quiero morir y no puedo. [...] estoy atrapada. En mi cama sólo está mi cuerpo sufriente desintegrándose día a día [...] pero nadie me escucha. Estoy muy cansada. ¿Por qué todo esto?"

"Escribir me dio la calma, la fortaleza que me salvó de la locura", confiesa la actriz María Valenzuela. En 2003, su hija Malena, entonces con 19 años, sufrió un aneurisma cerebral que la llevó a vivir 13 días en un preocupante coma farmacológico. "Sabía que Malena iba a despertar en algún momento -cuenta Valenzuela-, y ella tenía que saber todo lo que estaba pasando. No quería que en su historia quedara un agujero negro. No quería que la memoria frágil nos traicionara y que tantas cosas que vivimos quedasen en el olvido. Estaba escribiendo para mi princesa."

La entrevista a Poldy Bird publicada por LN R el 28 de octubre pasado permite coronar esta idea de "escribir para salvar vidas". "Escribía todo lo que iba pasando -recuerda-. Mi cuaderno y yo íbamos juntos a todas partes. Escribía (...) hasta en el baño, que era el único lugar donde me permitía escribir y llorar al mismo tiempo. Cuando lograba dormir, guardaba el cuaderno bajo el colchón, escondido como un tesoro."

Consejos prácticos para escribir

Cualquier momento es válido para volcar sobre el papel esa idea o sentimiento que nos da vueltas en la cabeza y en el resto del cuerpo. No hay contraindicaciones, pero los que necesitan sugerencias para una práctica más precisa y terapéutica, tomen nota:
  • Encuentre un espacio y tiempo para escribir sin interrupciones.
    Prométase escribir un mínimo de 15 minutos diarios, por lo menos durante 3 o 4 días seguidos.
  • Una vez que empezó, escriba continuamente, sin preocuparse por gramática u ortografía. Si se le acaban los temas, repita lo que ya escribió.
  • Escriba acerca de:
    Temas en los que está pensando mucho, o que le preocupan.
    Cosas con las que sueña.
  • Cuestiones que están afectando su vida de modo no saludable.
  • Temas que ha venido evitando por días, meses o años.
  • Escriba con absoluta honestidad.
  • Para ello, conviene planear deshacerse de lo escrito al terminar. Luego se verá: puede guardarlo, editarlo, borrarlo, quemarlo, romperlo o comerlo (no recomendado).

  • (Extraído de: Pennebaker, James W., Writing and Health: Some Practical Advice)

2010/01/02

Perlas en la red: Literatura electrónica

Hipernovelas, hipermedias, webnovelas, blogonovelas y wikinovelas. Éstos son los formatos y "géneros" que incluye el portal Literatura Electrónica Hispánica, un banco de experimentación literaria que bucea en las posibilidades narrativas que ofrece el entorno digital. "Tres rasgos distinguen una obra literaria electrónica de una convencional: el hipertexto, los recursos multimedia y la interactividad -explica Juan José Díez, su director-. Son narraciones diseñadas para la red, viven en un espacio puramente virtual donde la ficción narrativa ya no se materializa en formato códice (hojas de papel impresas, cosidas y numeradas), sino en pantallas de ordenador." Creado hace apenas dos meses dentro de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes -iniciativa de la Universidad de Alicante y el Banco Santander-, el portal contiene una generosa sección de artículos teóricos y un blog donde se comentan las obras y las novedades de la incipiente industria de la literatura electrónica.

El portal es una gran vidriera para asomarse a los distintos formatos: la hipernovela (con enlaces internos que permiten una lectura no lineal), el hipermedia (narrativa que incluye texto, imágenes, sonidos y videos), la webnovela (que incorpora enlaces de conexión directa a la web), la blogonovela (producida desde el formato epistolar o episódico de los blogs) y la wikinovela (de escritura colectiva, creada generalmente por múltiples autores anónimos).

Entre las obras se destaca ¡Más respeto que soy tu madre!, la blogonovela de Hernán Casciari que llegó con éxito a las librerías editada por Editorial Sudamericana y al teatro de la mano de Antonio Gasalla. En su versión on-line incluye los comentarios que los primeros lectores del blog fueron escribiendo a medida que iban leyendo los 200 capítulos-post de la obra.

La narrativa hipertextual aún explora sus fronteras en la búsqueda de un lenguaje propio, que por supuesto debería ir más allá de revestir las formas literarias tradicionales con ropaje electrónico.